La gloria del Señor en el juicio

La luz, la alegría y la paz, que en el tiempo pascual inundan a la comunidad de los discípulos de Cristo y se difunden en la creación entera, impregnan un clima intenso de reflexión dentro de la octava de Pascua.

En esos días celebramos el triunfo de Cristo sobre el mal y la muerte. Con su muerte y resurrección se instaura definitivamente el reino de justicia y amor querido por Dios.

Sabemos la importancia que tenía en la predicación de Jesús el anuncio del reino de Dios. No sólo es el reconocimiento de la dependencia del ser creado con respecto al Creador; sino también la convicción de que dentro de la historia se insertan un proyecto, un designio, una trama de armonías y de bienes queridos por Dios.

Todo ello se realizó plenamente en la Pascua de la muerte y la resurrección de Jesús. Su entrada en escena hace que se estremezca toda la creación. La tierra exulta aún en los lugares más remotos. El mundo entero es iluminado por fulgores de luz. 

En los cielos resuenan himnos angélicos que exaltan la justicia, es decir, la obra de salvación realizada por el Señor en favor de los justos, y la humanidad entera contempla la manifestación de la gloria divina, o sea, de la realidad misteriosa de Dios, mientras los «enemigos» es decir, los malvados y los injustos, ceden ante la fuerza irresistible del juicio del Señor.

Después de esta teofanía del Señor del universo, se presentan dos tipos de reacciones ante el Dios Glorioso y su entrada en la historia: 

Los justos asisten jubilosos al juicio divino que elimina la mentira y la falsa religiosidad, fuentes de miseria moral y de esclavitud. Entonan una profesión de fe luminosa:

«Tú eres, Señor, altísimo sobre toda la tierra».

El profeta Malaquías declaraba:

«Para vosotros, los que teméis mi nombre, brillará el sol de justicia» (Mi 3, 20).

A la luz se asocia la felicidad:

«Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre» (Sal 96, 11-12).

El reino de Dios es fuente de paz y de serenidad, y destruye el imperio de las tinieblas. Una comunidad judía contemporánea de Jesús cantaba:

«La impiedad retrocede ante la justicia, como las tinieblas retroceden ante la luz; la impiedad se disipará para siempre, y la justicia, como el sol, se manifestará principio de orden del mundo»  (Libro de los misterios de Qumrân: 1 Q 27, I, 5-7).

Es importante bosquejar el rostro del fiel al Señor Glorioso, el cual está descrito con siete rasgos, signo de perfección y plenitud. 

Los que esperan la venida del gran Rey divino:

Pidamos a la Santísima  Virgen, que Nuestro Señor permita que estos rasgos espirituales brillen también en nosotros los Congregantes, para contarnos entre los verdaderos fieles a Dios..

Basado en una reflexión de Su Santidad Juan Pablo II, en la octava de Pascua de 2002