MARIA EN EL EVANGELIO DE SAN MATEO

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María, es necesario enfatizarlo, no es un recuerdo, sino una presencia.

No es alguien importante del pasado, sino una madre y una hermana mayor en la fe que sigue acompañando nuestro peregrinar, como Iglesia a todos los que vivimos en este agitado siglo XXI.

¡Qué suerte tenemos los cristianos! Para nosotros no hay muertos: sólo vivos aquí, peregrinando, y vivos que ya han llegado al seno del Padre. Es el gran misterio de la comunión de lo santos

Hoy en día, es inquietud del cristiano, volver a la búsqueda de las fuentes genuinas de la Escritura y de la Tradición para conocer a María un poco más. Estamos cansados de escuchar cosas que, aunque no sean falsas, tampoco respetan ni profundizan en lo que se refiere a la trascendencia de la persona de María y su verdadero misterio.

En este artículo, queremos acercarnos a lo que el evangelio de san Mateo dice de ella. Por cierto, este evangelio fue escrito para la comunidad judeo-cristiana y en lo referente a los relatos de la infancia de Jesús, tuvo noticias de primera mano de la familia de san José.

En este evangelio de san Mateo, se vuelve a repetir lo que ya subrayábamos: la persona de María pierde significado sin la de Jesús; al igual que cada uno de nosotros no somos tampoco nada sin su Hijo.

Me detengo ahora en el núcleo de los episodios que narran los primeros momentos de la vida de Jesús y en los que Dios quiso dar a María tanto y tan bello protagonismo.

Comenzamos por la genealogía de Jesús, su origen, la manera como vino a este mundo (Mt 1, 1-16). En su genealogía, san Mateo nos enumera (como era la usanza de la época). los principales antepasados de Jesús, casi exclusivamente hombres, sin embargo, por alguna extraña razón, incluye a algunas mujeres. ¡Y qué mujeres «tan particulares»! Una viuda: Tamar; una prostituta: Rajab; otra viuda y extranjera: Rut, y una adúltera: Betsabé (sobre sus historias hablaremos en artículos subsecuentes). Y al final, rompiendo toda lógica, san Mateo no afirma que Jesús sea hijo de José, sino de María.

San José es presentado únicamente como marido legal. ¿Qué mensaje nos quiso trasmitir con esto el evangelista en relación al misterio de la persona de María`?

Mateo está preparando el terreno para que entendamos, como en su momento los judeo-cristianos a quienes se dirigía, que las maravillas que Dios ha hecho con esta mujer rompen todo lo imaginado. Que se trata de algo propio de Dios y que él tuvo toda la iniciativa.

La Trinidad ha ido llevando adelante su obra de salvación en la historia, a pesar de episodios en ocasiones desconcertantes a nuestra comprensión y llenos de sombras y pecados.

Cuando Dios lo dispuso, así lo refiere el evangelio, gracias a María se inaugura una nueva creación: Ella es tierra y semilla nuevas que hacen posible una nueva humanidad; porque es la nueva Eva, como Jesús es el nuevo Adán.

Siguiendo con los relatos de infancia del evangelio de san Mateo, se nos dice por activa y por pasiva que José es sólo el esposo legal (Mt 1, 18-25). En el hijo esperado él no ha tenido parte: apareció en el seno de María antes de vivir juntos. Con qué delicadeza y justicia, con qué acierto, san Mateo evita el verbo «engendrar» a la hora de dar cuenta del origen de Jesús; en su lugar utiliza el verbo «alumbrar, dar a luz» («María dio a luz»), reforzando con ello la maternidad virginal. ¿Quién le reveló al evangelista este gran secreto? Sin duda los familiares de José. Por eso, porque tiene fuentes más bien masculinas, san Mateo no nos ofrece los ricos detalles que san Lucas nos narrará.

Y ese hijo tendrá dos nombres preciosos: Jesús, que significa «el Señor salva, el Salvador» (Mt 1, 21), y Emmanuel (Mt 1, 23), que quiere decir «Dios con nosotros». Con ello se señala no sólo la grandeza y trascendencia de Dios, sino también su inmanencia y cercanía.

Lo anterior, nos advierte de algo que María vio como nadie: que aunque Dios es muy cercano en nuestras vidas, sin embargo a Dios no se le puede manipular; Dios es siempre mayor que nosotros y está más allá de nuestras miras y empresas humanas.

