LAS CARTAS PAULINAS

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San Pablo es conocido por muchos factores que lo han llevado a la fama más grande y a la celebridad más universal. Pablo era un personaje eminente, inteligente, de férrea voluntad, de ideas claras y profundas, de convicciones inamovibles. De judío versado en las Escrituras y perseguidor de la fe cristiana, se convirtió, en su encuentro con Jesús en el camino de Damasco, en el heraldo de Cristo, en su apóstol más dinámico y fecundo, fundador de iglesias y maestro de innumerables discípulos por su sabiduría cristiana y su experiencia espiritual.

Este gran maestro de la fe murió mártir en Roma y selló con su sangre todo cuanto había vivido y predicado. Desde entonces su persona no ha cesado de iluminar a la Iglesia como una de las figuras más insignes de la Cristiandad.

Pero hay otro aspecto peculiar de San Pablo que, además de revelar su mente privilegiada, lo hace siempre presente, actual, interesante, a veces también motivo de discusiones (como era el caso en su misma vida mortal).

Este aspecto singularísimo del Apóstol son sus cartas. Cartas o epístolas de una gran riqueza doctrinal y teológica, donde Pablo puso lo mejor de su inteligencia y de su corazón, de sus reflexiones y de sus vivencias, y nos narró maravillosas experiencias de su vida espiritual.

Además de su variedad y riqueza, el conjunto de las cartas paulinas son el grupo de libros más importante del Nuevo Testamento, después de los cuatro evangelios. Siempre se las ha considerado como documentos de fe, inscritos entre los libros inspirados de la Biblia, fuente de revelación como Palabra de Dios.

La influencia de estas cartas ha sido grande entre los Padres de la Iglesia, entre los teólogos, los santos y los simples fie­les que han sabido extraer de estos libros riquezas insospechadas de doctrina, de espiritualidad y de santidad.

También en el campo eclesial han sido especialmente las cartas de San Pablo las que han agudizado la división entre la Iglesia católica y el mundo protestante.

Lutero y los otros reformadores se basaron particularmente en las cartas a los Gálatas y a los Romanos, para separarse de la doctrina católica y ortodoxa de las Iglesias orientales.

Hoy en día, estudiadas más a fondo las cosas y con un nuevo clima ecuménico, más apaciguado y positivo, el abismo que parecía separar dos mundos se ha colmado en buena parte y se puede leer el mensaje del Apóstol con mayor provecho y claridad.

La antigüedad cristiana nos ha legado catorce cartas atribuidas a San Pablo. Una de ellas, la carta a los Hebreos, desde la época patrística, ya tuvo serias dudas sobre su autenticidad paulina y se había ya asignado diversos nombres como posibles autores de este documento, importante y solemne, pero que no se ajusta a las características del estilo y del lenguaje de San Pablo. Se hablaba como posibles autores de Bernabé, Silas, Apolo o el mismo San Lucas. Hoy se ve el caso con mayor claridad. Con la reforma litúrgica después del concilio Vaticano II, se suprimió definitivamente de la lectura del título la atribución al Apóstol y se lee simplemente: "Lectura de la Carta a los Hebreos", habiéndose quitado del apóstol San Pablo.

Quedan, pues, trece cartas que tradicionalmente se atribuyen a Pablo. En algunas de ellas la crítica moderna ha visto detalles de estilo y contenido que parecen indicar otros autores, ciertamente discípulos del Apóstol, aunque no habría sido él mismo en persona quien las escribió. Otros autores admiten, sin embargo, la autenticidad de todas estas cartas al Apóstol.

El orden de las cartas de San Pablo en el Nuevo Testamento es simplemente un orden de longitud, de número de capítulos. Se inicia con la carta a los Romanos (16 capítulos.) y se termina con la de Filemón (1 solo capítulo). La datación de la carta a los Filipenses es discutida: hay quien la coloca en el año 53, y quien la incluye dentro del grupo de la cautividad, y por tanto sería de los años 61-62.

La nomenclatura corriente entre el epistolario paulino es la siguiente, seguida de la cronología aproximativa en su redacción:

a)  Cartas iníciales:

1 Tesalonicenses

año 50

2 Tesalonicenses

año 51

Filipenses

año 52

b)  Grandes cartas:                  

1 Corintios

año 56

2 Corintios

año 57

Gálatas

año 57

Romanos

año 58

c)  Cartas de la cautividad:

Colosenses

año 60

Efesios

año 61

Filemón

año 62

d)  Cartas pastorales:

1 Timoteo

año 65

Tito

año 66

Timoteo

año 67

San Pablo no se propuso, en principio, escribir un cuerpo epistolar que contuviera su doctrina o sus enseñanzas. Él iba predicando incansablemente el misterio de Cristo y sólo en determinadas circunstancias se decidió a escribir algunas cartas para resolver algún problema, para responder a algunas preguntas que le hacían o para dilucidar cuestiones en el decurso de su apostolado, para aclarar puntos conflictivos o para alentar e instruir comunidades o discípulos en momentos determinados.

