MARÍA, MADRE Y FORMADORA
DE DISCÍPULOS MISIONEROS

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En este artículo se destaca el contexto providencialmente mariano de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (CELAM) en Aparecida, Brasil, dónde María ocupó un lugar transversal y paradigmático en el evento.

A partir de la consideración de que María es la primera y perfecta discípula de Jesucristo, y como tal crea comunión y es consagrada para la misión, se puede profundizar en el papel de María como madre y formadora de discípulos misioneros.

En efecto, María testimonia la identidad discipular y es la inspiración más cercana para aprender cómo ser discípulos y misioneros de Jesús. El método mariano se fundamenta en su fe a toda prueba, en su obediencia a la voluntad de Dios, en la constante meditación de la Palabra y de las acciones de Jesús, y en su espíritu de servicio a la comunión y a la reconciliación entre los pueblos.

En su Discurso a la Curia Romana, el 21 de diciembre de 2007, S. S. Benedicto XVI, expresaba:

«Fue un acierto que nos reuniéramos allí y elaboráramos el documento sobre el tema: "Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en él tengan vida».

Con estas palabras que suenan como una gozosa y agradecida alabanza a la Divina Providencia por haber dispuesto que el santuario de Aparecida fuera el escenario de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y que el tema fuese exactamente el que se ha tratado, el Papa Benedicto XVI respondió a una serie de cuestionamientos tendientes a minimizar el valor del argumento elegido y, a la vez, a ofrecer una importante clave de lectura del Documento Conclusivo de Aparecida.

El discurso a la Curia Romana, ocasión en la que el Papa ha tocado este tema el 21 de diciembre de 2007, es una de las sedes más relevantes en las que el santo Padre evalúa los más altos momentos de su servicio petrino en el contexto de la vida de la Iglesia universal. En esta particular circunstancia el Papa ha puesto al centro de la atención de la Curia Romana, el significado de su viaje a Brasil indicando en este evento un verdadero Kairós, un momento oportuno, de gracia y de positivo crecimiento de la Iglesia peregrina en América Latina.

El acierto al que el Papa se refiere alcanza también las coordenadas de espacio y tiempo del evento de Aparecida que de inmediato proyectan un profundo y hermoso perfil mariano sobre todo el desarrollo de la Conferencia y que marcó sensiblemente el Documento Conclusivo.

Era la primera vez que una CELAM se reunía en un santuario mariano y ya de por sí el lugar dice todo el significado. Nunca como esta vez el espacio físico ha sido no sólo el contenedor de una actividad, sino el ícono del seno materno en el que poco a poco los participantes sentían nacer y formarse el discípulo de Jesucristo y el misionero que la Iglesia espera para el nuevo milenio.

Si a esto añadimos que su inauguración el 13 de mayo coincidía con la memoria de Nuestra Señora de Fátima y que su conclusión, el 31 de mayo, recurriera la memoria de la Visitación de María a la casa de Isabel, a nadie escapó tampoco la inclusión, acorde al Calendario Litúrgico en turno, de la solemnidad de Pentecostés el 27 de mayo. Esta  fue otra coordenada cronológica que, junto con el espacio físico, coloca el evento de Aparecida en un contexto providencialmente mariano.

Cada día, subiendo la pequeña colina sobre la que se ubica el monumental santuario de Nuestra Señora Aparecida, los obispos renovaban la experiencia de subir a ese piso alto de la casa (Hch 1,13) donde los Apóstoles presididos por Pedro, se reunían para la oración en compañía de María, la madre de Jesús, de algunas mujeres y de sus hermanos.

El don del Espíritu ha permitido así que los cuatro principios que originan y conservan la profunda unidad eclesial de Pentecostés se manifestaran también durante la Conferencia.

Considero que después de las contenidas en la Evangelü nuntiandi, estas conclusiones, son las cosas más bellas escritas acerca de la piedad popular en un documento de la Iglesia. Me atrevería a decir que lo de Aparecida, es la Evangelii nuntiandi de América Latina.

El discípulo nace siempre del encuentro personal con Jesucristo. Éste es el dato originario y fundamental: cualquier otra definición, si no llega a identificar ese punto de partida, se queda siempre en una indicación incompleta.

Es suficiente leer los Evangelios o los escritos apostólicos para ver como el dinamismo del encuentro personal con Jesucristo está en la raíz misma que caracteriza la vida cristiano: el encuentro con el paralítico (Mt 9,1-7); con Mateo (Mt 9,9); con la hija de Jairo y con la mujer enferma (Mt 9, 18-26); con los dos ciegos (Mt 9,27-31); con el mudo endemoniado (Mt 9, 32-34); con Saulo (Hch 9, 1-19), entre otros.

