En
el transcurso de este intenso período litúrgico de la Cuaresma, dentro del
Misal Romano se contempla una celebración en la que se llama la atención de la
comunidad cristiana sobre María reconocida e invocada como «Madre de la
reconciliación».
Los
textos, si por un lado se insertan armónicamente en el típico carácter
penitencial de la Cuaresma, por el otro ponen de manifiesto la estrechísima
relación existente entre Cristo, que «por su sangre preciosa reconcilió el
mundo» con el Padre, y María invocada como «reconciliadora» y «refugio de
los pecadores».
En
esta perspectiva, destaca la «encomienda»de que a María se confían todos los
discípulos que invocan misericordia, y los discípulos saben encontrar en ella
a la «Madre de la reconciliación».
Recordando
la invitación de Pablo: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co
5,17-21); contemplamos una reconciliación que pasa a través de la «cruz de
Cristo» que «es la señal del pacto que» Dios hace «con todo lo que vive en
la tierra».
Si
ahora observamos los textos eucológicos, advertimos que desde el momento en que
en el seno virginal de María se instauró la «paz» entre Dios y la humanidad,
hasta que «junto a la cruz», el Padre constituyó a María «reconciliadora de
los pecadores», se dan toda una serie de acontecimientos que ven a la
Virgen como participante activa en la obra redentora : de su Hijo; por ello se
la proclama «asociada con Dios en la obra de la reconciliación».
De
ese reconocimiento brota la actitud de los fieles, conscientes de encontrar en
María -«clementísima por los pecadores», «un corazón misericordioso».
En
efecto, los pecadores:
«percibiendo
su amor de madre,
se
refugian en ella implorando el perdón del Señor;
al
contemplar su espiritual belleza,
se
esfuerzan por librarse de la fealdad del pecado,
y,
al meditar sus palabras y ejemplos,
se
sienten llamados a cumplir los mandatos de Jesús».
En
su simplicidad, este texto traza las líneas del constante camino de
reconciliación para el fiel de todo tiempo y lugar; un itinerario que culmina y
continuamente se apoya en la eucaristía, porque con la participación del «sacrificio
de reconciliación y alabanza» y, por tanto, en la comunión del «Cuerpo y
Sangre» de Cristo, los fieles realizamos la experiencia viva del «sacramento
de nuestra reconciliación».
En
esta celebración, resalta también la ejemplaridad de María: aquella que fue
el instrumento del inicio de los tiempos nuevos, los de la redención, es la
misma que en el tiempo de la Iglesia acoge y «reconcilia» a los pecadores
dirigiéndolos hacia la eucaristía, donde se realizan «los dones de la
misericordia del Padre y el premio de la redención eterna».
La
ejemplaridad de la Virgen, que atrae por «su amor de madre», por «su
espiritual belleza» y por «sus palabras y ejemplos», hace contemplar
con asombro y admiración la misión de la Iglesia que en todo tiempo ejerce el
ministerio que le ha sido confiado con la misma caridad maternal que resplandece
en la Virgen.
Basado
en el libro de Manlio Sodi titulado “Con María hacia Cristo. Misas
de la Virgen María” volumen 7 de la Colección Biblioteca Litúrgica,.
de Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1997