LA CUARESMA, CAMINO DE AUTÉNTICA CONVERSIÓN
Volvemos a
emprender, como todos los años, el camino cuaresmal, animados por un espíritu
más intenso de oración y de reflexión, de penitencia y de ayuno. Entramos en un
tiempo litúrgico "fuerte" que, mientras nos prepara para las celebraciones de la
Pascua —corazón y centro del año litúrgico y de toda nuestra vida—, nos invita,
más aún, nos estimula a dar un impulso más decidido a nuestra vida cristiana.
Dado que los compromisos, los afanes y las preocupaciones nos hacen caer en la rutina y nos exponen al peligro de olvidar cuán extraordinaria es la aventura en la que nos ha implicado Jesús, necesitamos recomenzar cada día nuestro exigente itinerario de vida evangélica, recogiéndonos interiormente con momentos de pausa que regeneran el espíritu. Con el antiguo rito de la imposición de la ceniza, la Iglesia nos introduce en la Cuaresma como en un gran retiro espiritual que dura cuarenta días.
Entremos, por tanto, en el clima cuaresmal, que nos ayuda a redescubrir el don de la fe recibida con el Bautismo y nos lleva a acercarnos al sacramento de la Reconciliación, poniendo nuestro esfuerzo de conversión bajo el signo de la misericordia divina.
Al imponer sobre la cabeza la ceniza, el celebrante dice: "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás" (cf. Gn 3, 19), o repite la invitación de Jesús: "Convertíos y creed en el Evangelio" (cf. Mc 1, 15). Ambas fórmulas recuerdan la verdad de la existencia humana: somos criaturas limitadas, pecadores que siempre necesitamos penitencia y conversión. ¡Qué importante es escuchar y acoger este llamamiento en nuestro tiempo! El hombre contemporáneo, cuando proclama su total autonomía de Dios, se hace esclavo de sí mismo, y con frecuencia se encuentra en una soledad sin consuelo.
Por tanto, la
invitación a la conversión es un impulso a volver a los brazos de Dios, Padre
tierno y misericordioso, a fiarse de él, a abandonarse a él como hijos
adoptivos, regenerados por su amor. La Iglesia, con sabia pedagogía, repite que
la conversión es ante todo una gracia, un don que abre el corazón a la infinita
bondad de Dios. Él mismo previene con su gracia nuestro deseo de conversión y
acompaña nuestros esfuerzos hacia la plena adhesión a su voluntad salvífica.
Así, convertirse quiere decir dejarse conquistar por Jesús (cf. Flp 3,
12) y "volver" con él al Padre.
La conversión implica, por tanto, aprender humildemente en la escuela de Jesús y caminar siguiendo dócilmente sus huellas. Son iluminadoras las palabras con que él mismo indica las condiciones para ser de verdad sus discípulos. Después de afirmar: "Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará", añade: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?" (Mc 8, 35-36).
La conquista del éxito, la obsesión por el prestigio y la búsqueda de las comodidades, cuando absorben totalmente la vida hasta excluir a Dios del propio horizonte, ¿llevan verdaderamente a la felicidad? ¿Puede haber felicidad auténtica prescindiendo de Dios? La experiencia demuestra que no se es feliz por el hecho de satisfacer las expectativas y las exigencias materiales. En realidad, la única alegría que llena el corazón humano es la que procede de Dios. Ni las preocupaciones diarias, ni las dificultades de la vida logran apagar la alegría que nace de la amistad con Dios.
La invitación de Jesús a cargar con la propia cruz y seguirle, en un primer momento puede parecer dura y contraria de lo que queremos; nos puede parecer que va contra nuestro deseo de realización personal. Pero si lo miramos bien, nos damos cuenta de que no es así: el testimonio de los santos demuestra que en la cruz de Cristo, en el amor que se entrega, renunciando a la posesión de sí mismo, se encuentra la profunda serenidad que es manantial de entrega generosa a los hermanos, en especial, a los pobres y necesitados. Y esto también nos da alegría a nosotros mismos.
El camino
cuaresmal de conversión, que emprendemos con toda la Iglesia, se convierte, por
tanto, en la ocasión propicia, "el momento favorable" (cf. 2 Co 6, 2)
para renovar nuestro abandono filial en las manos de Dios y para poner en
práctica lo que Jesús sigue repitiéndonos: "Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mc 8, 34), y así emprenda el
camino del amor y de la auténtica felicidad.
Sabemos que, por desgracia, la sociedad moderna está profundamente invadida por la sugestión de las riquezas materiales. Como discípulos de Jesucristo, no debemos idolatrar los bienes terrenales, sino utilizarlos como medios para vivir y para ayudar a los necesitados. Al indicarnos la práctica de la limosna, la Iglesia nos educa a salir al paso de las necesidades del prójimo, a imitación de Jesús, que, como afirma san Pablo, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9).
Pidamos a la Virgen, Madre de Dios y de la Iglesia, que nos acompañe en el camino cuaresmal, para que sea un camino de auténtica conversión. Dejémonos guiar por ella y llegaremos interiormente renovados a la celebración del gran misterio de la Pascua de Cristo, revelación suprema del amor misericordioso de Dios. ¡Buena Cuaresma a todos!
Inspirada en el mensaje de S. S. Benedicto XVI del Miércoles de Ceniza de 2008.