Siendo el cristianismo un acontecimiento de esta naturaleza, no existe ninguna condición previa, sino aquella disponibilidad a dejarse tocar, sanar, mirar, abrazar por una presencia humana. Basta que la humanidad de una persona, tal y como está, entre en contacto con la persona de Jesús para experimentar la novedad que Él ha traído, trayéndose a sí mismo, como nos recuerda san Ireneo de Lyon

La V Conferencia del CELAM, poniendo al centro de su atención el tema del cristiano, o sea del discípulo de Cristo y del camino para la formación de su conciencia y de su actuar misionero, ha evidenciado la urgencia del momento que la Iglesia vive y la percepción de los desafíos que la situación actual plantea a la fe y a la vida de las comunidades cristianas.

Hoy somos más concientes de la verdadera naturaleza de la crisis acerca de la identidad cristiana y de la misión. No basta hablar de Nueva Evangelización, sino hay que preguntarse por el sujeto que la llevará a cabo.

Sería ilusorio darlo por descontado, pues son tantos los hombres y mujeres en nuestro continente que creen ya saber lo que es el cristianismo y no tienen curiosidad alguna de conocerlo, que no es suficiente una estrategia propagandista para atraerlos a la fe, ni siquiera un poco más de formación, de vida interior o un genérico "suplemento de alma". Lo que la Iglesia hoy día necesita con mayor urgencia, es que sus hijos recuperen por entero y en profundidad su identidad y se entreguen gozosos al anuncio misionero.

Por demasiado tiempo se ha dado por descontado que para ser cristiano es suficiente nacer en un ambiente relacionado con la cultura cristiana. Sin embargo, no ha sido nunca tan actual como hoy la afirmación de Tertuliano quien, en el siglo segundo decía: «cristiano no se nace, sino que se llega a ser». Por lo tanto, hay que empezar por despertar el interés por Jesucristo y su evangelio.

Es sorprendente ver con cuánta fuerza Aparecida descubre en la narración del llamado de los primeros discípulos la síntesis única del método cristiano.

Se trata del método que siguió Jesús a lo largo de su vida pública para originar la comunidad de sus discípulos y que el Documento Conclusivo ha asumido con lúcida claridad, consciente de que no puede existir otro camino por recorrer. Si la puesta en juego es la generación del discípulo misionero, debemos recorrer el mismo camino que Jesús ha fijado desde el inicio y que la Iglesia recorre desde hace más de dos mil años.

Aparecida emplea la palabra «método» en sentido fuerte, o sea de la misma manera por la cual Jesús ha dicho «Yo soy el camino» (Jn 14,6), el ser del camino del cristiano. Se trata, en concreto, de comprender qué significa ser de Cristo, como sucedió a los primeros discípulos y, a partir de ellos, a millones de personas hasta hoy.

Específicamente el Documento Conclusivo de Aparecida, ofrece en su capítulo sexto., de honda textura mariana, una precisa descripción del método de vida cristiana inaugurado por Jesús.

Aparecida ha puesto al centro, la vida de Cristo mismo, la alegría que nace de haberlo encontrado, la  personalidad nueva que brota del seguimiento de Él y de la comunión que se genera en torno a Él.

La misión, que compromete al discípulo no es, por lo tanto, fruto de una estrategia proselitista, que con el tiempo llega a cansar, sino la necesaria atracción que se reproduce con los mismos efectos experimentados en el encuentro personal que cada uno ha tenido con Cristo. Esta es la experiencia vivida por la Virgen María, quien desde las raíces de su ser ha sido "la discípula", o sea "la fiel".

Desde esta perspectiva, podríamos señalar tres enfoques sobre Nuestra Santísima Madre, en el contexto de las líneas trazadas en Aparecida:

Ø      María, primera y perfecta discípula en el acontecimiento cristiano

Ø      María, la discípula que construye y crea comunión

Ø      María, discípula consagrada para la misión

Abordaremos estas vertientes en artículos subsecuentes

Extractado del libro “Testigos de Aparecida. Volumen II” en el artículo MARÍA, MADRE Y FORMADORA DE DISCÍPULOS MISIONEROS de Francesco Petrillo, Pbro. Superior General de la Orden de la Madre de Dios, CELAM Misión Continental, Bogota 2008