Homilía del R. P. MANUEL LOZA
MACIAS. S. J., el 18 de septiembre de 2005, durante la celebración de la
Eucaristía en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, al concluir la
peregrinación anual de las Congregaciones Marianas.
No le traemos, como en épocas pasadas, costosas ofrendas florales. Ni cantos bellos ni grandes cantidades de dinero. Le ofrecemos sí, nuestros pies cansados del peregrinar, nuestros brazos abiertos y nuestros corazones sinceros de Congregantes Marianos.
Le pedimos perdón por nuestras fallas y negligencias. Le venimos a pedir que acepte nuestra acción de gracias por las maravillas que el Señor, su Hijo, ha ido realizando en nosotros y en nuestra acción apostólica. Ya que todo lo hemos recibido por su intercesión poderosa.
El
cumplimiento de nuestro compromiso mariano ha sido duro, en estos tiempos en que
la fe parece desvanecerse en muchas partes. La participación en la Eucaristía
se nos ha hecho difícil. Aunque hemos asistido con devoción a nuestra Santa
Misa de Congregación y hemos procurado comulgar con relativa frecuencia.
La Virgen sabe cuánto nos ha costado perseverar en ello. Innumerables rosarios hemos podido rezar, con el deseo de que cada día del día o de la noche se dé una especie de cadena, como una continua “laus perennis” o perpetua alabanza a nuestra Santísima Señora. No hemos olvidado que el sacrificio de nuestras inclinaciones malsanas es la cruz inseparable de todo cristiano.Y lo hemos aceptado.
Sobre todo en estos tiempos en que el permisivismo, el materialismo, la sensualidad y el hedonismo nos asaltan por todos lados y a todas horas.
El apostolado nos ha sido trabajoso. La evangelización, la solidaridad y la caridad con los más necesitados, nos ha costado. Pero no hemos permanecido indiferentes ante las carencias de los demás. Ahí están nuestros catecismos en zonas marginadas, las visitas de consuelo a los presos, a los enfermos, a los matrimonios desunidos y a la indigencia de los más pobres en los asilos para ancianos.
La televisión, el radio y el internet han sido instrumentos que hemos empleado para llevar la palabra de Dios a los indiferentes.
Los retiros y ejercicios ignacianos de encierro han sido fecundos semilleros de conversiones, y de vocaciones a una vida de perfección.
Principalmente hemos tenido la intención de que nuestro ejemplo sirva de continua aplicación del Evangelio. El ambiente de nuestro apostolado es difícil de superar y no pocas veces nos asaltado la tentación de desertar.
La incomprensión, los recursos económicos limitados y el desinterés se nos han presentado como realidades que nos aconsejan desistir por estar, al parecer, en una batalla ya de antemano perdida.
Venimos
a dar gracias a nuestra Madre que nos ha protegido patentemente. Nos ha sacado
de problemas que humanamente aparecían insuperables. Motivo de gratitud es la
perseverancia de nuestros congregantes marianos que han alcanzado ya el eterno
descanso como premio de sus esfuerzos.
Tenemos ya más de setenta y cinco años de la fundación de nuestra congregación mariana de la Sagrada Familia, de la colonia Roma. Cada año nuestras procesiones de Vía crucis y del Santo Entierro los viernes santos son ya tradicionales y cada vez más concurridos.
Recordando aquellos aciagos días de hace veinte años, recordamos a una de nuestras señoritas congregantes que fue recogida por el Señor. Los demás, de una forma u otra, muchos todavía sobrevivientes, se mostraron solidarios con los más afectados en bienes materiales y espiritualmente con la recepción de los auxilios espirituales de la Iglesia para presentarse ante el Señor Jesús.
Los
rescates, los alimentos, los vestidos y las mantas con que colaboraron tienen un
confortante recuerdo. Hoy le damos gracias a María Santísima por habernos
sacado de esas angustias y habernos dado la oportunidad de servir a los demás.
No puede faltar nunca nuestra petición humilde pero llena de fe para que interceda por nuestra Congregación Mariana de la Sagrada Familia, de la colonia Roma, para que tengamos numerosas vocaciones, de hombres y mujeres, de todas las edades, de adultos, de jóvenes y de niños. El campo de nuestra propia santificación y de nuestra evangelización es muy amplio y necesitamos que Ella le diga a su Hijo Jesús, que envíe operarios a su laborioso, pero consolador trabajo.
Estemos seguros de que nuestra petición ya está siendo acogida con maternal júbilo por nuestra Madre. Y parece que nos dice: “con la gracia de Dios, todo se puede”. Esa gracia se nos ha de conceder para seguir adelante, santificándonos y santificando a los demás.
Por el perdón de nuestras fallas, por lo bueno que hemos logrado, por la petición de nuevos favores para mayor gloria de Dios y honra de su Madre y madre nuestra, ofrezcamos nuestra Eucaristía.