San Mateo, asienta que Jesús nace en Belén (Mt 2, 12), confirmando con ello las profecías. Era importante subrayar esto para que los judíos entendiesen que Jesús era el Mesías esperado.

El evangelista añade que «todos vieron al niño con su madre». ¡No se trata de una expresión ni inocente ni retórica! De nuevo se nos enseña que María y su Hijo Jesucristo están íntimamente unidos; su misión camina conjuntamente.

En Belén, sigue diciendo el evangelio, adoraron al niño unos magos de Oriente. Qué bellísimo mensaje, tanto el hijo como la maternidad son para todas la naciones y para todos los hombres, judíos o gentiles. ¡Gracias a María se ha hecho posible este regalo tan maravilloso!

San Mateo, por último, nos informa de que Jesús estuvo bajo la custodia de su madre en aquellos primeros años tan decisivos (Mt 2, 13-23).

Así, pues, María aparece en el evangelio de san Mateo, en primer lugar, como la Virgen servidora de Jesús y del pueblo de Dios. Su misión es la de ser virgen-madre del Salvador. Con toda claridad se afirma que, el que debe llevarnos a Dios y reconciliarnos con Él, Jesucristo, proviene completamente de Dios. Y, al mismo tiempo, con una iniciativa admirable que sólo Dios puede hacer, ha elegido a María para ser la madre del Hijo eterno.

Por otra parte, en su providencia ha puesto al lado de María a un hombre bueno de verdad: el casto José. Símbolo real de que el Mesías desciende de la casa de David y está insertado en el pueblo de Dios. Y símbolo de que evidentemente se puede amar con un amor más fuerte que el meramente erótico. El amor de agape virgen, de expropiación y consagración total a la obra de Dios.

Claro que esto es sólo posible de forma íntegra cuando Jesús y María se hallan cerca. Los consagrados célibes lo experimentan y lo agradecen sin cesar; mientras que los matrimonios, en la vocación y estado de vida que les corresponde, experimentan cómo esta gran verdad, es también de gran ayuda para sus vidas y para la vivencia de un amor auténtico y generoso.

La enseñanza que nos quiere regalar nuestra madre María, no ofrece dudas: tenemos que estar abiertos a las maravillosas sorpresas de Dios en nuestras vidas; y tenemos que saber aceptar y acoger a las personas que, providencialmente, Dios coloca a nuestro lado. Aunque en ocasiones, a dichas personas a veces no las entendamos del todo. A fin de cuentas, todo tiene un cometido: ayudarnos a nuestra mutua santificación.

Sirva para concluir este artículo una vieja y conocida anécdota:

«Un maestro y un discípulo caminaban juntos. Al llegar a un río, el maestro pidió al discípulo que sacara un canto rodado del río, una piedra. El discípulo intentó sacar la más grande. Y, chorreando, la depósito en tierra. El maestro esperaba en la orilla con una herramienta para picar piedra, y partió en dos el fragmento extraído.” ¿Qué observas?” Preguntó al avispado alumno. “Maestro, -respondió-, esta roca habrá estado en medio de la corriente cientos y cientos de años, pero sólo su superficie está mojada»

Así puede pasarnos con las cosas de Dios, y por supuesto con los misterios de María. Tal vez los hemos escuchado cientos de veces, pero sólo han entrado en nuestra cabeza; mientras que nuestro corazón no se ha empapado de la fortaleza vital que contienen.

Dirijamos nuestra oración al Espíritu Santo, para que acuda en nuestro auxilio y nos ilumine para poder llegar a percibir esas cosas sutiles, que de momento permanecen ocultas a nuestro entendimiento:

Espíritu Santo
que llenaste de plenitud nuestro mundo
y todos nuestros anhelos
al hacer posible la venida de Jesucristo;

Espíritu de fecundidad
que por medio de una mujer-virgen, la nueva Eva,
hiciste posible el nacimiento de Jesucristo,
concédenos que, como María, y su casto esposo san José,
acojamos al enviado,
para que, creyendo en Él,
seamos de verdad Hijos de Dios
y colaboradores activos en la transformación de nuestra historia
mediante las obras nuevas de tu Reino.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Inspirado en libro:”En el misterio de María”, de Raúl Berzosa Martínez de la Colección Nueva Alianza Minor de Editorial Sígueme, Salamanca 2006.