MARÍA, HOY

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Javier Garrido, es un religioso franciscano que escribió el libro “El Camino de María” del cual extraigo algunas ideas, que nos pueden ayudar a reflexionar sobre la visión de la devoción mariana en nuestros días, misma que se vio sacudida después de la conclusión del Concilio Vaticano II, a raíz de la exageración en las prácticas devocionales de algunos grupos y la distorsión que sobre la imagen de la Santísima Virgen se manejaba en varios círculos. Enfoca también algunos rasgos de la mentalidad de nuestra época ante esa variación que de esa imagen se ha venido conformando.

¿Se puede ser cristiano sin tener devoción a la Virgen María?

Hace algunos años, habría sido impensable tal pregunta en el mundo católico. Todavía recuerdo el escándalo de una buena señora cuando le dije que yo no rezaba el rosario todos los días.

Pues bien, respondiendo a la pregunta, hay que decir que se puede ser cristiano sin que María pertenezca a la vivencia de la fe.

Bastaría recordar a Pablo, donde en sus cartas no hay ninguna referencia espiritual a la madre de Jesús, excepto una en contexto totalmente cristológico:

«Cuando se cumplió el plazo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para que rescatase a los sometidos por la ley y recibiéramos así la condición de hijos» (Gal 4,4-5).

María no tiene una misión salvífica específica; en todo caso, se le ha confiado una mediación meramente veterotestamentaria, que en la concepción de Pablo, está ligada a la ley, en contraposición al don propio del Nuevo Testamento, el Espíritu Santo.

Actualmente, algunos teólogos católicos y muchos creyentes de a pie tienden a pensar similarmente, aunque la razón es distinta: no en función del cristocentrismo paulino, sino de una revisión humanizada y racionalizada de la figura de María.

Por otra parte, conviene recordar el criterio conciliar del Vaticano II para el diálogo ecuménico:

«Al comparar las doctrinas, recuerden que existe un orden o jerarquía de las verdades de la doctrina católica, ya que es diferente el enlace de tales verdades con el fundamento de la fe cristiana» (Decreto sobre el ecumenismo, n. 11).

En este sentido, la importancia de María en la dogmática católica, ha propiciado actitudes integristas, que han dificultado seriamente el diálogo ecuménico y, lo que es peor, han desequilibrado la experiencia creyente del Misterio de Cristo. Aquel distorsionado lema de algunas escuelas marianas: « nunca se dirá de María suficientemente sus grandezas y privilegios», ha hecho daño en diversos círculos.

Algunos teólogos propugnan distinguir verdades esenciales de fe y verdades de integración. Se afirma la inmaculada concepción y la asunción de María en cuerpo y alma al cielo; pero no se consideran verdades esenciales para la fe cristiana.

Personalmente, creo en ambos dogmas; pero no considero hereje, ni que rompe la comunión eclesial, al cristiano que los niega.

Hay que añadir el siguiente criterio pastoral: la fe no es un sistema de creencias; exige un proceso de personalización de la Revelación cristiana. En dicho proceso, la integración de María en la vivencia creyente no tiene por qué hacerse al mismo tiempo que el Misterio Pascual o el Misterio Trinitario, por poner dos ejemplos.

Más, cuando un cristiano se libera de la experiencia ideológica de la fe, suele poner en crisis la herencia recibida y comienza a diferenciar lo que realmente ha personalizado de lo que todavía no ha hecho. Puede adherirse a los dogmas mariológicos en cuanto adhesión global a la fe de la Iglesia; pero necesita tiempo para que entren en el conocimiento interior que exigen.

Las reflexiones anteriores remiten a un cambio en la conciencia actual de la fe: la necesidad de diferenciar la fe y la representación cultural de la misma.

Si la lectura de los «relatos de infancia», Lc 1-2 y Mt 1-2, se hace acríticamente y se cree que ocurrió tal como se cuenta, la representación cultural de María será la de un personaje extraordinario, en contacto directo con el mundo celeste.

