22 de julio
SANTA MARÍA MAGDALENA
María, tal vez natural de Magdala, una pequeña aldea situada a orillas del lago de Genesaret, es una de las mujeres de las que atestigua el evangelio que sirvieron y siguieron a Jesús durante su vida pública.
De
ella se dice asimismo que, liberada de la opresión demoníaca, fue fiel al
Maestro hasta los pies de la cruz y más allá... Mientras permanecía llorando
ante el sepulcro vacío de su Señor, oyó que el Resucitado la llamaba por su
nombre, y se convirtió en su primer testigo; fue enviada, en efecto, por él a
anunciar a los hermanos la victoria pascual de Cristo. El amor de María de
Magdala no muere bajo la cruz. Jesús le había devuelto la vida en plenitud y
desde aquel momento ella había vivido para él (cf. Lc 8,2).
Tras la hora trágica del Viernes Santo, María permanece fiel a aquella entrega absoluta, obstinadamente consagrada a la búsqueda de Aquel a quien ama. Nada ni nadie puede apartarla de su objetivo: ni siquiera el descubrimiento de la tumba vacía.
Esta mujer es figura de la Iglesia-esposa y de toda alma que busca a Cristo y no tiene otra cosa para ofrecer-que las lágrimas del amor. El Señor se deja encontrar por quien le busca de este modo. Resucitado y vivo, se acerca a quien sabe permanecer en la soledad junto al misterio incomprensible.
Sin embargo, sólo podemos reconocerle cuando nos llama por nuestro nombre y nos hace sentir que nos conoce hasta el fondo. Este mismo conocimiento de amor no está destinado a una satisfacción personal, sino que es un don que nos hace testigos ante los hermanos a fin de llevar a todos el anuncio pascual, la alegría verdadera, una vida nueva transfigurada por el encuentro con al Señor.
Como toda figura evangélica, también María Magdalena es tipo del discípulo de Cristo. En ella vemos el luminoso testimonio de quien, perseverando en la búsqueda de Dios, aunque sea en la oscuridad de la fe y en la prueba de la esperanza, encuentra por fin a Aquel a quien ama o, mejor aún, es encontrado por Él.
En efecto, Cristo, el buen pastor, es desde siempre el primero en buscarnos y permanece esperándonos. Espera que el deseo del corazón se purifique, se vuelva ardiente y consuma con su fuego la escoria que hay en nosotros. Espera que nuestros ojos se vuelvan capaces de reconocerle en quien nos rodea, y nos vuelva atentos a su voz, una voz que siempre nos llama por nuestro nombre.
También nosotros, como María Magdalena, exultaremos de alegría ante su presencia, y recordemos que sólo quien ha conocido la larga noche de la espera y del deseo, puede convertirse en testigo creíble entre los hermanos de una fe que no es vana.
Extractos de la meditación propuesta en la Lectio Divina, volumen 17 de Editorial Verbo Divino, Pamplona 2003.