MARÍA, INTERCESORA DE LA GRACIA
Llamamos gracia a la vida toda que Dios nos ha dado, precisamente en cuanto que es una participación gratuita de su propia vida divina. Es la vida por la cual somos verdaderamente hijos de Dios y estamos llamados a serlo cada vez más, tanto corporativa como personalmente.
Esta vida la recibimos no de forma aislada, individualista;
sino en estrecha comunicación de unos con otros. Y nuestra fe, por la que
reconocemos que Jesús es el Hijo de Dios, nos hace reconocer también en Él, a la
fuente de toda esta vida. Porque él es el Hijo, nosotros podemos también llegar
a ser hijos de Dios en unión con Él.
En consecuencia, Jesús es por antonomasia el mediador de la gracia. Él es la Cabeza, la parte fundamental del cuerpo que formamos todos: la Iglesia. Y entre todas las partes del cuerpo se da una comunión, una solidaridad; de modo que la vida de cada uno, repercute en la de todos los demás.
Esto se hace cada vez más evidente en nuestros tiempos, en los que los medios de comunicación nos transmiten, con toda rapidez, las noticias de un cabo al otro del mundo. Noticias que nos afectan a todos en mayor o menor medida.
Otro de los aspectos de los cuales vamos cayendo más y más en la cuenta, es que la solidaridad se realiza no sólo de una manera activa; sino que también nuestras omisiones tienen un influjo sobre los demás.
Así, por ejemplo, descubrimos que nuestros pecados de omisión al no luchar en cuanto está de nuestra parte contra la injusticia que nos rodea, contribuyen al mantenimiento eficaz de dichas opresiones.
Ahora bien, dentro de esta solidaridad-comunión humana universal, hay personas que desempeñan un papel más importante. Mencionamos en primerísimo lugar a Jesús. Sin embargo, nuestra fe reconoce que, en conexión con Jesús, María tiene también un influjo de alcances muy amplios. Este influjo, tiene un carácter maternal fundado en la importancia central de la fe de María para todos los cristianos y para todos los hombres.
La fe de María, vivida a lo largo de toda su existencia
tanto en los días ordinarios como en los momentos fundamentales, tiene una
repercusión solidaria muy vasta. Así lo podemos ir descubriendo, al repasar bajo
este punto de vista, todo lo que los evangelios nos narran sobre ella. A modo de
ejemplo, nos fijaremos en:
§ Su visita a Isabel en la que ambas comparten el gozo de su maternidad y se prestan servicios mutuos.
§ Las bodas de Caná en las que María apoya el gozo de los nuevos esposos y se preocupa por sus problemas.
§ La víspera de Pentecostés en la que se une en oración a la Iglesia naciente.
§ Y de una manera especial, su canto del Magnificat, en el que se muestra plenamente solidaria con la liberación que Dios trae a los necesitados y oprimidos.
Esta solidaridad de María se extiende a lo largo de la historia por medio de su oración continua delante del Padre y también de su presencia en la devoción viva del pueblo y en sus numerosísimos templos.
Autor: Sebastián Mier, S. J. Obra: “María en el Evangelio liberador”, Editorial: Obra Nacional de la Buena Prensa, México 2006.