HERMANOS
Hay
un nombre que inevitablemente viene a nuestra mente cuando conmemoramos la
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, particularmente cuando hacemos memoria de su
Ultima Cena: Judas, el traidor. ¡Pobre Judas!
Tal vez les sorprendan que quiera hablar acerca de él en particular, este discípulo infeliz que, en un determinado momento, no pudo mantener la fidelidad al Maestro.
No sé lo que pudo pasar por su cabeza. Es uno de los personajes misteriosos que encontramos en la pasión del Señor. Tampoco voy a intentar explicárselos; me contentaré con pedirles un poco de piedad para con nuestro hermano Judas. No se avergüencen de asumir esta fraternidad. Yo no me avergüenzo, porque sé cuántas veces he traicionado al Señor, y creo que ninguno de ustedes debe avergonzarse de él. Y al llamarle «hermano» nos encontramos en el lenguaje del Señor, por que, cuando recibió el beso del traidor en Getsemaní, el Señor le respondió con unas palabras que no debemos olvidar: «Amigo, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?» (cf. Mt 26,50; Lc 22,48).
«Amigo»:
esta palabra, que nos expresa la infinita ternura de la caridad del Señor, nos
hace comprender también por qué le he llamado en este momento, siguiendo
precisamente el lenguaje que me ha sugerido el Señor, «Hermano». El Señor había
dicho en el cenáculo: «Ya no los llamo siervos, sino amigos» (Jn 15,15). Los
apóstoles se convirtieron en los amigos del Señor; buenos o no, generosos o no,
fieles o no, siguen siendo siempre sus amigos.
Nosotros podemos traicionar la amistad de Cristo, pero Cristo no nos traicionará nunca a nosotros, a sus amigos, aun cuando lo mereciéramos, aun cuando nos rebeláramos contra él, aun cuando lo negáramos. A sus ojos y a su corazón, seguimos sien do siempre los amigos del Señor. Judas es un amigo del Seño incluso en el momento en que, al besarlo, consumaba la traición al Maestro.
¿Cómo es posible que un apóstol del Señor acabara como traidor? ¿Conocen ustedes el misterio del mal? ¿Pueden decirme cómo nos hemos vuelto malos nosotros? Porque recuerden que ninguno de nosotros ha dejado de descubrir en un determinado momento el mal en nuestro interior. Ya no es un misterio nuestra maldad, como tampoco lo es la traición de Judas.
El apóstol se convirtió en traidor en un momento determinado, también en un determinado momento el cristiano se ha convertido en un negador, en un momento determinado el bautizado es alguien que reniega de su bautismo; alguien que ha estado marcado con el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo comienza a blasfemar de estos santos nombres que le consagraron como hijo de Dios, miembro de la Iglesia. ¡Qué misterio!
Fíjense, Judas es hermano nuestro, hermano en esta miseria común.
Inspirado en un escrito de P. Mazzolari de 1957