LA IGLESIA Y LA VERDAD

El misterio salvífico se despliega porque «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4). Desde el punto de vista cristiano la verdad no debe plantearse desde una perspectiva formal, sino dentro de la economía salvífica, como descubrimiento de la intimidad del Dios que se revela para salvar. Esa es la verdad de la que la Iglesia vive, de la que da testimonio y a la que debe servir.

El Padre envía al Hijo como testigo veraz (Ap 1,5) de su designio Salvador; el Hijo envía a sus discípulos y apóstoles para que sean testigos de la verdad experimentada bajo la fuerza y la protección del Espíritu (Jn 20,21; Hch 1,8) en favor de todos los que creerán (Jn 17,20) y de todos los destinatarios de la evangelización (Hch 1,8; Mt 28,20); de ese testimonio de la verdad surgirá la Iglesia, que sólo podrá mantener su identidad y realizar su misión como «columna y fundamento de la verdad» (1 Tim 3,15).

La verdad en último término corresponde sólo a Dios. La Iglesia sólo puede apelar a ella en cuanto que le ha sido otorgada y en cuanto le es garantizada por la presencia del Hijo y del Espíritu: el Hijo, que es la verdad (Jn 1,14; 14,6), permanecerá, según su promesa, en la misma Iglesia hasta el final de los tiempos (Mt 28,20); el Espíritu, que es la verdad (cf. Jn 14,17), permanecerá para siempre en medio de los discípulos para conducirlos a la profundización del conocimiento y de la revelación recibidos (Jn 14,16.26; 16,13).

La Iglesia por ello no puede carecer de la convicción de ser el lugar de la verdad revelada: se propone al mundo como testigo del carácter absoluto de la llamada a la fe, dirigida por Dios al hombre, y como garante de la exigencia de que la fe sea conservada y transmitida en su integridad originaria. Por ello no puede carecer de una referencia permanente, constitutiva y vinculante a los acontecimientos que la fundamentan. En la tradición recibida de los apóstoles hay elementos que no pueden ser falsificados (cf. 2 Cor 11,4; Gal 1,6; 2,5). En la continuidad en esa tradición esta en juego por tanto la verdad de que vive la Iglesia (cf. DV 7-8).

Esa vinculación de la Iglesia con la verdad es propiedad de la Iglesia concreta, no de una Iglesia ideal de espíritus puros, sino del pueblo de Dios que vive y camina en la tierra. Es de esta Iglesia concreta, de hombres débiles y falibles, de la que se excluye la posibilidad de que quede privada de la gracia o de que caiga en un tipo de error que la sitúe en contradicción con el evangelio.

Esa Iglesia empírica, debe expresar en el lenguaje y en los conceptos humanos este testimonio del que vive y a cuya transmisión sirve; por ello debe caminar en la historia discerniendo entre la verdad y el error a la luz de la norma apostólica que ha recibido.

Desde un principio la Iglesia fue elaborando confesiones y símbolos de fe que servían como signo de pertenencia, eran reglas de fe que sintetizaban los contenidos de fe con cierta extensión.

A ellos se atribuía fuerza de verdad en cuanto expresaban la verdad vivida en la Iglesia. Los autores antiguos proclamaban con normalidad a la Iglesia como «lugar de la verdad», como «receptáculo de la verdad», y veían la necesidad de apelar al «canon eclesiástico», a la «regla de la tradición», a la «regula fidei, veritatis».

La Iglesia desde un principio tuvo que ser una «Iglesia que enseña» ya que tenía que transmitir la verdad del evangelio formulándola al modo humano y defendiéndola de los errores.

Si en el seno de la Iglesia se dan debates y discusiones sobre la interpretación o el valor de la doctrina de Jesús, debe poseer un criterio cognoscitivo que sea comprensible por los medios de la razón humana. En su avance a través de los siglos es además consciente de que en determinados momentos debe fijar su identidad, de modo que en tales formulaciones, se vea reflejada hasta tal punto que nunca puedan olvidarlas o negarlas, porque ahí se encuentra ella misma como comunidad salvada. En tales formulaciones se da un componente convencional inevitable, pero al mismo tiempo un contenido de fe irrenunciable, el de la verdad salvífica, el del sentido y alcance de los acontecimientos salvadores.

Estos momentos son poco numerosos, y por ello la Iglesia misma ha establecido grados de obligatoriedad y de vinculación. Sabe igualmente que tales formulaciones pueden ser interpretadas unilateralmente, que son susceptibles de ulteriores profundizaciones y que pueden dejar en la penumbra otros aspectos centrales de la fe. Por ello cada afirmación debe ser considerada dentro del conjunto de la fe y del misterio cristiano, a la luz de la «jerarquía de verdades» y de la «jerarquía de los dogmas de la Iglesia».

La verdad plena de la fe o del misterio divino, no se manifestará sino hasta el final de los tiempos.

Desde ese punto de vista la Iglesia comprende sus formulaciones de fe como una anticipación, como una expresión de la esperanza, especialmente como un acto de doxología y de alabanza, como un gesto de oración dirigido al Señor que viene, como una invocación de los peregrinos que renuncian a la pretensión de apropiarse de la contemporaneidad de Dios.

Esta actitud puede contrarrestar las acusaciones dirigidas a la Iglesia por sus pretensiones. A ello ha de contribuir sobre todo la permanente recuperación de la dimensión salvífica de la verdad que proclama la Iglesia: el don salvífico es más amplio que toda formulación, y por ello sigue ofreciéndose y abrazando incluso a quienes lo rechazan o lo simplifican; la verdad debe vivir de la fuerza de su propia inteligibilidad, de su ofrecimiento permanente, de su apertura como don que a nadie vuelve la espalda.

Resumen de algunas ideas presentadas en el libro “Eclesiología” de Eloy Bueno de la Fuente, dentro de la Serie de Manuales de Teología de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1998.