De guerrero a misionero

I Ñ I G O

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Hubo un hombre rudo, un hombre de armas que fue herido gravemente en una contienda en Francia. Los curanderos de entonces le operaron la, pierna herida y le acomodaron los huesos, pero no quedó bien.

Este hombre se llamaba Iñigo y era originario de España, así es que regresó a su patria para que allá lo volvieran a operar.

Fue una operación "de caballo", pues como le sobresalía un hueso se lo tuvieron que aserrar sin anestesia alguna.

Iñigo no daba muestras de dolor sólo la crispación de sus puños. Para su convalecencia pidió unos libros pero como en Loyola no había los temas que a él lo hubieran interesado, le dieron libros religiosos, "libros para mujeres", comentaba el sufrido personaje.

Esas lecturas le movieron el alma y cuando recuperó la salud y pudo echarse a andar por esos caminos de Dios, fue para colgar las armas como ex votos a fin de prepararse a si mismo y de preparar los "ejercicios" más convenientes para la elevación del alma hacia la enseñanza del Supremo Hacedor.

Y así, un tiempo más tarde agrupaba Ignacio de Loyola en el Colegio de Santa Bárbara de París, a los que habían de ser los primeros jesuitas, entre otros al vasco Francisco Xavier. 

Estos primeros catequistas hicieron votos severos y una cita: la de encontrarse en determinada fecha en Venecia para continuar el viaje hasta Roma, donde pedirían al Papa la aprobación de sus reglas. Los pocos que eran partieron a mediados de noviembre para Italia llegando al lugar indicado a mediados de enero del año siguiente. Caminaban a pie y algunos que disponían de recursos compraban ó alquilaban caballerías, de preferencia mulas. Los jóvenes continuaban a pie con ánimo florecido de alegría y con pies que parecían alados que parecían no cansarse.

Eran de pobreza tal que no alcanzaban albergue alguno y comían lo que la gente piadosa les daba, pidiendo limosna y compartiendo lo que lograban.

Ellos se regocijaban constantemente por los nuevos paisajes y por las costumbres de las poblaciones por donde cruzaban. Era una manera -la única- de conocer, de saturarse, de empaparse de la belleza de los horizontes, no obstante las inclemencias del tiempo, con las privaciones de la miseria, con los riesgos que no faltaban en los caminos y en las ciudades medievales.

Pero el espíritu de los primeros jesuitas estaba lleno de gozo por la misión que cumplían, pues a lo largo de los caminos franceses, suizos, alemanes, italianos, enseñaban la doctrina de Jesús de quien se convirtieron en sus compañeros para la mayor gloria del Creador. 

Fueron hombres y siguen siéndolo verdaderos apóstoles de la fe.

Articulo publicado en Excelsior del 13 de marzo del 2001. Escrito por Alejandro Sorondo C. M.