El poeta Cayo Celio Sedulio, remarcaba en el siglo V, la dimensión eclesial de la primera aparición de Jesús a Nuestra Señora. Ella fue la puerta de entrada, cuando el Señor vino al mundo. Y ahora, por medio de la aparición a María, que representa a la Iglesia, se anuncia la resurrección al nuevo pueblo de Dios:
«A ella (a María) se le mostró el Señor inmediatamente después del triunfo de la resurrección, para que, Madre piadosa y benigna divulgadora del testimonio de tal milagro, la que fue puerta del que nacía al venir al mundo fuese también anunciadora del que salía de los infiernos».
En
nuestros días, se ha subrayado ya este carácter eclesial de la primera aparición:
«para Cristo la alegría de resucitar no es la alegría de recuperar la
respiración, sino la de llevar a la nueva humanidad, liberada, a su propia vida
susceptible, por fin, de ser acogida en plenitud».
Y
solo Nuestra Señora es capaz de tomar, inmediata y plenamente, posesión de
esta nueva vida para la Iglesia. Nuestra Señora es el «lugar» eclesial en el
que se realiza el paso de nuestra humanidad pecadora a la nueva humanidad de
Cristo resucitado. A la luz de la resurrección de su Hijo, Nuestra Señora
inaugura el nuevo tipo de «inteligencia de la fe» que será el patrimonio de
la Iglesia naciente.
De
nuevo se nos impone la distinción entre la primera aparición a Nuestra Señora
y las otras apariciones a varios de sus discípulos. El sentido de las otras «apariciones»
es el de suscitar la fe pascual, el dar a luz la palabra que será el kerigma
apostólico.
En
cambio, la primera aparición del Resucitado a Nuestra Señora se caracteriza
explícitamente por el «silencio», incluso por el silencio evangélico. Si la
Virgen habla en la Anunciación, si Nuestra Señora de la Encarnación -sierva
humilde- canta con alegría el Magnificat,
en
el momento de la gloria de la resurrección, Nuestra Señora desaparece en la
Iglesia, que Nuestro Señor confía a los apóstoles.
El
Resucitado aparece en la fe de Nuestra Señora; ella es la FUENTE y el ICONO DE
LA FE DE LA IGLESIA, porque en Ella, unida de una manera única al mismo «misterio
pascual» se alumbra la fe de la Iglesia, jerárquica y sacramentalmente
articulada.
La
plenitud de la gracia pascual, revelada en la primera aparición de Nuestro Señor
a la Santísima Virgen, encuentra expresión en la Iglesia anunciando la gran
Pascua del Señor como la única consolación de la humanidad.
Adaptada
del libro “Decir ....al Indecible” de Peter Hans Kolvenbach,
S. J. en edición a cargo de Ignacio Iglesias, S. J., para Mensajero
Sal Terrae, Colección Manresa, Burgos 1999.