LOS QUE IBAN DE VUELTA
A la misma hora en que las mujeres se «apuntan», y la tristeza las lleva al sepulcro, los de Emaús se «desapuntan» y se van. Las mujeres piensan en el Otro; los discípulos, en su propia tristeza.
«Aquel
mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que dista sesenta
estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había ocurrido»
(Lc. 13-14).
El camino del discípulo había sido una larga subida a Jerusalén. Ahora el discípulo se marcha de la ciudad de la Cruz. «¡Qué lástima...! ¡Lo de Jesús había sido tan extraordinario...! ¡Nosotros esperábamos...!». Tristemente, algo les queda muy claro: fue un iluso. De la gran esperanza a la desesperanza; el Reino no es posible. Volvamos a nuestro mundo «pequeño y raquítico»; era una ingenuidad pensar en cosas grandes, en mundos nuevos... Se «desapuntan» de la comunidad, se alejan de Jerusalén. En actitud de cobardía, abandonan la zona del conflicto. Son gente derrotada y profundamente decepcionada: todo se ha venido abajo.
Habían investido a Jesús del rol de padre todopoderoso -como se diría en el lenguaje del psicoanálisis-, y eso les reforzaba y les hacía participar de su grandeza. Los hechos han destruido las seguridades de su ego inmaduro. Han sido despojados de su pequeña fe infantil (como quien pierde los primeros dientes)
Un
desconocido se pone a su lado y camina con ellos. Jesús continúa siendo la
solidaridad de Dios con el dolor, el que se hace próximo, el buen Samaritano que
cura las heridas. Siempre está al lado como compañero que interpreta, que da
ánimo. «Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y
caminó a su lado; pero sus ojos estaban como incapacitados para reconocerlo. El
les dijo: - ¿De qué discutís por el camino?
Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: - ¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que han ocurrido allí estos días? Él les dijo: - ¿Qué cosas?» (Lc. 15-19a).
Es la reacción de quien mira con ojos indignados: « ¿eres tú el único...?». Lo irónico es que precisamente es Él. Cerrados en su ilusión de un Mesías todopoderoso, sólo están interesados por su propia frustración, que es de lo único que saben hablar. Son Cleofás y otro discípulo (que puede representar al mismo lector) y resultan ser unos buenos relatores de los hechos «puros». No es que estuvieran mal informados: tienen todos los datos, pero no saben qué hacer con ellos. Todavía han de venírseles abajo muchos «fantasías» que su fe adolescente había creado.
Ellos le
dijeron: - Lo de Jesús el Nazaret, que fue un profeta poderoso en obras y
palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y
magistrados lo condenaron a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que
fuera él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya
tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras
nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su
cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles que
decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo
hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no lo vieron» (Lc.
19b-24).
Los discípulos repasan punto por punto las grandes etapas del ministerio de Jesús. Relatan sus propios sentimientos y esperanzas: a) el relato de la gran esperanza que vivieron con él y el relato frustrante de la muerte ignominiosa (Lc. 19-21); b) los relatos «absurdos» de unas mujeres que les han sobresaltado; el relato de unos ángeles... (Lc. 22-24).
Pero la cuestión es que «a él no lo han visto». «Ver»: he ahí el problema del discípulo. Habrá que aprender a pasar de ver a experimentar... en la fracción, en la entrega.
El desconocido tiene la capacidad de obtener de los discípulos una confesión del alcance de su fe: el relato de los acontecimientos «en bruto»; y al discípulo empieza a renacerle el corazón. Estaban ciegos.
El «mundo» nos ciega afirmando que la Vida llega a través de la riqueza, el poder y el prestigio (las tres tentaciones mesiánicas: (Lc. 4,1-13), explicando que la Muerte llega por la lógica de los tres anuncios de la pasión que Jesús les había adelantado (Lc. 9,22.44; 18,31-33). Hay que cambiar de paradigma, si queremos experimentar la Resurrección. Se los dice el mismo Resucitado.
Obcecados por su sueño imaginario de un Mesías Poderoso, no podían creer a las mujeres ni reconocer a un Mesías diferente del que han creado a su imagen y semejanza. (Son incapaces de aceptar otros puntos de vista). No pueden admitir la contingencia, la debilidad, la muerte. No pueden comprender a un Mesías desde la cruz, desde el no poder. Y nuevamente el mensaje del «era necesario», que ya fue anunciado en el Sepulcro. Es el eco de esta catequesis de difícil comprensión del enigma de la cruz por parte de la primera comunidad cristiana.
«Él les dijo:
- ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria?
Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras»
Al final le dejan hablar. Empiezan a abrirse, a ser capaces de escuchar, a ser capaces de aceptar cambiar su mentalidad. Jesús hace una revisión completa, empezando por Moisés y todos los profetas, les interpreta las escrituras. Lección de Biblia que hace arder el corazón del discípulo. Los dos caminantes disfrutaron de algunas horas de profesor particular de interpretación bíblica.