Si el dogma de la Inmaculada es visto desde la perspectiva de una moral que estigmatiza el sexo, María simbolizará la pureza de costumbres y se constituirá en ideal sublime de las juventudes católicas.

Pero en cuanto cambian los modelos socioculturales, María es reinterpretada teológicamente y vivenciada con imagen distinta espiritualmente:

-         Cambia la figura histórica de María.

-         La maternidad queda subordinada a la maternidad de la fe.

-         La Inmaculada tiene que ver, sobre todo, con la gratuidad de la Salvación para todos.

Como es obvio, estos apuntes quieren ser fieles a la fe, pero conscientes de la representación cultural que conllevan. La teología sólo puede caminar así. Y la experiencia creyente también.

Con una condición: la fidelidad a la Revelación percibida a través de la fe de la Iglesia. Cambian los modelos socioculturales; pero permanece la significación de María para la experiencia creyente.

A continuación bosquejaré sintéticamente la imagen histórica y creyente que me hago de María, la madre de Jesús, el Mesías y Señor, y que resume sus rasgos más relevantes:

El momento central de la vida y misión de María es su experiencia vocacional, la que tiene que ver con el relato de la Anunciación.

Hasta entonces, María es una creyente judía, temerosa de Dios y pobre de espíritu. Sólo indirectamente, a la luz del dogma de la Inmaculada, podemos afirmar que su vida teologal era excepcional, y habremos de describirla intuitivamente. Lo cual, a su vez, nos permite adentrarnos en el camino escogido por Dios para ella: el de ocultamiento, marca de su misión.

Al tener un hijo virginalmente y vivirlo vocacionalmente, se siente consagrada por él para siempre. Cambiará radicalmente su relación con José, su esposo, sus vivencias y su relación con Dios. Su camino era conducido por Dios en abandono de fe. Así, el largo tiempo de espera en Nazaret.

Cuando Jesús volvió del Jordán y se despidió de ella, supo que había llegado la hora de su hijo. Siempre había sido su talante «guardar en su corazón» lo que oía y veía; pero ahora más que nunca: cuando oía hablar de lo que Jesús decía y hacía.

Sin embargo, consumó su fe y su misión al pie de su hijo crucificado. Más unida que nunca, en el momento en que tenía que consentir en la separación definitiva.

Había creído en la misión mesiánica de su hijo, aunque en el ocultamiento; había sufrido con su hijo el fracaso del Reino en Galilea; sin embargo, sin entender totalmente, en la noche más oscura, su fe se hizo obediencia hasta la muerte de su hijo y de sí misma.

De acuerdo alas Escrituras, no necesitó ninguna aparición del Resucitado para creer. Le bastó el testimonio de Pedro y los otros discípulos y la luz interior del Espíritu Santo. Ella mantuvo su lugar, el que el Padre de Jesús le había reservado para siempre y el Espíritu Santo le había enseñado desde siempre, ser el corazón de Israel y de la Iglesia.

La imagen de María en el Cenáculo, esperando con los discípulos la llegada del Espíritu Santo, simboliza lo que será su mediación eclesial hasta el final de los tiempos.

¿Fue el día de Pentecostés? ¿Fue después de la Resurrección, con los años? El Espíritu Santo le dio a María comprender su camino desde niña hasta ser esposa y madre, y sobre todo, lo que Jesús iba enseñándole cuando le obligaba a ser discípula: su vocación definitiva, la maternidad virginal de la fe.

Es un dato histórico que el movimiento cristiano primitivo dio cabida y alta consideración a los parientes de Jesús, por ejemplo, a Santiago. También María fue llamada «madre del Señor», si bien ella nunca pretendió ningún protagonismo.

¿Fue reverenciada en aquella comunidad cristiana local, como parece confirmarlo la arqueología? No es arbitrario pensar que ciertos secretos de Jesús y suyos, especialmente el de la concepción virginal de Jesús, ella los contase en algún círculo minoritario. ¿Fue ésta la tradición que después quedará plasmada de modo distinto pero consistente en Mateo y Lucas?

