María
es la criatura que
en la profundidad de su fe acoge como esposa la Palabra de Dios
y se convierte en madre de todo el Cuerpo, Jesús y nosotros. Juan
Pablo II durante su visita al Canadá en septiembre de 1985 expresó: «La fe de
la Iglesia es, ante todo, la
fe de María, de la que Pedro es el garante».
En
esta frase todo está en su sitio: no Pedro en primer lugar, sino María, la fe
de la esposa,
de la que Pedro es el garante. Pues ¿quién puede entrar en estas
correspondencias sino la que tiene el corazón humilde?
Algunos
cristianos han llegado a considerar exagerado el
culto tributado a María en la Iglesia. Sin
embargo, junto a algunos excesos que
todos deploramos, ¿no se ve en la devoción popular la expresión
de la certeza de que Dios no abandona nunca a los que ponen su
esperanza en Él?
Los
ama y les da a María. Todos los maltratados de la tierra, los excluidos de la
sociedad están seguros, por instinto, de no
ser rechazados por Ella. Pero el punto esencial es que la Iglesia, cuando vive su
misterio, no puede prescindir de María,
porque se reconoce plenamente en
Ella.
Como
la Sabiduría que se coloca en la encrucijada de los caminos e invita sin
distinción a los transeúntes,
así María se coloca en la cima de la historia de
Israel y en el comienzo de la vida de la Iglesia para mostrar a los
que la miran los caminos de la vida verdadera.
María
recibe en plenitud las bendiciones de Dios, sin seguir
el ejemplo de Eva, que las desvía para su provecho. Calidad de
fe que reconoce hasta tal punto en Ella el brote de la gracia, que ningún
pobre de este mundo se siente ante Ella rechazado, frustrado
o despreciado, porque del fruto glorioso de sus entrañas no hace su
propiedad, sino que lo recibe únicamente para darlo. Madre de Jesús para ser
madre de todos los hombres. Nueva Eva, madre de los
vivientes.
La
Tradición ha contemplado y representado a porfía el misterio
de la Anunciación. De hecho, todo está condensado en él. Los dos
interlocutores están presentes: Dios y, en María, la humanidad.
Dios no puede sino bendecir, María no puede sino recibir.
Dios
realiza
en Ella su designio: tiene en su presencia a una criatura
inmaculada, no tanto porque este libre de pecado, este no es más
que el aspecto negativo de la realidad, sino porque, como un
espejo límpido, deja transparentar la luz y responde al amor con el
amor.
A
María le extraña esta bendición, porque ella apenas se fija
en si misma. Ella se conoce, pero en su Señor. «Mi alma glorifica al Señor».
Es el canto de la creación que reconoce que Dios lo
es todo y que todo viene de Él.
A
la esposa que lo acoge y le dice
«sí» Dios le revela su designio: unirse a Ella hasta en las profundidades
de la carne y, por la acción del Espíritu, dar su Verbo al
mundo. Bodas del Creador y de su criatura, no en el deseo de la
carne, sino en el poder del Espíritu. María, cree
en la Palabra, y en Ella se realiza lo imposible. Morada de Dios entre
nosotros, Paraíso reencontrado, la Iglesia comienza en María mediante
la fe en la Palabra y por la acción del Espíritu.
La
Trinidad
se hace presente a la humanidad, que la recibe en María. No hay confusión
posible: María no es Dios, y jamás pretenderá serlo.
Distinción amorosamente reconocida, por la que se consigue la
victoria sobre la tentación original: ser Dios, ser como Dios, serlo por
las propias fuerzas. Con plena lucidez, María discierne lo que es
de Dios y lo que es del hombre.
Dios,
por su parte, no puede sino
darse a la que acepta recibirlo todo de Él. Así María es la confluencia
del misterio de Dios y del misterio del hombre. Dios, en la
Trinidad de sus personas, se revela a María para convertirse en vida
del hombre: el Padre da, el Hijo se da, el Espíritu realiza el don.
Cada
una de las tres Personas está ahí según su propiedad. Dios
está ahora presente entre nosotros, no en un templo de piedra hecho
por la mano del hombre, sino en un corazón que lo acoge en
la fe.
