IMPOSIBLE DE DETENER

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«Entonces se levantó el Sumo Sacerdote, y todos los suyos, los de la secta de los saduceos, y llenos de envidia, echaron mano a los apóstoles y les metieron en la cárcel pública. Pero el Angel del Señor, por la noche, abrió las puertas de la prisión, les sacó y les dijo: Id, presentaos en el Templo y decid al pueblo todo lo referente a esta Vida. Obedecieron, y al amanecer entraron en el Templo y se pusieron a enseñar…… »
( Hechos 5, 17, 21)

¿Quién puede detener la Palabra? El texto extraído del libro de los Hechos de los Apóstoles, que se muestra al inicio de este artículo, nos hace ver que Dios está dispuesto a hacer prodigios en favor de los anunciadores de su Palabra, porque es palabra de vida.

Tal vez pensemos: « ¿Por qué no lo hace también hoy? ¿No son necesarias también hoy las intervenciones milagrosas para hacer salir la Palabra del pequeño grupo, de la comunidad a veces, de los ya no tan numerosos fieles?»

Sin embargo, es importante destacar que el Señor no preserva de la cárcel a los anunciadores, sino que los libera, con mayor o menor rapidez, de ella. La impotencia de la Palabra dura una noche, en ocasiones años, a veces épocas, pero la Palabra avanza irresistible «hasta los confines de la tierra».

A los que gemían bajo la bota del comunismo les parecía que había terminado la época de la fe. En aquellas regiones sólo quedaban unos pocos viejos, los jóvenes parecían irremisiblemente perdidos para la fe y el futuro se presentaba oscuro. Después, de improviso, vino el hundimiento del régimen comunista.

Ya ha sucedido innumerables veces a lo largo de la historia. Constantino llegó después de la más violenta de todas las persecuciones. Una persecución que parecía poner en duda la misma existencia del cristianismo.

Hay tantas formas de prisión como de liberación. El Señor va acompañando el camino de su palabra y, de diferentes modos, se hace presente a sus anunciadores, acampando junto a ellos y liberándolos de las presiones externas e internas.