LA IGLESIA CATÓLICA Y SUS ENSEÑANZAS

Cuentan del rey Enrique IV que un día se le ocurrió bajar a los calabozos y visitar sus súbditos que estaban prisioneros. Conforme pasaba por las celdas, cada uno de los presos le contaba su historia alegando inocencia. Unos decían que el juez había sido injusto, otros que habían sido puestos ahí por envidias o falsos testimonios, los de más allá que ellos no habían hecho nada grave. Mientras el rey escuchaba las quejas observó en el fondo del calabozo a un hombre que no decía palabra. El rey extrañado le dijo: «Y tú ¿Por qué no dices nada? ¿qué alegas a favor de tu inocencia?». El hombre respondió: «Yo no tengo nada que alegar, Majestad, he sido condenado justamente por los crímenes que cometí». Entonces el rey dijo al carcelero: «¡Saquen a este hombre inmediatamente de aquí y échenlo fuera, antes de que corrompa a toda esta gente buena e inocente!»

Esta historia es un buen ejemplo de lo que decía Cristo a los fariseos: «Si os mantenéis en mis palabras seréis verdaderamente mis discípulos, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». La verdad nos libera, nos saca de ese calabozo oscuro de los prejuicios y odios, de esa cárcel de la ignorancia y mentira.

La Biblia nos dice que:

«Cristo es la verdad» (Juan 14, 5).

«La Iglesia de Cristo es "columna y fundamento de la verdad.» (1 Timoteo 3, 15)

«El espíritu que la anima es el Espíritu de la verdad» (Juan 16, 13).

«Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». (1 Timoteo 2, 4).

Si lo que dice la Escritura es correcto, entonces, la Iglesia de Cristo no puede ser en parte verdadera y en parte falsa; en su doctrina no puede haber verdad mezclada con error.

¿Para qué querríamos una Iglesia que en vez de ofrecerme la verdad me da sólo su opinión? Si Cristo es la verdad, yo quiero estar en la Iglesia que me enseña la verdad, solamente la verdad y nada más que la verdad. Dado que la única Iglesia que asegura enseñarme la verdad sin error, la verdad infalible, es la Iglesia Católica, yo no tengo la menor duda, soy católico. Si la salvación me viene a través del conocimiento de esa verdad ¿para qué ir en busca de Iglesias donde en lugar de la verdad infalible del Magisterio se me ofrece la opinión bíblica de un ser humano, por más preparado que este pueda estar?

Si uno puede tener el original ¿porqué contentarse con imitaciones? Si uno sabe dónde habita el Espíritu de la verdad ¿para qué ir donde no se sabe qué espíritu sopla? (Cf. 1 Juan 4, 1).

Jesucristo cierta vez hizo un sondeo. ¿Quién, dicen los hombres, que es el Hijo del Hombre? Algunos opinaban que Cristo era la encarnación de Juan el Bautista, otros que Elías y otros que Jeremías o algún profeta (Mateo 16, 14). Cristo entonces pregunta a los discípulos: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Ellos se quedan callados. Pedro, en nombre de todos, confiesa: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». El conocimiento de esta verdad no le vino a Pedro de sus estudios, sino por inspiración divina. La fe de Pedro, sostenida por el poder infalible de la oración de Cristo, es la piedra sobre la que se fundamenta toda la fe cristiana.

Yo soy católico, porque estoy convencido de que Cristo es la Verdad y que a Él no le agrada la confusión que se crea cuando todos quieren dar su opinión con la Biblia en la mano, como si el título de «maestro autorizado» estuviera incluido en el precio del libro.

Debo respetar la opinión de todos, pero yo no creo en ninguna religión basada en la sabiduría humana, ni en la interpretación personal de la Sagrada Escritura.

Yo creo en el poder de Dios, que por boca de la misma Verdad afirma que cuando Pedro habla en cuestiones de fe o moral, «no se lo ha revelado la carne ni la sangre, sino el Padre de los cielos». Creo en Cristo; creo en el poder infalible de su oración para sostener la fe de un inculto pescador. Por eso soy católico.

Admiro la elocuencia bíblica de los evangélicos y reconozco la inteligencia de muchos pastores protestantes, pero yo no me fío de la sabiduría humana, sino sólo del poder de Cristo que dijo a Pedro: «Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas».

Porque quiero ser oveja de Cristo, reconozco a Pedro como mi pastor.

Sé que fuera de la Iglesia Católica hay muchos elementos de verdad (Lumen Gentium No.8). Pero prefiero los pastos verdes del Magisterio, al pasto mezclado con la cizaña de la opinión.

Descartes, Nietzsche y Freud pusieron de moda la duda. Hoy hay muchos que se creen inteligentes por que dudan de todo y se creen sabios porque no tienen ninguna certeza. Esta enfermedad no conoce fronteras; se da en todas las Iglesias, incluso en la Católica.

