La Iglesia misionera, hoy
Una
de las cosas importantes que no deben olvidar los cristianos acerca de la
Iglesia es que la Iglesia no tiene una importancia última y definitiva. Lo que
tiene importancia última y definitiva es el reinado de Dios, y precisamente
desde el compromiso de la Iglesia de predicar, servir y testimoniar el Reino
recibe y mantiene la Iglesia su identidad.
Predicar, servir y testimoniar el reinado de Dios es predicar, servir y testimoniar el evangelio sobre y de Jesús, y es también participar en la vida misma de Dios Uno y Trino. La Iglesia sólo puede ser Iglesia en la medida que está en trance hacia el Reino, si continúa encarnando el ministerio de Jesús como rostro del Espíritu, si comparte la sobreabundante vida trinitaria que Dios comparte en la historia. La Iglesia es misionera por naturaleza.
La Iglesia es la presencia sacramental del reinado de Dios en el mundo, y así está íntima e intrínsecamente vinculada con la humanidad, la historia y el cosmos. Su presencia, cuando participa auténticamente en la misión de Dios, tiene lugar siempre dentro de un contexto concreto siempre tratando de comunicar el evangelio dentro de una cultura específica, en una lengua dada, con las ventajas y limitaciones de cada época.
Vemos
en los Hechos de los Apóstoles cómo el Espíritu de Dios lleva a la primitiva
comunidad, más allá de sus prejuicios y presupuestos, a abrazar prácticas
religiosas que le eran totalmente inconcebibles, inclusive para su Señor durante
su vida terrena. Sin embargo, la fidelidad a la misión de Dios la empujó una y
otra vez hacia nuevos contextos, y en la medida que la Iglesia estaba atenta a
esos nuevos contextos, era fiel a su Señor y a su Espíritu.
Sea en la India de la aurora del cristianismo, en el norte romano de África, en Asia Menor helenista, en Persia, en China de la dinastía Tang, en América de los conquistadores hispanos, en África colonial del siglo XIX o en el XX de Europa secularizada y posmoderna, la misión de la Iglesia ha reflejado los valores, los descubrimientos, los prejuicios y los anhelos de cada época y de cada situación en la que se ha encontrado. El Espíritu ha guiado a la Iglesia a la misión a través del testimonio del valor de sus mártires, del ejemplo de sus monjes y monjas, del celo de sus mendicantes, de la vida comunitaria de sus beguinas, de la lealtad y creatividad de sus jesuitas, de la audacia de sus reformadores, del fervor de sus pentecostales.
La corrupción del poder papal, las injerencias de los reyes, la ceguera de la codicia colonial y la cerrazón del eurocentrismo han estorbado la misión de Dios y la labor de la Iglesia, pero el evangelio, no obstante, ha sido predicado. La Iglesia es demasiado humana e incluso pecadora, pero es también un misterio «imbuido con la presencia oculta de Dios», y continúa predicando, sirviendo y testimoniando, con el poder del Espíritu, a Jesús y a su evangelio del reinado de Dios. La historia del movimiento cristiano no es nada, al margen de los esfuerzos de los cristianos por ser fieles al Espíritu de Dios, Espíritu que se ha ido manifestando a través de nuevas y sorprendentes maneras, dentro de nuevos y sorprendentes contextos.
En
esta historia misionera de la Iglesia, en el centro del anuncio, del servicio y
del testimonio al reinado de Dios, ha permanecido Jesucristo. Esa fidelidad a
Cristo ha constituido a la Iglesia, que vive en esperanza hasta que su Señor
vuelva.
A veces esto ha sido llevado a cabo sin el debido respeto a las identidades culturales, pero en una cantidad sorprendente de casos ese respeto y aprecio se dieron, y el gran milagro que hoy constatamos es que el evangelio ha echado raíces en casi todos los lugares del mundo. La misión de la Iglesia se ha plasmado en las circunstancias concretas de los contextos específicos, pero también en fidelidad a las constantes del evangelio y a las ricas y diversas tradiciones teológicas, litúrgicas y de vida cristiana.
Hoy día reconocemos que la etapa misionera iniciada en el siglo XV con la era de los descubrimientos, ha llegado a su fin. Nos enfrentamos al compromiso de asumir las constantes del evangelio en un nuevo contexto. Con el colapso del colonialismo, el renacimiento de las grandes religiones, la recesión del cristianismo en Europa y el viraje del centro de gravedad dentro del cristianismo, las migraciones del Tercer al Primer Mundo, el advenimiento del transporte rápido, la comunicación vía satélite, y el surgimiento de la globalización, ha comenzado una nueva era de la misión.
La centralidad de Jesucristo no es menor, y no ha cambiado la naturaleza misionera de la Iglesia; el regalo de la gracia de Dios se ofrece también hoy a toda la creación. Pero el modo cómo esa misión se lleve a cabo debe cambiar.
Los cristianos de hoy día deben reconocer a nivel profundo que, antes que nada y sobre todo, comparten la misión de Dios. Deben reconocer su entrega al reinado de Dios y a la justicia de Dios como constitutivos de su identidad como Iglesia. Deben confesar el carácter absoluto y único de Jesucristo, al mismo tiempo que asumen las implicaciones de la presencia evidente del Espíritu en las tradiciones y prácticas de otras religiones.
En un mundo, aldea global, en el tiempo y el espacio, que afirma los derechos humanos v reconoce la verdad de las religiones, los cristianos liberales pueden caer en la tentación de desvirtuar el filo cortante de la tradición profética del cristianismo, y conformarse con un testimonio que se acomoda a un diálogo respetuoso, pero que en realidad se limita a propugnar propuestas liberales.
En un mundo marcado por la creciente violencia religiosa, ante el peligro ecológico, la Iglesia más conservadora del Tercer mundo, ya la mayoría de los cristianos, puede caer en la tentación de decantarse por un estilo vigoroso, profético de testimonio cristiano y comunicación, que olvide algunos de los valores de tolerancia y diálogo que nos ha proporcionado la modernidad occidental como herencia preciosa. Caer en una u otra de esas tentaciones significa ser infieles al complejo contexto que nos toca vivir.
La misión tiene que ser, por supuesto, dialogal, porque finalmente no es nada sino la participación en la naturaleza dialogal de Dios Uno y Trino, misionero. Pero también debe ser profética, porque, en el fondo, no puede darse el diálogo verdadero si no se expone la verdad y si no se articula con claridad.
Para concluir, solamente predicando, sirviendo y testimoniando el reinado de Dios a través de un diálogo profético, audaz y humilde a un tiempo, podrá la Iglesia misionera ser constante en el contexto de hoy.
Basado en “Teología para la Misión hoy” de Stephen B. Bevans y Roger P. Schroeder, de editorial Verbo Divino, España 2009