HACEN FALTA LAICOS CONSCIENTES DE LA RESPONSABILIDAD DE SER DISCÍPULOS DE JESUCRISTO

El Consejo pontificio para los laicos celebró recientemente su asamblea plenaria. El tema fue:

"Es preciso seguir caminando recomenzando desde Cristo, es decir, desde la Eucaristía"

Se reflexionó sobre:

Al final de los trabajos S.S. Juan Pablo II, comentó:

El concilio Vaticano II, el mayor acontecimiento eclesial de nuestros tiempos, impulsó en la Iglesia una vasta corriente de promoción del laicado dentro de la renovada conciencia de la Iglesia de que es misterio de comunión misionera.

Con ocasión del jubileo del apostolado de los laicos en el año 2000, invité a todos los bautizados a volver a tomar de nuevo en sus manos los documentos conciliares para redescubrir su riqueza de estímulos doctrinales y pastorales.

Renuevo hoy a los fieles laicos esta invitación. A ellos "el Concilio abrió extraordinarias perspectivas de participación y compromiso en la misión de la Iglesia", recordándoles su peculiar participación en la función sacerdotal, profética y real de Cristo.

Hoy hacen falta fieles laicos conscientes de su vocación evangélica y de la responsabilidad que tienen por ser discípulos de Cristo, para testimoniar la caridad y la solidaridad en todos los ambientes de la sociedad moderna.

La reflexión sobre los sacramentos de la iniciación cristiana centra naturalmente la atención en la parroquia, comunidad en la que se celebran estos grandes misterios. La comunidad parroquial es el corazón de la vida litúrgica; es el lugar privilegiado de la catequesis y de la educación en la fe. En la parroquia se lleva a cabo el itinerario de la iniciación y de la formación para todos los cristianos. ¡Cuán importante es redescubrir el valor y la importancia de la parroquia como lugar donde se transmiten los contenidos de la tradición católica.

Muchos bautizados, por el influjo de fuertes corrientes de descristianización, han perdido el contacto con este patrimonio religioso. A menudo, la fe se reduce a episodios y fragmentos de su vida. Cierto relativismo tiende a alimentar actitudes discriminatorias con respecto a los contenidos de la doctrina y de la moral católica, aceptados o rechazados según preferencias subjetivas y arbitrarias.

Así, la fe recibida ya no se vive como don divino, como extraordinaria oportunidad de crecimiento humano y cristiano, como acontecimiento de sentido y de conversión de vida. Sólo una fe arraigada en la estructura sacramental de la Iglesia, que bebe de las fuentes de la palabra de Dios y la Tradición, y se convierte en vida nueva y en inteligencia renovada de la realidad, puede capacitar efectivamente a los bautizados para resistir el impacto de la cultura secularizada dominante.

La Eucaristía, "fuente y cima de toda la vida cristiana", completa y culmina la iniciación cristiana. Aumenta nuestra unión con Cristo, nos separa y nos preserva del pecado, fortalece los vínculos de caridad, sostiene las fuerzas a lo largo de la peregrinación de la vida y hace pregustar la gloria a la que estamos destinados. Los fieles laicos, que participan del oficio sacerdotal de Cristo, presentan en la celebración eucarística su existencia -sus afectos y sufrimientos, su vida conyugal y familiar, su trabajo y los compromisos que asumen en la sociedad- como ofrenda espiritual agradable al Padre, consagrando así el mundo a Dios

La Iglesia y la Eucaristía se compenetran en el misterio de la comunión, milagro de unidad entre los hombres en un mundo donde las relaciones humanas a menudo se ven ofuscadas por la indiferencia y el odio.

Os exhorto a tener siempre presente esta centralidad de la Eucaristía en la formación y participación en la vida de las comunidades. Es importante recomenzar siempre desde Cristo, es decir, desde la Eucaristía, en toda la densidad de su misterio.

Os recuerdo que una oración que ayuda a penetrar en el misterio de Cristo con la mirada de la Virgen es el Rosario, que se ha convertido para mí y para innumerables fieles en una experiencia contemplativa familiar. Encomendaos con esta oración a María. En su seno inmaculado se formó el cuerpo humano de Jesús, muerto y resucitado, que sale a nuestro encuentro en la Eucaristía, la que os capacitará para cumplir vuestra importante misión al servicio de una "epifanía madura y fecunda del laicado católico"

Extractado del discurso del Santo Padre a la plenaria del Consejo pontificio para los laicos, el 23 de noviembre del 2002