El esnobismo de la duda acusa de orgulloso a quien se atreva a sostener una verdad con firmeza. La verdad les parece enemiga de la libertad. Prefieren el relativismo ideológico donde cada uno se cocina su propia verdad; buscan doctrinas nuevas, para no tener que adherirse a nada permanente: son amigos de toda opinión, parientes de la duda y ajenos a toda verdad.

En cambio, el buscador de la verdad, la verdad que no se deteriora, que no cambia con el tiempo, las modas y costumbres; el que ama la verdad «definida» sin nebulosidades convenencieras, sin el virus corrosivo de la duda sistemática, se sentirá atraído por el resplandor de la verdad que brilla para todos en el faro de la Iglesia, Maestra de la Verdad.

Cristo no vino a preguntarnos nuestra opinión. Cristo vino a dar testimonio de la verdad: «Yo, para esto he venido al mundo; para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Juan 18, 37).

Cristo fue condenado a muerte por ser testigo de la verdad. Con su vida, milagros, muerte y resurrección, dio testimonio de la verdad. Ese testimonio era molesto: «Tendamos lazos al justo que nos fastidia, (...) es un reproche de nuestras opiniones, su sola presencia nos es insufrible» (Sabiduría 3, 12 y 14).

A los enemigos de Cristo les encandilaba el resplandor de La Verdad. La verdad encarnada en Cristo encandila más que la verdad dicha, por eso le condenaron a muerte.

Lo mismo sucedió a los primeros cristianos. Ellos fueron condenados a la hoguera o a ser devorados por las fieras, no como algunos piensan, por creer que Jesús de Nazareth era Dios, ni por declararse cristianos. A los griegos y a los romanos no les hubiera molestado incluir un dios más en su colección del Parthenón. Lo que les fastidiaba y les hacía prenderse de rabia era que los cristianos dijeran que el suyo era el único Dios y que todos los demás dioses eran falsos.

Si los cristianos hubieran predicado la opinión de que Cristo era un dios más, nadie hubiera protestado; pero el confesar que Cristo era el único Dios y Señor, y que los demás eran falsos dioses, les parecía demasiado pretencioso. Y por eso, al igual que Cristo, fueron condenados, por confesar la verdad.

El Concilio Vaticano II afirma en el documento sobre la libertad religiosa: «Por voluntad de Cristo, la Iglesia Católica es la maestra de la verdad y su misión es exponer y enseñar auténticamente la verdad, que es Cristo» (Dignitatis Humanae No. 14).

El objetivo de la Iglesia fundada por Cristo sólo puede ser el de enseñar la verdad, que es Él mismo. Cualquier Iglesia basada en la opinión no puede ser la Iglesia de Cristo, porque Cristo no es la opinión, sino la Verdad.

El prólogo del Catecismo de la Iglesia Católica comienza con estas palabras: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2,3-4).

Ninguna Iglesia se atreve a declarar su Magisterio infalible. La Iglesia Católica es la única que hace semejante afirmación, para gozo de los creyentes, enojo de los teólogos disidentes y escándalo de muchos. ¿Un hombre infalible? ¡Qué locura!

«El Romano Pontífice goza de esta infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, confirma en la fe a sus hermanos» (Lumen Gentium n.25).

La enseñanza de la Iglesia es muy clara: El Concilio no basa la infalibilidad del Papa en su inteligencia, en sus estudios teológicos, en su ciencia, sino en Cristo que prometió: «Yo rogaré para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lucas 22, 32). 

Los católicos creemos en el poder de la oración de Cristo, y creemos que su oración es infalible: «Yo sé que siempre me escuchas» (Juan 11, 42). La infalibilidad del Vicario de Cristo se basa, no en sus cualidades humanas, sino en el poder infalible de la oración de Cristo. Es mi fe en Cristo la que me hace creer sin titubeos, que un hombre sostenido por la oración de Cristo puede confirmar infaliblemente a los hermanos en la fe.

Los fundamentalistas bíblicos afirman que todas las Iglesias son iguales, que da lo mismo estar en una que en otra. Sin embargo, recomiendan abandonar la Iglesia Católica Romana. ¿No es absurdo?¿No que todas son iguales? La razón es obvia: No todas son iguales, porque mientras el fundamentalismo bíblico se basa en el juicio privado de la Escritura, la Iglesia Católica reconoce un Magisterio de verdad.

Ya para concluir, los cristianos bíblicos afirman que basta la sola Biblia, y nos piden que la usemos para «probar» nuestras creencias, pero cuando nosotros les exponemos con la Sagrada Escritura en la mano, no aceptan nuestros argumentos.

¿Por qué si nosotros damos una cita, ésta no vale y la de ellos sí? Por la sencilla razón de que ellos no creen realmente en la Biblia, sino sólo en su propia interpretación; únicamente en su propio entender, que por razones obvias tienes muchas limitaciones, como la de cualquier humano, por mas sabio y preparado que sea.

Desarrollado por el Congregante Mariano Alfonso J. Marín, inspirado en el libro ¿Por qué soy católico?, de Juan Rivas Pozas  editado por Contenidos de Formación Integral, S. A. de C. V., México 2001.........