LAS
VISITAS
«Visita» es un término con el que designamos a la
persona que realiza la acción
de visitar: «tengo que
atender a una visita», «las visitas se retiraron después
de las nueve».
Cuando
no deseamos que nos visiten, podemos decirlo con palabras. Pero también con
nuestra indiferencia u hostilidad manifestamos a los demás que
su presencia nos incomoda, y que deseamos que se marchen.
Por
el contrario, cuando estamos enfermos o sentimos
que nos es insoportable
la soledad, tendemos a
encadenar a las visitas. En ocasiones, no
tan explícitamente les exigimos que
se queden más de lo que pueden o quieren. Con
lo cual sólo conseguimos que se alejen de
nosotros, pues no les quedarán
ganas de volver.
Altamente destructivo para cualquier tipo de relación, es el chantaje. «Parece que no te
importo; hace mucho que no me visitas», «por estar visitando a
“personas importantes”,
no tienes tiempo para mí». Tal vez logremos
que los demás nos visiten, pero lo
harán movidos no por el amor sino por
la culpa. Y el tiempo que estén con nosotros,
nos lo dan a regañadientes
y como diciéndonos: «aquí estoy; ya
no me estés reclamando».
Cuando una persona nos visite,
tengamos hacia ella una actitud de hospitalidad, para acogerla
amablemente, y recibamos con sencillez su afecto. Disfrutemos el tiempo
que nos quiera dar y mostrémosle nuestra gratitud.
No
olvidemos que Jesucristo mismo es quien nos visita a través de los demás;
y, al acogerlos, acogemos a Jesucristo: «era
forastero, y ustedes me acogieron» (Mt 25,35). Y ojalá que las personas
que nos visiten, además
de tener la experiencia de nuestra hospitalidad, también se encuentren
con Dios a través
de nosotros.
¿Es nuestra casa un recinto donde acogemos a los
demás?, ¿o es una fortaleza
en la que nos encerramos
a disfrutar, sin intrusos,
de nuestra privacidad?
Hacer
visitas, sin otro motivo que el querer encontrarnos con los demás, es una práctica que en
nuestra sociedad, tan apresurada e individualista,
va cayendo en desuso. Pero, en ocasiones,
visitamos a familiares o amigos, para compartirles noticias y afecto.
Visitamos a personas
que han conquistado alguna meta u obtenido algún reconocimiento, para felicitarlos;
o a quienes han sufrido alguna desgracia, para consolarlas en su dolor.
Hacer una visita es un acto que surge
espontáneamente del corazón. Por eso, cuando se
obliga a los niños a hacer una visita que no desean,
están allí con una cara de «¡mamá, ya vámonos!»
Si anunciamos con anterioridad nuestra visita, permitimos que la persona se
disponga a acogernos.
Cuando simplemente nos presentamos en el domicilio, existe el riesgo de
que el otro no tenga tiempo
o no esté de humor para recibirnos en ese momento.
Evitemos caer en la tentación de
disfrazar de visita lo que, en realidad, es
otro asunto: «aprovechando que estoy aquí,
quiero pedirte que me prestes dinero«.
La visita es desinteresada. Vamos
para dar, y no para ver qué obtenemos.
Seamos
prudentes, y no alarguemos innecesariamente el tiempo de nuestra estancia. Más vale que nuestros anfitriones nos digan:
« gracias por haberme
visitado», a que estén
pensando: «¿a qué hora
te vas?»
Ojalá que cuando visitemos
a los demás, siempre dejemos en ellos
paz y consuelo, y les hagamos
pasar un rato agradable.
Jesucristo recibe, como hecha
a Él mismo, toda visita: «Ven,
bendito de mi Padre, porque estuve enfermo
o encarcelado, me cambié de casa, me
quedé sin empleo, enviudé, tuve
un hijo... y viniste a visitarme.
Ven, porque cuando pasaste por mi casa, cuando quisiste compartirme tu alegría...
viniste a visitarme.
(cf Mt 25,34-36).
Febrero
2004. Revista La Cruz. Fernando Torre Medina Mora, M. Sp. S.