ACERCA DE LA VIDA INTERIOR

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Asumir la condición humana es fundamental en cualquier época de la historia, pero esto se ha vuelto imprescindible en los momentos que estamos viviendo.

Los cambios acelerados de las últimas décadas, nos presentan un panorama cada vez más plural, diversificado, y en ocasiones caótico. ¿Cuáles son los elementos que tenemos para clarificar el lugar que ocupamos en el mundo y su significado? Las grandes utopías del siglo XX se encuentran, en franca decadencia y declive. El mundo del fragmento y las ilusiones momentáneas permean nuestro mundo posmoderno.

Las religiones tradicionales, como la católica, están perdiendo significado para una población que busca formas de religión más ecléctica, secular, ecológica, etc., de ahí el éxito reciente de prácticas como el budismo y el hinduísmo, entre otras. Los valores universales y trascendentes están dando paso a una elección individualista, marcada por el subjetivismo: «cada quien pone las cosas a su propio gusto (Self service)», es una práctica común en nuestra cultura de inicios del siglo XXI.

Ahora bien, abordar esta realidad es sumamente complejo.

El interior de los seres humanos está habitado por un mundo, en el cual lo que pasa afuera  y lo que forma parte de nuestro mundo interno, de nuestros pensamientos, deseos, sentimientos, historia, forma de percibir las cosas, etc. se da de manera simultánea; dando como resultado a una mezcla en nuestro interior, que puede derivar en un estado confuso en nuestro interior, el cual con frecuencia es imperceptible para nosotros.

En el Evangelio encontramos cómo cuando Jesús se dirige al desierto, el demonio intentó influir para orientar su pensamiento hacia una dirección opuesta, lo cual tiene lugar en el desierto. Esto es una manifestación de cómo nuestros pensamientos marcan nuestras actitudes, las cuales a su vez se derivan en conductas.

Cuando no sabemos cómo o quién conduce nuestros pensamientos, nos encontramos a la deriva.

En este momento tanto los medios de comunicación, como el consumismo, los líderes religiosos y políticos se esfuerzan por monopolizar el control de la mente de los seres humanos.

Cuando no somos conscientes de lo que acontece en nuestro interior, en donde continuamente estamos pensando, imaginando, haciendo diálogos, tratando de satisfacer nuestras carencias y heridas con ilusiones, así como buscando la forma de construir nuestra vida en relación trascendente con los demás y con Dios, podemos quedar a la deriva y somos vulnerables a ser conducidos por caminos que nos pueden hacer daño a nosotros y a los demás.

El ser humano está llamado a la trascendencia: sin esto, simplemente se cae en el egoísmo y la pérdida de sentido de la vida. Así, para abrirse paso en este mundo marcado por la competencia y las luchas de poder, se nos plantea un reto de cómo formar nuestra realidad interna desde una propuesta evangélica que transforme nuestro mundo interno, de modo que los pensamientos refinen nuestra forma de vivir y de actuar.

Cuando nosotros no somos los que dirigimos nuestros pensamientos, el mundo externo será el que nos conduzca, perdiendo la posibilidad de imprimirles una dirección. De ahí la importancia de asumir con responsabilidad la formación de nuestro entorno interior.

Desde nuestra vida cristiana, necesitamos rescatar una tradición muy rica y olvidada de lo que es la formación del mundo interior personal, la cual pone de manifiesto la necesidad y posibilidad de vivir desde lo más profundo de nosotros, lo que significa ser redimidos por Cristo.

Los antiguos hablaban de «rumiar» la palabra de Dios, la cual lleva a la transformación de nuestros pensamientos. Encontrándonos con la Palabra viva que transforma la vida como fuerza salvadora; así como el alimento corporal nos nutre para desintoxicarnos de elementos nocivos a nuestro cuerpo, 

Urge rescatar la sana tradición de la espiritualidad cristiana, que es parte de la sabiduría de Dios que Dios ha legado a su Iglesia a través de la historia. El haber eliminado esta práctica en la vida ordinaria del cristiano ha llevado a vaciar de significado la misma, a confundir la fe con una serie de acciones que no están proporcionándonos una vida plena, como la que nos anuncia Jesús en el Evangelio.

Aprovechando este vacío, como ya lo dijimos antes, se han puesto de moda las formas de meditación oriental, al estilo budista e hinduísta, así como diversas formas de control mental.

La vida cristiana no se puede renovar, si no parte de encontrar la verdad de Dios, que es la guía del Espíritu Santo que habita en nuestro interior; es desde ahí donde encontraremos la fuerza transformante de la vida de Dios, que nos dispone a resolver y enfrentar la vida fundamentada desde lo más profundo de nuestro ser, por el impulso del mismo Espíritu.

Nuevamente se nos reitera la importancia de desarrollar esa vida interior, para la cual los tanto los Congregantes como nuestro círculo de amigos y familiares, tenemos grandes facilidades pues tenemos acceso continuo a Retiros y Ejercicios, especialmente diseñados para ese propósito.

Meditemos sobre lo expuesto en este artículo, y propongámonos enfocarnos particularmente a nuestra vida interior, para  coadyuvar a nuestra santificación y fortalecer nuestra capacidad de difundir a nuestros hermanos la Palabra del Señor.

Inspirado en un artículo del P. José Arturo Padilla Navarro, M.Sp.S., aparecido en la Revista “Kyrios”, órgano de difusión del Centro de Investigación y Desarrollo en Pastoral, México 2006.