EL inmaculado corazón de maría

Volver a Principal

«Concediste a la bienaventurada Virgen María un corazón sabio y dócil con el que cumpliese a perfección tus mandatos; un corazón nuevo y humilde en el que grabases la ley de la nueva alianza; un corazón sencillo y puro con el que mereciese concebir virginalmente a tu Hijo y contemplarte alborozada para siempre; un corazón valeroso y vigilante» (Prefacio de la misa del Inmaculado Corazón de María).

Éstas son algunas actitudes ejemplares de la personalidad de María: reflexionemos sobre ellas y comparemos nuestro comportamiento con alguna de ella que nos impacte.

No una inmaculada, sino la inmaculada: en efecto, no hay más que una, y es María, madre de Jesús y madre nuestra.

«Sin mancha», ha sido el lema de la caballería más generosa y de la nobleza, aunque con un significado muy distinto. En el caso de María significa una cualidad que, si no la hubiera tenido ella, no la habría tenido nadie y ni siquiera sabríamos lo que era. Su mismo hijo, Hijo del Padre, no podría ser considerado inmaculado: él, esencialmente, no tolera manchas, pues por esencia es inmaculable, no maculable. Nuestra Señora, en cambio, criatura completamente humana, podía muy bien estar manchada como nosotros; sin embargo, carece de mancha, de toda mancha.

Por nuestra parte, ni siquiera podemos imaginar una criatura humana «inmaculada». El pecado está tan presente en el ser humano que no conseguimos concebir cómo se puede hacer un hombre o una mujer sin pecado. Toda nuestra más neta pureza es siempre un poco impura, y la pureza plena sobrepasa los límites de nuestra imaginación. No surge en nosotros un pensamiento, ni una fantasía, ni un afecto que puedan estar libres de sospecha. El pecado nos sigue como la sombra, y la sombra nunca está tan marcada como cuando estamos al sol. Los más santos son los que se muestran más preocupados por el pecado.

María no tiene mancha, y su enorme belleza nos vence y nos sobrepasa. También por esto se asemeja más a Dios que a nosotros. La ternura que alimentamos por nuestra Señora no debe hacernos olvidar que su luz es tremenda y ciega a quien no es capaz de bajar la mirada (G. de Luca, Scrítti sulla Madonna, Roma 1972, 186s).

ORACIÓN

Bendita tú, María, entre todas las mujeres, porque te convertiste en discípula de la Palabra que escuchaste, porque fuiste madre del Verbo que acogiste en tu seno, porque fuiste custodia y maestra del Hijo nacido de tu carne. Bendita tú, María, entre todas las mujeres, porque fuiste mujer de corazón dócil y sabio, manso y fuerte.

Camina siempre delante de nosotros como ejemplo luminoso y enséñanos a conservar en el corazón la Palabra y los acontecimientos para descubrir, en la historia pequeña o grande de cada día, la presencia salvífica de tu Hijo, y poder repetir contigo: «Aquí está la esclava del Señor», declaración de nuestro abandono a su voluntad.