María,
convertida en madre
del Verbo encarnado por este consentimiento, es también su esposa.
La fe de Israel, desde Abraham, encuentra en Ella su término
y su apogeo. La Iglesia, continuadora de Israel, tiene en Ella su origen
y no puede comprender su misterio sino volviendo a ese encuentro
en el que la Mujer dice «sí» a Dios y en el que María se
convierte en la esposa.
La
Iglesia, que lee su origen en este misterio, lo sigue leyendo en
la continuación de la vida de María. Su vida es un crecimiento en la fe, que
la conduce de signo en signo hasta la plena realidad.
Puede
seguirlo desde la Visitación, a través de los acontecimientos de
la infancia y de la vida pública, hasta el pie de la cruz. María no se aparta
de su actitud primera. Sigue entrando en el misterio de
Aquel al que, por su fe, Ella introdujo en el mundo.
Ella
es como
la mujer que, habiendo aceptado dar la vida, se ve luego superada
por esa vida que Ella misma hizo brotar. María prosigue con docilidad.
Va por caminos inesperados, caminos de silencio, de pobreza,
de olvido de sí. Vuelve a decir «sí» ,
y cada nuevo «sí»,
la abre a nuevas iluminaciones.
En
el hijo de sus entrañas descubre al Salvador
de las naciones que rompe los estrechos marcos de Israel, descubre el nuevo
parentesco de los hijos de Dios, de aquellos
que no han nacido de la carne ni de la sangre, sino que ponen su
fe en la Palabra.
Parentesco
que la llama a nuevas bodas, no a aquellas
en las que estuvo como invitada con Jesús en Cana, sino a
las bodas verdaderas que todas las otras significaban, aquellas en que
Cristo da su vida por la humanidad adquirida con su sangre.
Lo
que fue en el nacimiento lo es también en la cruz: nuevo nacimiento
para la humanidad. Su fe se abre a las dimensiones del amor universal.
Nueva Eva junto al nuevo Adán, engendra en el Espíritu a
todos los discípulos que la recibirán en su casa, como Juan, viviendo
de la misma fe que ella y convirtiéndose, mediante ella, en la Iglesia, cuerpo
de Cristo.
La
fe expresada en
la Anunciación y renovada en Caná y en el silencio cotidiano de
su oración, preparaba a María para esta maternidad. Ella se convierte
para siempre en la esposa de Aquel a quien dio a luz y, por Él,
en la madre universal. Así se unen en ella, como en el corazón de
todo discípulo, como en el corazón de la Iglesia nacida en el Calvario, el amor de Dios y el amor de los hombres.
«¿Quién
es esta que sube del desierto apoyada en su Amado?». La
Iglesia, que se dedica a través de los siglos a reunir en Jesús a
los hijos de Dios dispersos, se reconoce plenamente en María.
Viene
de la gran tribulación, sometida a la prueba y a la tentación. Como
la mujer, madre del hijo varón del Apocalipsis, sufre los dolores
de parto. Quiere dar a luz «a Aquel que va a apacentar a todas las
naciones». El dragón de los orígenes querría morderle el talón y
devorar al hijo que va a nacer, pero es derrotado por la fe de la mujer a la que Dios lleva al desierto.
Aparece
ahora, a los ojos de quienes
tienen fe, apoyada en Aquel a quien se entregó, en Aquel que
reina por los siglos de los siglos. Contra la Iglesia puede desencadenarse
el mal. Por la fe de María, de la que Pedro es el testigo,
«las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».«¿Quién es
esta que surge como la aurora, bella como la luna, resplandeciente
como el sol, terrible como un ejercito en orden de batalla?»
¿De
quien habla el Cantar de los Cantares? ¿De Israel, de María, de la Iglesia, de
cada
uno de los que reciben la fe de María? El autor cree que de todos a la vez, que
esas palabras encuadran perfectamente en el perfil de cada uno.
Reflexión basada en el libro “El espíritu y la Iglesia” del Padre Jean Laplace, S. J. , de editorial Sal Térrae, Bilbao 1989.