LA LUZ DE LA ESPERANZA

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Había una vez cuatro velas encendidas dentro de un lugar. Afuera solo se escuchaba el sonido de la lluvia que caía sobre la tierra, el cristal y los tubos de metal.

Había tal silencio en la habitación que solo cerca de cada vela se podía escuchar el ruido que producía la danza de la flama.

De pronto, como un lamento suave, comenzó a expresarse una de las velas:

"Yo soy la paz. Mas hoy en día parece ser que a las personas les importo poco. La paz interior esta encerrada, de manera que no es fácil encontrarla y parece que los caminos para llegar a ella están bloqueados por la prisa cotidiana. En consecuencia, la fuente que me alimenta está perdida y por eso no estoy en muchas familias, colonias y ciudades. Hasta el campo me ha ido perdiendo. Aunque la paz es anhelada, se me busca por caminos que no llegan a mí, así que he tomado la decisión de extinguirme".

De pronto, una brisa pasó sobre ella y la vela de la paz se apagó.

Se hizo un profundo silencio en la habitación. Al cabo de un tiempo se oyó un nuevo lamento.

"Yo soy la fe. Mas hoy en día algo esta pasando que a las personas les cuesta trabajo tener fe, solo pueden creer en lo que miden, tocan, y prueban, pero no en lo invisible, en el otro, en sus recursos, y se acuerdan poco de Dios, así que yo también decido que ya no soy útil".

Y un viento suave la apagó.

El silencio se hacía mas intenso. Transcurrió algún tiempo y la tercera vela susurro: "yo también me voy. Soy el amor. Hoy, el amor a sí mismo, el autocuidado, la autoescucha, no se dan, menos el amor al otro. Lástima, porque para ellos hay una senda del éxtasis. Alguien decía: ama a tu prójimo como a ti mismo. Mas ellos preguntan, ¿cómo le hago para amarme?, ¿cómo le hago para amarlo si cada vez que hablamos nos rasguñamos el alma, si tengo miedo de que me rechace, si me duele el orgullo? Y por si estas no fueran suficientes razones, el amor a la naturaleza ha sido rebasado por el del dinero, del poder. Ya no pueden encontrarme en el brillo de las hojas, en las formas diferentes, en las texturas de los troncos de los árboles ni en la música del viento; ya no les inspiro admiración, respeto ni gozo, me parece que ganó la indiferencia. Así que radios!"

Y se extinguió.

De pronto, una persona entró a la habitación y al sentir el silencio sobrecogedor preguntó en voz alta: ¿qué ocurre aquí?

En medio del silencio y la penumbra se escuchó una voz profunda y cálida que respondió:

"Te voy a contar qué fue lo que pasó".Y con calma le compartió la experiencia acerca del amor, la fe y la paz. La persona, conmovida y con un dolor en el alma, comenzó a llorar en silencio. La flama de la ultima vela creció y con voz firme le dijo: "¡Por favor, tómame, estoy aquí, y enciende conmigo las velas del amor, la fe y la paz!"

Con lágrimas sobre sus mejillas, la persona lo hizo, y la última vela le dijo: "yo soy la Esperanza".

Toda persona está llamada a:

  • La libertad. Estamos condicionados, pero no determinados. Aun en las peores circunstancias yo decido qué postura tomar.

  • La responsabilidad. Es la habilidad para responder a la vida: oportunidad y exigencia para dar respuesta a las preguntas que el día a día pone delante de nosotros.  

  • Buscar un sentido. Quien descubre el sentido, encuentra razón para vivir. Y si no lo encuentra, le queda descubrirlo. Soy libre de la actitud que tomo frente al sufrimiento, la culpa y la muerte, situaciones inevitables. No importa que no esperemos nada de la vida, sino lo que ella espera de nosotros.

  • La trascendencia. El camino es encontrarse a sí mismo para poder llegar al otro. La búsqueda de un sentido último a través de la fe, por la confianza en esa existencia ultima, a quien llamamos Dios.

 

Extractado del la Revista “Mirada”, órgano de difusión del Centro Ignaciano de Espiritualidad, correspondiente a Junio de 2004, Guadalajara, Jal.