MARÍA, INMACULADA Y ASUNTA
Invocamos
la intervención de María, para que nos ayude a descubrir el secreto profundo de
sus misterios. La Iglesia ha sentido la necesidad de definir el misterio de
María en cuatro dogmas: los dos primeros, su Virginidad divina y su Maternidad
fueron necesarios para equilibrar, contra diversas posiciones disgregadoras en
el cristianismo naciente, que su Hijo era verdaderamente Dios y verdaderamente
hombre. Gracias a ella descubrimos la completa y verdadera personalidad de
Jesucristo, nuestro Señor.
Enfoquémonos ahora a los dos dogmas más recientes: el de su Inmaculada Concepción y el de su Asunción, porque ambos son complementarios y porque ambos, definidos en nuestros días, quieren salir en defensa del hombre, de cada uno de nosotros.
¿En qué sentido afirmamos lo anterior?
María nos recuerda que, desde el siglo XVI, con el triunfo de determinadas ideas renacentistas, el hombre moderno se ha ido endiosando más y más; pero paradójicamente, también desde el siglo XVI, con el nacimiento del protestantismo, el ser humano se ha rebajado, hundido y minusvalorado como nunca antes.
Ambos dogmas, la Inmaculada y la Asunción, son definidos con valentía y sin complejos por grandes Papas de nuestro tiempo para equilibrar nuestra humanidad. Y ello para que no triunfen la gloria y el ensalzamiento del hombre a costa de la muerte y desaparición de Dios, ni la gloria y el ensalzamiento de Dios a costa de la negación del hombre.
Pío
IX, el día 8 de diciembre de 1854, hace poco más de 150 años, declaró: «Eres
Inmaculada por haber sido preservada de toda mancha del pecado, y de la culpa
del pecado original desde el primer instante de tu concepción, por singular
gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo
Jesús, salvador del género humano» (bula Ineffabilis Deus [DS 28031).
¿Qué sentido encierra este dogma?
Desde la dimensión bíblica, viene a cumplir y confirmar lo escrito proféticamente en el Antiguo Testamento por el profeta Oseas: «Yo seré su esposo para siempre, en justicia y en derecho, en amor y en misericordia y en fidelidad» (Os 2, 21-22). Y también lo expresado en el Cantar de los Cantares: «Eres toda hermosa, amiga mía, y tacha de pecado no hay en ti, mi esposa» (Cant 4, 7-8).
Desde el misterio de su hijo Jesús, este dogma ofrece dos caras: no es tan sólo algo negativo (ser preservada del pecado original), sino algo muy positivo (ser la llena de gracia, la totalmente agraciada).
En María descubrimos, por este dogma de la Inmaculada, nuestro gran secreto: hemos sido creados para Cristo, en Cristo, con Cristo.
«Si
vivimos, nos dirá san Pablo, vivimos para Cristo; si morimos, morimos para
Cristo; en la vida y en la muerte somos de Cristo» (Rom 14, 8).
Pero además, desde el misterio de la Iglesia, María Inmaculada es signo y símbolo de la nueva Jerusalén que peregrina hacia su patria definitiva. Por ello, este dogma se une estrecha e íntimamente al de la Asunción, definido por Pío XII en 1950. Ambos dogmas se complementan.
No en vano, la Asunción lleva al extremo, de forma coherente, el final de la vida de María, la llena de gracia. Si ella desde el comienzo era toda de Dios, a Él le pertenece para siempre. Por eso María es asunta.
Visto desde la Iglesia, tanto el misterio de la Inmaculada como el de la Asunción nos indican nuestro origen y nuestro fin: salidos de Dios, volveremos a Él.
Ambos, Inmaculada y Asunción, nos invitan insistentemente a recobrar la esperanza. Pero ¿en qué? En que existe otra vida para siempre; por ello aquí sólo somos peregrinos, estamos de paso.
Puede que alguien, al finalizar esta breve reflexión sobre la vida y el misterio de María, se quede con los brazos cruzados diciendo en su interior: muy bien, todo esto es muy hermoso para la Madre de Jesucristo, pero a mí ¿qué me afecta?, ¿qué me dice el dogma de la Inmaculada para mi existencia concreta'?
Para quien así piense, va dirigida esta invitación: Si quieres comprender en profundidad quién eres, cuál es el sentido de tu vida, cómo es tu humanidad, contempla a María. Desde ella, y desde su Hijo, descubrirás el secreto de tu vida; y el siguiente decálogo:
Nuestro concepto de hombre-mujer no es ideológico ni utópico, tiene su punto de referencia en dos personas concretas: Jesucristo y María.
A su luz descubrimos que no somos frutos del azar ni náufragos de la nada; sabemos de dónde venimos y hacia dónde caminamos: el Hogar trinitario.
A su luz descubrimos que somos un misterio y una inquietud permanente, porque nuestro corazón y nuestra mente inquietos llevan la marca y la huella misma de Dios. Sólo descansaremos en Él.
A su luz descubrimos la grandeza y el secreto de nuestro ser: somos espíritus encarnados; carne espiritualizada («cuerpo y alma»); somos humanos y divinizados. En nosotros habita la divinidad, y de forma especial el Espíritu Santo.
A su luz descubrimos que estamos llamados a crecer en todas las dimensiones o niveles de nuestra persona y de forma armónica e integral (física, racional, emotiva, social, cultural, estética, ética, religiosa).
A su luz descubrimos dónde está la verdad que llena la cabeza, la belleza que llena el corazón y la bondad que llena nuestras obras.
A su luz descubrimos que somos seres, ante todo, «relacionales y abiertos»; nos descubrimos a nosotros mismos, a los demás, a la creación, al Señor. Y todo ello como personas «sexuadas» desde nuestra condición de varón-hembra.
A su luz somos capaces de superar dos tentaciones constantes que rompen el verdadero humanismo: el individualismo y el colectivismo. Somos personas comunitarias, únicas y solidarias.
A su luz descubrimos nuestra identidad: somos como todos, como algunos y como nadie. Él nos ama a cada uno de forma personal; y nos sostiene; y nos levanta. Él hace que nos conozcamos, nos aceptemos y nos donemos.
Sirva para concluir esta oración
del papa Juan Pablo II, titulada «Madre de la esperanza». A María se la
dirigimos con fe y humildad:
María, madre de la esperanza,
camina con nosotros.
Enséñanos a anunciar al Dios vivo,
ayúdanos a dar testimonio de Jesús,
el único salvador.
Haznos serviciales con el prójimo,
acogedores con los pobres y artífices de justicia.
Intercede por quienes actuamos en la historia
convencidos de que el plan del Padre se cumplirá.
Vela por la Iglesia
para que sea permeable al Evangelio.
Que sea auténtico lugar de comunión
y que viva su misión de anunciar,
celebrar y servir elEvangelio de la esperanza.
Vela por todos los cristianos
para que sigan confiando en la unidad
como fermento para seguir unidos.
Vela especialmente por los jóvenes,
esperanza del mañana. Amén.
Basada en una reflexión propuesta por Raúl Berzosa
Martínez en su libro “En el misterio de María. Breve Mariología en clave
orante” de Ediciones Sígueme, Salamanca, 2006.