ADOCTRINAR O EVANGELIZAR
«En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: Nadie enciende una lámpara y la tapa con una vasija o la oculta debajo de la cama, sino que la pone en un candelero para que los que entren vean la luz» Lucas 8,16
Este
dicho de Jesús, parece una advertencia dirigida a los cristianos que -
por miedo o porque
consideran inútil hacerlo
- no se exponen en público.
La Palabra es pública y visible: esconderla es un modo de intentar hacerla
morir.
Jesús nos habla de la necesidad de iluminar. Pero habla también de la necesidad de encender la lámpara. El discípulo no alumbra con su propia luz, sino con la única luz que viene de Cristo, el Señor.
Si lo hace de manera diferente, puede sentir la tentación de confundir sus propias ideas, sus propios gustos y sus propias opciones con las de Cristo, y de proponer así cosas y realidades que no tienen nada que ver con Cristo. De ahí la necesidad de encender cada día, constantemente, nuestra propia lámpara con la luz de Cristo, que ilumina el mundo, no mi luz. Esta última podrá iluminar, sólo si es reflejo de la luz de Cristo.
Y, llegados aquí, el problema se vuelve serio, porque la luz de la que habla Jesús no es sólo doctrina, sino también testimonio, es decir, doctrina que se hace vida, que transforma la vida: que afecta a mi modo de ser, a mi modo de valorar las cosas.
Soy
luz cuando difundo la doctrina de Cristo con los criterios de Cristo, esto es,
con humildad y pobreza. Cuando no hablo, por ejemplo, de humildad desde una
posición de poder, cuando no anuncio la pobreza con medios que hablan de
abundancia de bienes. Soy, en suma, luz puesta en el candelero cuando
represento, lo más cercano posible, el modo de ser, de obrar, de pensar y de
hablar de Jesús.
Es bueno reflexionar un poco sobre esto, porque en este sector son grandes las ilusiones.
Pensar que iluminamos sólo porque decimos las palabras de Jesús, sin dejar iluminar nuestra propia vida con la luz de Jesús, es como cubrir con una vasija la lámpara. Es como afirmar algo sin la prueba de los hechos. En pocas palabras, es adoctrinar, no evangelizar.
ORACIÓN
Señor, estoy preocupado por hablar de tu doctrina más que por reproducir tu vida. Estás viendo cómo pongo demasiado entre paréntesis tu modo de ser, que dio tanto impacto a tus palabras, pensando que evangelizar o ser guía para los hermanos y hermanas se reduce a una cuestión de conocimiento y de transmisión de ideas.
Pero eres tú quien debe vivir en mí, para que yo pueda comunicar tus palabras y ser guía de los otros. Si tú, mi amado Señor, no vives dentro de mí, tus palabras saldrán sin efecto de mis «labios impuros», porque mi corazón será demasiado diferente del tuyo, mis criterios prácticos de valoración estarán demasiado alejados de los tuyos. Ayúdame a buscarte a ti antes que a las palabras, a modelarme siguiendo tu imagen antes que a usarte para decir las cosas que debo decir.
Para esto, necesito sentirte más cerca, más íntimo, más amigo, más familiar, más presente en mi vida.
No me dejes, no me abandones a mis ilusiones, no me dejes recorrer hasta el final mis atajos, mi tentación de reducirte a idea o a simple mensaje.