La trampa

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Las páginas del Antiguo Testamento son, desde el punto de vista literario, muy diferentes entre sí. Algunas más prosaicas y sencillas; otras, en cambio, son verdaderas obras de arte de la literatura. Entre éstas, unas de las páginas más bellas son las de la historia de David.

El relato de David es rico en humanidad, en humor e incluso en sabiduría insuperable. La descripción del pecado de David se sitúa entre los relatos más sugestivos y más humanos.

La encontramos en el segundo libro de Samuel (capítulos 11 y 12), y puede ayudarnos a entender quiénes somos nosotros. Los hechos, en efecto, son narrados no sólo para darnos a conocer quién era David, sino para enseñarnos quién es el hombre, quién soy yo, y luego para enseñarnos quién es Dios.

Quisiera revivir junto con ustedes esta página bíblica, esforzándome por vivirla en primera persona, como en una representación dramática. Me imagino que soy David y, en este momento de mi vida, me pongo en su situación, y me pregunto: " ¿Quién soy yo, David?", e inmediatamente puedo responder:

"Soy una persona a quien Dios ha llamado, a la que Dios ha deseado los mayores bienes, porque como pastor de cabras no me conocía nadie. En un momento dado, Dios me ha tomado, me ha llenado de fuerza y me ha hecho realizar un extraordinario acto de fuerza contra Goliat. Yo no me he arredrado y entonces Dios me ha tomado con mayor fuerza todavía y ha hecho de mí uno de los reyes más grandes de la historia de mi pueblo. Por todo ello, yo debo darle gracias, porque pese a mi pobreza, me ha elegido y me ha multiplicado las fuerzas. Alabo y doy gracias a Dios, porque es mi fuerza, porque me ha dado un corazón justo. Nunca me he aprovechado de mi fuerza contra mis enemigos, ni siquiera contra los que me traicionaban. Además, durante miles de años todos los pueblos orarán con las plegarias que el Señor ha puesto en mis labios".

David es un hombre que reconoce haber recibido de Dios grandes dones, haber sido elegido y haber correspondido, reconoce ser un hombre capaz de auténtica oración. Como sabemos, muchos salmos fueron compuestos por él o al menos se inspiraron en él.

El Señor ha hecho de David un hombre bueno, justo, prudente, fuerte en la batalla y modesto en la victoria. No es un prevaricador. Y, sin embargo, surge la tentación.

El engaño al que sucumbe David es como un símbolo de la trampa que acecha a cada uno de nosotros si no estamos vigilantes. ¿Cómo comienza David a deslizarse en la trampa?

"Al año siguiente, en la época en que los reyes suelen ir a la guerra, David envió a Joab, a sus servidores y a todo Israel, los cuales asolaron el país de los amonitas... David se quedó en Jerusalén"

Sin duda pensaba: "¡Bastante he hecho ya!" Aquí se da una primera trampa: David es consciente de lo mucho que ha hecho ya en la vida, comienza a querer dormirse en los laureles y se deja arrastrar por la vanidad.

Estando en casa, "una tarde, paseando después de la siesta por la terraza del palacio, vio a una mujer bañándose. Era muy bella"

Él se creía, ya a esas alturas, un hombre maduro, y pensaba por consiguiente, que era capaz de ver cualquier cosa en la seguridad, de poder dominar sus sentimientos. Cree que no puede, en manera alguna, dejarse turbar por una pequeña curiosidad de los ojos. Con esa seguridad de sí mismo, al decirse: "Esto no es nada para mí", comienza el desorden de los sentimientos que penetra en él, lo corroe y le lleva a pasar al segundo escalón del descenso.

"David mandó que se informasen acerca de ella, y le dijeron: Es Betsabé, hija de Alián, mujer de Urías, el hitita".

Imagina David que no hay nada malo en informarse de quién es, que no cambia nada, y luego piensa que Urías, el marido de la mujer, está lejos.

"Entonces David envió unos a que se la trajeran, y cuando llegó se acostó con ella; ella acababa de purificarse de su regla. Después se volvió a su casa".

Estamos en la segunda fase. David sabe que no debe hacer lo que desea pero piensa que nadie se va a enterar y que todo quedará ahí. Sin duda ha sido un momento de debilidad, pero está convencido que nadie se ocupará del tema. Pero David, sin darse cuenta, desciende el tercer escalón.

"La mujer concibió y mandó decir a David: Estoy embarazada".

David se encuentra de pronto frente a una situación no prevista. El que era tan astuto que sabía mantener en sus manos las riendas de todo, empieza a temer y no sabe qué hacer. Pero enseguida reflexiona: "Yo soy muy astuto y, a pesar de todo, no me la van a dar; ¡tampoco esta vez me la van a jugar!"

"Entonces David envió este mensaje a Joab: Mándame a Urías, el hitita. Joab se lo envió. Cuando llegó Urías, David le pidió noticias sobre Joab, el ejército y la marcha de la guerra. Después le dijo: Baja a tu casa y lávate los pies".

David aparece muy tranquilo, pues era un gran diplomático: se informa sobre la guerra, y luego invita a Urías a tomarse un descanso, marchando a casa a estar con su mujer.

"Pero Urías durmió a la puerta del palacio con los guardias y no bajó a su casa"

David pensaba dominar con su astucia la situación y organiza todo con vistas a ello; pero ha caído en la trampa, en cuanto a sus sentimientos; se da cuenta de que se ha enamorado de la mujer y empieza a sentir afecto por el niño que va a nacer de aquella madre.

