MARIA ABRE A DIOS LA PUERTA DEL MUNDO

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En la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, les propongo meditar brevemente sobre el evangelio de San Lucas, que nos presenta la escena de la Anunciación, que para S. S. Benedicto XVI es una de las páginas más hermosas de la Sagrada Escritura  y precisamente nos basaremos en las reflexiones del Romano Pontífice para este fin.

Su Santidad toma estas palabras del evangelio: «Alégrate, María»

Lo primero que nos propone meditar es el saludo del ángel a María. En la traducción italiana el ángel dice: «Te saludo, María», sin embargo, la palabra griega original es "Kaire" que significa «alégrate, regocíjate». Y aquí hay un primer aspecto sorprendente pues el saludo entre los judíos era "shalom" equivalente a «paz».

Es sorprendente que el ángel, al entrar en la casa de María, saludara con el saludo de los griegos: "Kaire". Cuando los griegos leyeron este evangelio cuarenta años después, pudieron ver aquí un mensaje importante: pudieron comprender que con el inicio del Nuevo Testamento, al que se refería esta página de san Lucas, se había producido también la apertura al mundo de los pueblos, a la universalidad del pueblo de Dios, que ya no sólo incluía al pueblo judío, sino también al mundo en su totalidad, a todos los pueblos.

En este saludo griego del ángel aparece la nueva universalidad del reino del verdadero Hijo de David.

Conviene destacar, que las palabras del ángel son la repetición de una promesa profética del libro del profeta Sofonías, en el cual casi literalmente encontramos ese saludo. El profeta Sofonías, inspirado por Dios, dice a Israel: «Alégrate, hija de Sión; el Señor está contigo y viene a morar dentro de ti» (cf. Sf 3,14). Sabemos que María conocía bien las sagradas Escrituras.

El canto del Magníficat (Lc. 1, 46-55) es un tapiz tejido con hilos del Antiguo Testamento. Por eso, podemos tener la seguridad de que la Virgen santísima comprendió en seguida que estas eran las palabras del profeta Sofonías dirigidas a Israel, a la «hija de Sión», considerada como morada de Dios.

Ahora lo sorprendente, lo que hace reflexionar a María, es que esas palabras, dirigidas a todo Israel, se las dirigen de modo particular a ella, María. Y así entiende con claridad que precisamente ella es la «hija de Sión», de la que habló el profeta y que, por consiguiente, el Señor tiene una intención especial para ella; que ella está llamada a ser la verdadera morada de Dios, una morada no hecha de piedras, sino de carne viva, de un corazón vivo; que Dios, en realidad, la quiere tomar como su verdadero templo precisamente a ella, la Virgen.

¡Qué indicación! Y entonces podemos comprender que María comenzó a reflexionar con particular intensidad sobre lo que significaba ese saludo.

Volvamos ahora a esta primera palabra: «alégrate, regocíjate». Es propiamente la primera palabra que resuena en el Nuevo Testamento, porque el anuncio hecho por el ángel a Zacarías sobre el nacimiento de Juan Bautista es una palabra que resuena aún en el umbral entre los dos Testamentos. Sólo con este diálogo, que el ángel Gabriel entabla con María, comienza realmente el Nuevo Testamento. Por esto, podemos deducir que la primera palabra del Nuevo Testamento es una invitación a la alegría.

El Nuevo Testamento es realmente «Evangelio», «la buena noticia» que nos trae alegría. Dios no está lejos de nosotros, no es desconocido, enigmático. Dios está cerca de nosotros, tan cerca que se hace niño, y podemos tratar de «tú» a este Dios.

El mundo griego, sobre todo, percibió esta novedad; sintió profundamente esta alegría, porque para ellos no era claro que existiera un Dios bueno, o un Dios malo, o simplemente un Dios. La religión de entonces les hablaba de muchas divinidades; por eso, se sentían rodea­dos por divinidades muy diversas entre sí, opuestas unas a otras, de modo que debían temer que, si hacían algo en favor de una divinidad, la otra podía ofenderse o vengarse.

Así, vivían en un mundo de miedo, rodeados de demonios peligrosos, sin saber nunca cómo salvarse de esas fuerzas opuestas entre sí.

Era un mundo de miedo, un mundo oscuro. Y ahora escuchaban decir: "Alégrate; esos demonios no son nada; hay un Dios verdadero, y este Dios verdadero es bueno, nos ama, nos conoce, está con nosotros hasta el punto de que se ha hecho carne". Esta es la gran alegría que anuncia el cristianismo. Conocer a este Dios es realmente la "buena noticia", una palabra de redención.

Tal vez a nosotros, los católicos, que lo sabemos desde siempre, ya no nos sorprende; ya no percibimos con fuerza esta alegría liberadora. Pero si miramos al mundo de hoy, donde Dios está ausente, debemos constatar que también él está dominado por los miedos, por las incertidumbres: ¿es un bien ser hombre, o no?, ¿es un bien vivir, o no?, ¿es realmente un bien existir?, ¿o tal vez todo es negativo? Y, en realidad, viven en un mundo oscuro, necesitan anestesias para poder vivir.

Así, la palabra: «alégrate, porque Dios está contigo, está con nosotros», es una palabra que abre realmente un tiempo nuevo. “Amadísimos hermanos, con un acto de fe debemos acoger de nuevo y comprender en lo más íntimo del corazón esta palabra liberadora: «alégrate»”.

Esta alegría que hemos recibido no podemos guardarla sólo para nosotros. La alegría se debe compartir siempre. Una alegría se debe comunicar. María corrió inmediatamente a comunicar su alegría a su prima Isabel. Y desde que fue elevada al cielo distribuye alegrías en todo el mundo; se ha convertido en la gran Consoladora, en nuestra Madre, que comunica alegría, confianza, bondad, y nos invita a distribuir también nosotros la alegría.

Este es el verdadero compromiso del Adviento: llevar la alegría a los demás. La alegría es el verdadero regalo de Navidad; no los costosos regalos que requieren mucho tiempo y dinero. Esta alegría podemos comunicarla de un modo sencillo: con una sonrisa, con un gesto bueno, con una pequeña ayuda, con un perdón. Llevemos esta alegría, y la alegría donada volverá a nosotros.

“En especial, tratemos de llevar la alegría más profunda, la alegría de haber conocido a Dios en Cristo. Pidamos para que en nuestra vida se transparente esta presencia de la alegría liberadora de Dios”, termina recomendándonos Benedicto XVI.

Extractada del libro “Homilías sobre el año litúrgico” editado por el Centre de Pastoral Litúrgica en el número 166 de su colección Cuadernos Phase, Barcelona 2007, pronunciada en la Parroquia de la Consolación en Roma el 18 de diciembre de 2005.