LO
QUE REALMENTE NOS DUELE
Como
sacerdote, en el sacramento de la reconciliación, trato de ser lo más
misericordioso posible. Y cómo no, si no soy yo quien perdona sino Jesucristo,
que murió precisamente para liberamos de los
pecados; además, la persona ya reconoce que ha pecado, esta arrepentida,
y tiene el valor de confesarlo.
He
sido testigo de verdaderas resurrecciones. Sin embargo, frecuentemente veo que
la persona no experimenta paz ni alegría.
¿Acaso la gracia es ineficaz? Eso no, pues nunca falla. ¿Acaso no he sido yo
un buen instrumento de la misericordia de Dios? En algunas ocasiones, sí,
por mi impaciencia o mis limitaciones; pero eso no es un obstáculo insalvable
para Dios.
De
ordinario, la razón
se encuentra en que
nuestro dolor no proviene de habernos apartado
de Dios o de haber ofendido a los demás, sino de nuestro orgullo
herido: no soportamos vernos limitados. «¿Cómo es posible
que Yo
haya
hecho
eso?!» Y nuestro orgullo
es intransigente y castigador.
Una cosa es confesar públicamente: «he
pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y
omisión», y otra es aceptar, de
veras, que somos pecadores.
Un
día se nos quemó
la comida; y nos enojamos
por ello. Nuestro enojo no proviene
de que se haya desperdiciado dinero, o de
que la familia se haya quedado sin
comer; se debe a que nuestra imagen
se vio afectada. Incluso, aunque nadie se haya
dado cuenta de la comida quemada, allí esta
nuestro enojo.
Un
día fracasamos en un negocio... tuvimos un
accidente automovilístico... ofendimos
a una persona... nos equivocamos... quedamos
en ridículo... ¿Qué
nos
duele?
¿Cuándo
reconoceremos
y aceptaremos
serenamente nuestras limitaciones, fallas, errores o pecados? ¿Cuándo
seremos misericordiosos con nosotros
mismos? ¿Cuándo, por fin, nos reconciliaremos
con nosotros mismos?
Pidamos la intercesión de la Santísima Virgen, para reconocer manejar con sabiduría estas situaciones, pues si así nos tratamos nosotros mismos, ¿qué se puede esperar de nuestro comportamiento hacia nuestro prójimo?.
Basado
en una reflexión propuesta por Fernando Torre Medina Mora, M. Sp. S.,
marzo de 2004