En
una ocasión llamé por teléfono a una persona a Canadá para saludarla. Le dio
mucho gusto, pues hacía tiempo que no nos comunicábamos. Luego de algunos
minutos, ella cayó en cuenta de que era un llamada de larga distancia, y me
dijo algo que me molestó: «Te voy a mandar dinero para que pagues la llamada».
Esto
me hizo recordar que una vez en la playa, el mar
se
picó y una ola me revolcó. Un salvavidas se echó al agua para ayudarme. Con
palabras sinceras le agradecí mucho su ayuda; pero después regresé y le di
dinero. Ahora me
arrepiento
de haberle pagado su ayuda y su generosidad.
He
reflexionado y concluido que vivimos en una sociedad mercantil, y tenemos el
peligro de que esa mentalidad invada toda nuestra vida: cobrar lo que damos y
pagar lo que recibimos. Nos cuesta mucho dar sin esperar recompensa, y recibir
sin pretender pagar a los demás. ¿Cómo nos sentiríamos si al haber ido a
visitar a un amigo enfermo al despedirnos él nos diera dinero como pago de
nuestra visita?
En el evangelio, Jesús nos dice:
«Cuando
des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos,
y serás dichoso, porque no te pueden corresponder» (Lc
14,13-14).
Se
trata de una actitud de total gratuidad.
Hoy
podemos hacer algo gratis por los demás: visitar a un enfermo, hacer una
llamada telefónica, enviar una carta o un correo electrónico, dar una sonrisa
o un beso, ofrecer un servicio, rezar por una persona y, desde luego, invitar a
comer a alguien que no nos pueda devolver la invitación.
Hoy podemos también recibir con sencillez y gratitud lo que nos dan los demás, sin buscar la manera de pagar a su generosidad y por supuesto, menos aún intentar superarla.
El
autor del artículo es el R. P. Fernando Torre Medina Mora M. Sp. S.
A Jesús por María