IDENTIDAD Y SENTIDO DE LA VIDA DESDE UNA ÓPTICA MARIANA

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Desde el misterio de la Iglesia, María Inmaculada es signo y símbolo de la nueva Jerusalén que peregrina hacia su patria definitiva. Por ello, el dogma de su Inmaculada Concepción se vincula estrecha e íntimamente al de la Asunción, definido por Pío XII en 1950. Ambos dogmas se complementan.

No en vano, la Asunción lleva al extremo, de forma coherente, el final de la vida de María, la llena de gracia. Si ella desde el comienzo era toda de Dios, a Él le pertenece para siempre. Por ello, es lo más natural que María sea asunta.

Visto desde la Iglesia, tanto el misterio de la Inmaculada  como  el  de  la  Asunción,  nos  indican nuestro origen y nuestro fin: salidos de Dios, volveremos a Él.

Ambos, Inmaculada y Asunción, nos invitan insistentemente a recobrar la esperanza. Pero ¿en qué? En que existe otra vida para siempre; y de que aquí, sólo somos peregrinos, estamos de paso.

Puede que algunos digan en su interior: Muy bien, todo esto es muy hermoso para la Madre de Jesucristo, pero a mí, simple mortal ¿en qué me afecta?, ¿qué me dicen estos dogmas para mi existencia concreta?

Para quien así piense, va dirigida esta invitación: Si quieres comprender en profundidad quién eres, cuál es el sentido de tu vida, cómo es tu humanidad, contempla a Maria. Desde ella, y desde su Hijo, descubrirás el secreto de tu vida; revisa estas aseveraciones:

1.   Nuestro concepto de hombre-mujer no es ideológico ni utópico, tiene su punto de referencia en dos personas concretas: Jesucristo y María.

2.   A su luz descubrimos que no somos frutos del azar ni náufragos de la nada; sabemos de dónde venimos y hacia dónde caminamos: el Hogar trinitario.

3.   A su luz descubrimos que somos un misterio y una inquietud permanente, porque nuestro corazón y nuestra mente inquietos llevan la marca y la huella misma de Dios. Sólo descansaremos en Él.

4.   A su luz descubrimos la grandeza y el secreto de nuestro ser: somos espíritus encarnados; carne espiritualizada («cuerpo y alma»); somos humanos y divinizados. En nosotros habita la divinidad, en forma especial el Espíritu Santo.

5.   A su luz descubrimos que estamos llamados a crecer en todas las dimensiones o niveles de nuestra persona y de forma armónica e integral (física, racional, emotiva, social, cultural, estética, ética, religiosa).

6.  A su luz descubrimos dónde está la verdad que llena la cabeza, la belleza que llena el corazón y la bondad que llena nuestras obras.

7.   A su luz descubrimos que somos seres, ante todo, «relacionales y abiertos»; nos descubrimos a nosotros mismos, a los demás, a la creación, al Señor. Y todo ello como personas «sexuadas» desde nuestra condición de varón-hembra.

8.   A su luz somos capaces de superar dos tentaciones constantes que rompen el verdadero humanismo: el individualismo y el colectivismo. Somos personas comunitarias, únicas y solidarias.

9.  A su luz descubrimos nuestra identidad: somos co­mo todos, como algunos y como nadie. Él nos ama a ca­da uno de forma personal; y nos sostiene; y nos levanta. Él hace que nos conozcamos, nos aceptemos y nos donemos.

10. A su luz somos capaces de construir la civilización del amor y de la vida, rompiendo el círculo dramático del odio y la necrofilia. En Jesús y en María encontramos la clave para dar sentido a la negatividad, al sufrimiento y al dolor en todas sus dimensiones.

De qué manera tan acertada lo expresó el papa Benedicto XVI, consciente de algo que vio cumplido en la vida de María: «Quien se encuentra con Cristo no sólo no pierde nada, sino que gana todo».

Para concluir, les propongo realizar esta oración del papa Juan Pablo II, titulada «Madre de la esperanza». A María se la dirigimos con fe y humildad:

María, madre de la esperanza, camina con nosotros.

Enséñanos a anunciar al Dios vivo,
ayúdanos a dar testimonio de Jesús, el único salvador.

Haznos serviciales con el prójimo,
acogedores con los pobres y artífices de justicia.
Intercede por quienes actuamos en la historia
convencidos de que el plan del Padre se cumplirá. Vela por la Iglesia para que sea permeable al Evangelio.

Que sea auténtico lugar de comunión y que viva su misión de anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la esperanza.

Vela por todos los cristianos para que sigan confiando en la unidad como fermento para seguir unidos.

Vela especialmente por los jóvenes, esperanza del mañana. Amén.

Inspirada en el libro “En el misterio de María. Breve Mariología en clave orante”  de Raúl Bertoza Martínez, en Ediciones Sígueme, Salamanca 2006.