Está en la trampa de sus sentimientos porque aprecia a Urías, que es un fiel soldado, y siente vergüenza de haberle hecho daño, de haberle traicionado.

Está en la trampa porque debió haber confesado su pecado, pero no se atrevió a hacerlo. Tal ver le parecía que un rey no puede reconocer haber organizado semejante tinglado: ¡estaría en entredicho su propia dignidad!

Este hombre, que siempre había sido bueno, manso, prudente, sabio, no sabe qué solución adoptar. Se corroe día y noche: "¿Qué voy a hacer? ¿Qué tengo que sacrificar? ¿Mi honor? ¡De ningún modo! ¿A esta mujer? ¡Tampoco, de ninguna manera lo acepto! ¿Al niño? ¡Menos aún! ¿Al amigo? ¡No! Por otra parte, sabe que todo se va a volver contra él.

David ha comenzado a ceder en lo poco (un poco de curiosidad), se ha ofuscado por su habilidad de salir siempre de apuros, y entonces se salta todas las barreras.

El texto bíblico cuenta que David llama a Urías por segunda vez, lo emborracha, trata de aturdirlo intentando que vaya con su mujer, pero Urías, permanece imperturbable y decide no entrar en su casa.

Podemos detenernos a reflexionar un momento: ¿qué le ha ocurrido a David? Ha experimentado la propia fragilidad. Si alguien le hubiese dicho una semana antes, un mes antes, que llegaría a ser un hombre injusto y adúltero, que iba a ponerse en peligro de estar contra un fiel servidor suyo, habría ciertamente contestado: "¡Jamás me comportaría así!"

Pero, ahora David está desesperado, roído por la rabia, piensa que encuentra la forma de salir del callejón en que se ha metido

A la mañana siguiente, escribe una carta a Joab y se la envía por medio de Urías; la orden consiste en poner a Urías en primera línea para que le hieran y muera.

El relato se hace dramático y despiadado: Urías muere delante de las murallas de la ciudad. Cuando llega la noticia a David, finge llenarse de cólera y llanto por la muerte de su amigo. Se ha metido en un estado de simulación tan vergonzoso que ni siquiera se percata de ello.

Si dejáramos hablar a David nos diría: "Pensaba que era un hombre honesto, justo, sincero, auténtico, pero, en un determinado momento, me he sentido tan lleno de falsedad que me avergüenzo de mí mismo. He fingido sentimientos que no experimentaba, he simulado llorar cuando, en realidad, estaba contento de que Urías, mi amigo, hubiese muerto. He fingido encolerizarme por el desastre del ejército y, sin embargo, era lo que deseaba".

David es la imagen del hombre que, pese a tener las mejores intenciones, las más nobles premisas, la más refinada educación, es y permanece frágil y débil.

Si hubiera dicho inmediatamente: "Me he equivocado, he sido imprudente, tengo que echar marcha atrás", hubiera logrado desembarazarse de esa espiral de muerte. Pero una y otra vez creía poder arreglárselas, poder maniobrar y poner las cosas en su sitio con su consabida habilidad, y así llegó al colmo de la degradación.

Entender qué es el hombre, quién soy yo, significa comprender la invocación: "Señor, si no me echas una mano, yo soy un pobre hombre, frágil, débil, pecador".

Cuando comienzo a perder de vista y a no estar convencido de esta verdad, a presumir de mí mismo, a no reconocer las culpas ligeras, a jugar con mis sentimientos, corro el riesgo de verme desbordado y de caer en una y otra trampa, encontrándome al final donde nunca hubiera pensado y querido.

David caído en la trampa es la imagen de tantos hombres de hoy y de cada uno de nosotros, que cada vez que olvidamos esta verdad de nosotros mismos nos metemos en un estado de inconsciencia o de euforia, olvidándonos de dirigirnos a Jesús como a nuestro Salvador.

El profeta Natán va al encuentro de David, que lo recibe: le cuenta el caso de dos hombres, uno rico y otro pobre. El rico tenía muchos ganados, el pobre sólo una ovejita.

El rico, teniendo necesidad de algo para su casa, manda robar la oveja del pobre privándole así de todo lo que tiene. En este punto de la narración del profeta se desencadena la ira de David y dice a Natán:

"Vive el Señor que el que ha hecho tal cosa merece la muerte y pagará cuatro veces el valor de la corderilla por haber hecho esto y haber obrado sin piedad".

Vean que David, aunque exagere (no hay proporción entre el robo cometido por el rico y la muerte que David propone), muestra tener un profundo sentimiento de la justicia. Aunque haya protagonizado una experiencia fuertemente negativa, conserva todavía el sentido de la verdad.

Aún no es capaz de aplicarlo a su situación: critica a los demás, los juzga, los acusa, pero la trampa en la que ha caído le impide ver su propio pecado.

En este punto, el profeta exclama:

"¡Ese hombre eres tú! Así dice el Señor, Dios de Israel: Yo te ungí como rey de Israel y te libré del poder de Saúl; te di la casa de tu señor y puse en tus brazos a sus mujeres... ¿Por qué, pues, has despreciado al Señor haciendo lo que le desagrada?".

Ahora David encuentra la luz y confiesa finalmente:

"He pecado contra el Señor".

Estas palabras lo hubieran salvado desde el principio y sólo ahora logra pronunciarlas, después de haberse destrozado, haber arruinado su fama y su conciencia.

Los invito a reflexionar sobre este relato y sus enseñanzas.

Meditación propuesta por el Cardenal Carlo Maria Martini