HUMILDAD

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Poner la humildad en el centro de nuestras consideraciones no es ciertamente, cosa fácil hoy en día; entre otras causas, porque el término «humildad» parece haber sido erradicado por completo del vocabulario corriente.

Y si el vocabulario lo ignora, eso significa que la humildad, como actitud de vida, se ha convertido ahora en algo «opcional»; más aún, en una rareza «poco deseable».

Sin embargo, no sólo el cristiano, sino todo verdadero creyente, si se mantiene en la escuela de Dios y, con mayor razón, en la escuela del Evangelio, advierte que se siente más llamado cada día a caminar por el sendero de la humildad.

Éste es el camino que Dios abrió del cielo a la tierra cuando él bajó a nosotros. Éste es el camino por el que Cristo se movió cuando vivía en medio de nosotros. Éste es el camino por el que han andado los santos y los mártires. Éste es el camino de la perfección cristiana, el que se abre ante todos aquellos que, como peregrinos sobre la tierra, se sienten llamados a la patria del cielo.

Por otra parte, se pone de manifiesto el aspecto positivo de la humildad cuando la acogemos de un modo sincero y animoso como actitud de vida: con ella y por ella se nos admite en el banquete del Reino. Ella es el traje de boda del que no podemos prescindir; con ella, en cambio, llegamos a ser agradables al Señor y somos admitidos a la alegría del banquete nupcial.

Es como decir que la humildad nos hace semejantes a Jesús y que sólo de este modo reconoce Jesús en nosotros nuestra semejanza con él. La humildad es, para un cristiano, actitud de vida y actitud interior, al mismo tiempo. Si no es humilde el ánimo, no pueden ser humildes las palabras y los gestos.

Es ésta una lección que sólo podemos aprender de Jesús. Fue él quien dijo: «Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas» (Mt 11,29).

¿Quién de nosotros puede decir sinceramente que ha «aprendido sobre Cristo» (Ef 4,20)?