Más decisivo es constatar lo rápidamente que el Espíritu Santo iluminó la fe de la comunidad cristiana sobre los orígenes de Jesús.

Al principio, lo que importó fue resaltar su misión escatológica, cuya iniciativa pertenecía al Padre. Poco a poco, comenzó a hablarse de descenso y encarnación. Era inevitable tomar en cuenta a María, su madre natural, ampliamente conocida entre los judeocristianos. Bastaron algunas décadas para que la Iglesia primitiva elaborase los primeros apuntes de mariología.

María no era sólo la progenitora del Señor Jesús, sino que vivió su maternidad vocacionalmente, asociada espiritualmente al Misterio de su hijo, el Mesías y Señor. A través de los títulos, los cristianos intentaron expresar la significación de María en la Historia de la Salvación, culminada en Jesús: «la llena de Gracia, la virgen de Is 7, la hija de Sión, la creyente perfecta...».

No sería justo reducir a María a mera madre física. Más allá de lo maravilloso de los relatos de infancia, queda la figura de una mujer creyente. Más de uno pensará, igualmente, que mientras se mantenga la maternidad virginal de María, el mito permanece.

Sin embargo, sospecho que ese tipo de pensamiento es propio de una asociación inconsciente entre mito, milagro y sexo, como si la virginidad de María tuviese que ver con los mitos mediterráneos de la unión entre los dioses y los humanos.

En cuanto se cambia de perspectiva, y la virginidad es vista en clave judía (signo escatológico de la iniciativa de Dios), el a “priori” pierde su fundamento.

Al pensar en los dogmas de la Inmaculada y de la Asunción, la paradoja se extrema. Los dogmas demuestran, indirectamente y a “posteriori”, que esta mujer no era una judía más; al contrario, que estaba habitada por la Gracia de manera única. Avalarían, por lo tanto, la imagen de la mujer extraordinaria. Lo que no puede ser probado históricamente se constituye en luz privilegiada para descubrir el Misterio singular de María.

Sin embargo, quisiera evidenciar que una cosa son los dogmas, y otra, las representaciones culturales que se deducen de los mismos. Por ejemplo, la imagen medieval y barroca habla de «María santísima» y de sus perfecciones insuperables desde el primer momento de su concepción. Pero hoy ya no podemos aceptar una idea preestablecida de perfección que no tenga en cuenta el tiempo y la condición humana, en la que se hace real la acción de la Gracia.

Lo que dice la carta a los Hebreos de Jesús se aplica forzosamente a María: que fue en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, y que fue perfeccionada por la tentación y el sufrimiento.

La clave de síntesis sólo podrá ser Jesús. De María no cabe hablar sin referencia a Jesús. Con matices, porque la misión de Jesús fue absolutamente única y su Madre entraba, precisamente, en esa misión. Esto implica que la mediación de María se deriva de la de Jesús.

Concluyendo:

-         Hoy representamos a María como a una de tantas madres judías: analfabeta, trabajadora, profundamente religiosa, fiel a la tradición de sus padres... Es necesario desprenderse de todo el aparato maravilloso de los apócrifos y de la lectura literal de los relatos de infancia.

-         Hay cristianos que tienen miedo a esta normalización. Confunden la fe con la sacralización cultural.

-         La humanización de María no significa pérdida de hondura espiritual. Les ocurre a otros cristianos: confunden la normalidad sociocultural con la mediocridad humana. Ignoran que la vida va por dentro. Ninguna persona puede ser entendida sólo con parámetros socio-religiosos.

-         María tuvo una vida teologal excepcional, que fue purificada y transformada progresivamente, al ritmo de la misión recibida, en obediencia a Dios bajo la acción del Espíritu Santo.

-         Comparándola con Jesús, apenas podemos entrever la vida que ella llevaba por dentro.