La importancia de estas cartas se captó inmediatamente entre la comunidad cristiana, tanto que eran consideradas superiores a la misma palabra del Apóstol (2 Co 10, 10) y no siempre fáciles en su lectura: San Pedro confesará que en las cartas de Pablo hay "algunos puntos de difícil inteligencia" (2 Pe 3, 15-16).

Como era el uso en aquel tiempo, Pablo se servía normalmente de un amanuense que escribía el texto de la carta al dictado de Pablo. Conocemos incluso el nombre de uno de éstos. Tercio, que escribió la carta a los Romanos (Rom 221. En otras ocasiones Pablo escribía hacia el final algunas frases o palabras de su propia mano (Gál 6, 11) y naturalmente, terminada la carta, extendía su firma autógrafa. Pablo era consciente del valor de sus escritos y por esto quería que fuesen leídos, no solamente por sus destinatarios sino también por otras Iglesias (1 Tes 5, 27; Col 4, 16).

Algunas cartas de Pablo parece se hayan perdido. Tenemos el testimonio del mismo Apóstol que habla de ellas: por ejemplo una carta, llamada "de las lágrimas" escrita a los Corintios. "Les escribí en una gran aflicción y angustia de corazón, con muchas lágrimas" (2 Cor 2, 4). Otra carta, enviada a los cristianos de Laodicea, en Asia Menor: "Una vez que hayan leído esta carta entre ustedes, procuren que sea también leída en la Iglesia de Laodicea. Y por su parte, lean también ustedes la que les venga de Laodicea" (Col 4, 16-17). Parece que estas cartas se hayan luego agrupado en otros escritos de Pablo, por ejemplo "la carta de las lágrimas" en la segunda carta a los Corintios, o que la misma carta a los Efesios fuese la carta a los Laodicenses, como una carta pastoral escrita a diversas comunidades.

Tanto los evangelios como las cartas de San Pablo son los documentos más importantes del Nuevo Testamento. Gráficamente podríamos decir que los evangelios narran e interpretan la vida de Jesús desde su anunciación y nacimiento hasta su muerte y resurrección. La muerte y resurrección son la meta y el punto culminante histórico y teológico del misterio de Cristo.

Estos dos acontecimientos, muerte y resurrección de Jesús, serán el inicio de la doctrina de San Pablo. Pablo de Tarso no conoció el Jesús histórico y lo cita poco en sus cartas. Pero en cambio habla en profundidad de lo que han supuesto la muerte y resurrección de Cristo para la salvación de la humanidad.

Si los evangelios son los libros que testimonian sobre la Encarnación de Cristo, San Pablo será el gran teólogo de la Redención, llevada a cabo especialmente por la muerte y resurrección de Cristo.

Pablo ve todo el gran misterio de la salvación del hombre a la luz de la muerte y resurrección de Cristo, único redentor del mundo. A través de esta luz y con los elementos que recibió de la tradición de la comunidad primitiva, San Pablo fue elaborando su mundo teológico y espiritual.

Ha sido Pablo de Tarso quien nos ha revelado páginas subli­mes sobre Cristo, sobre el Padre celestial de quien proviene toda iniciativa de bien y de redención y sobre el Espíritu Santo. A Pablo debemos la doctrina del pecado original y de la salvación de toda la humanidad por la redención de Cristo, y a Pablo debemos igualmente la profunda teología de la Iglesia como Cuerpo de Cristo y Esposa de Cristo, y la participación de todos los creyentes en la misma realidad divina de Cristo.

Pablo nos hablará del bautismo, de la Eucaristía, de la reconciliación, del matrimonio, de la vida cristiana guiada por el Espíritu, de la caridad fraterna, de la fe como causa de salvación, de la alegría, de la paz, de la riqueza espiritual del cristiano, templo del Espíritu Santo, de la esperanza, de la gloria del paraíso, de los carismas, habiéndonos dejado páginas de un contenido teológico insondable y de una gran vibración espiritual y humana que han formado generaciones de creyentes orgullosos de su fe, defendida muchas veces hasta el martirio.

Complemento maravilloso de los evangelios, las cartas del apóstol Pablo son uno de los grandes tesoros de la Iglesia, tesoros que especialmente en este año paulino estamos invitados a descubrir y a conocer para asimilarlos y hacerlos vida de nuestra vida.

San Juan Crisóstomo decía que él no debía su ciencia a su propio talento, sino más bien al gran amor que profesaba a San Pablo y a la constancia con la cual leía semanalmente todas las cartas del Apóstol. Es un hecho que quien se pone en contacto con Pablo lo estima y, sobre todo, le profesa un gran afecto y se hace su discípulo.

Para terminar, séanos permitido tomar unos versículos de una de las cartas del Apóstol que nos hace ver lo que pensaba sobre sus propias cartas:

«Ustedes son nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres. Evidentemente ustedes son una carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra sino en las tablas de carne de sus corazones»                                             (2 Co 3, 2-3).

Si San Pablo escribía sus cartas, era porque antes, sus mismos fieles eran para él una carta viviente de Cristo que él iba escribiendo a la luz del Espíritu Santo. Ojala que esta realidad teológica pueda ser cada día más comprendida y vivida por nosotros que, según el Apóstol, somos las verdaderas cartas de Cristo y de Pablo, escritas por él.

Liturgia y espiritualidad XXXIX, 9

(España)