MARÍA EN LA DOCTRINA Y LA PIEDAD DE LA IGLESIA

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El puesto de María en la doctrina de la Iglesia, especialmente su veneración, y la piedad católica empapada de elementos marianos, constituyen ya hace mucho tiempo, pero con más intensidad que nunca en estos últimos decenios, un motivo de tensiones dentro de la Iglesia.

Para algunos vale el principio «de María nunca bastante»; mientras que otros pregonan que allí hay un doble peligro: para la jerarquía de las verdades cristianas, en cuyo centro están Cristo y el Dios trinitario, de donde procede toda gracia (mientras que María, por su parte, pertenece a las criaturas agraciadas); y para el diálogo ecuménico con algunas comunidades eclesiales, la veneración de María les parece excesivamente peligrosa en el contexto de la piedad cristiana. Por el contrario, no constituye ninguna tensión con la Iglesia oriental; y al contrario, dicha tensión surgiría si se restringiera la veneración mariana.

Ahora bien, ambas tendencias podrían haber caído en cierta parcialidad: el lema de unos («de María nunca bastante») por supuesto no se puede entender de forma cuantitativa, como si una simple multiplicación de los dogmas, o de las devociones y fiestas, fuera una meta digna de esfuerzo; el «nunca bastante» se debe relacionar a lo mucho con la profunda comprensión del puesto de María en la obra divina de salvación y con su dignidad, correspondiente a dicho puesto, con lo cual destacaría cada vez más su inclusión en las verdades cristológicas y trinitarias.

No obstante, a la vacilación crítica de los otros, les ha de hacer pensar el hecho de que en toda la Sagrada Escritura, de ninguna otra mujer se hable de forma tan amplia y tan variada (y no en forma episódica como se nos habla de Judit o Ester), pues cada escena en que se involucra a la Santísima Virgen, está en estrechísima conexión con la humanización de Cristo, su infancia, su actividad pública, su pasión, su vivir prolongado en la Iglesia.

Si las escenas individuales que hablan de María están también dispersas en los evangelios, forman, no obstante, cuando se consideran más profundamente, una red de relaciones cuyos aspectos individuales -como en un salón de espejos- se iluminan, multiplican y ahondan recíprocamente hasta lo infinito.

Resulta innegable que precisamente esta abundancia de aspectos de los misterios marianos dificulta el hablar sobre María y provoca el peligro de formulaciones unilaterales; pero, ¿acaso no sucede lo mismo en el misterio aún mayor de su Hijo? Si María puede ser llamada la Reina del cielo, de los ángeles, de la Iglesia, es ciertamente en virtud del hecho de que, en su calidad de «esclava humilde del Señor, encontró gracia ante Dios.

Pero ¿acaso ambos aspectos no están ya unidos de forma germinal en la única autodeclaración que poseemos de ella: «Ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1,48)?

Nadie que reconozca la autoridad de la Escritura se puede sustraer a la pretensión de esta afirmación (de los ojos puestos en la esclava humilde) y esta promesa (de la alabanza que no cesará nunca). Tampoco en el ámbito del pensamiento cristiano resulta incomprensible una paradoja así: pues también el Cordero de Dios, que está victorioso sobre el trono de su Padre, será eternamente el «Cordero como degollado» (Ap 13,8), y, después de todo, también el Apóstol expone detalladamente que su fuerza apostólica descansa en su configuración con el Crucificado: «Cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor 12,10).

De esta tensión aparente de las verdades mariológicas, podemos decir que cuanto más adentrado y entregado está un hombre a Dios, tanto más puede Dios, cuando quiera, ponerlo de relieve en su independencia.

Si Jesús dijo de sí mismo «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12), y lo hace con una exclusividad sublime, nada le impide, sin embargo, designar a su vez a sus discípulos, que le están completamente entregados, diciendo: «Vosotros sois la luz del mundo... Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,14.16).

También de nuevo habría que recordar a Pablo, cuya luz propia quedó completamente extinguida primero, a las puertas de Damasco, para que Cristo encendiera en él su luz y ésta iluminara grandemente el orbe.

Por tanto, la doctrina cristiana sobre María, deben poseer, conforme al carácter definitivo y escatológico de la misma revelación neotestamentaria, un núcleo plenamente confirmado por la historia de la mariología y de la piedad mariana.

Por otro lado, la Iglesia, junto con su interpretación de la revelación, camina a lo largo de los períodos de la Historia en constante cambio; surgen nuevos aspectos, mientras que otros se desvanecen, se busca compensar las perspectivas parciales, y así hoy existe el deber de expresar lo válido de forma nueva y acorde a los tiempos, y de incluir además lo permanente, pero cuidando siempre que sea de forma mesurada.

Inspirada en el artículo “María en la doctrina y la piedad mariana” del libro “María, Iglesia Naciente” de ediciones Encuentro, 2ª edición, Madrid 2006