LA GRANDEZA DEL SEÑOR
CANTADA POR MARÍA

Recordemos aquel momento en que comienza María entonando el Magnificat, su canto de alabanza a la grandeza del Señor. En él, afirma agradecida la infinita distancia, por una parte, entre Dios Creador, Dios Señor de la vida y de la historia, Dios de las gratuidades por Señor, y el hombre criatura, el hombre que debe dejarse invadir y poseer por quien le moldeó a su voluntad porque le destina a un futuro siempre sorprendente, porque será, en todo caso, futuro de gracias, dones amorosos, futuro de filiación.

Esta proclamación de un Dios de salvación, Dios de gratuidades, llena de alegría el corazón de María: 

«Proclama mi alma la grandeza del Señor / Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador».

La verificación de esa actitud de un Dios que es todo Él benevolencia, un Dios todo Él ágape, estará en que puso sus detalles de amor en lo más bajo, en ella como esclava pendiente de sus signos benevolentes (como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de su Señor...), a la que fue un día solicitado un sí, todo él en oscuridades porque era solicitado desde las claridades del misterio de Dios.

Y María fue valiente, María fue confiada, María dijo el sí que iba a transformar el mundo: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí [...] porque ha puesto sus ojos en mí que soy su humilde esclava».

María alababa esta inexplicable grandeza y sabiduría de Dios, que debía ir verificando con espíritu de fe en toda su vida. Ella había ido viendo, siempre con sorpresa, que los caminos de Dios no son nuestros caminos:

Las contradicciones de todos estos qués seguirán siendo una constante en toda la vida de Jesús verificada por María.

La sorpresa de oírle a los doce años discutiendo con los sabios del Templo, aquella singular respuesta ante la angustia manifestada por su madre, respuesta que debió de ser dada para que alguno de aquellos letrados pudiera dudar, al menos, de quién sería aquel Niño venido desde una aldea y que sabía tantas cosas.

La que llevaría la gente de Nazaret cuando oyera cómo Jesús se atribuía la unción del Espíritu del Señor, predicha por Isaías, siempre en beneficio de gratuidades para con el más desvalido. Y, sin embargo, debía salir de su pueblo, una vez más, huyendo ante quienes no poseían Espíritu suficiente -mejor dicho, no eran capaces de atender interiormente al Espíritu- para poder ver y oír algo más allá de la carpintería.

Desde una visión exclusivamente humana, ¿qué sorpresas no se llevaría María al ver, ya en las bodas de Caná, qué clase de discípulos le rodeaban?

Pero, sobre todo, las tremendas vivencias de la Pasión: un pueblo que prefiere a un homicida y ladrón contra el hombre de la mansedumbre y los signos de bondad...

Y en los momentos finales de la vida de su Hijo: el sufrimiento inexplicable del Hijo de Dios, la tremenda oscuridad en la que ella debía mantener su fe.

Nuestra Madre, nos da el ejemplo de como debemos afrontar los momentos díficiles de nuestra vida, y nos alecciona sobre el hecho de que no debemos prejuzgar las cosas, ni dejarnos guiar por las apariencias, pues detrás de todo lo que sucede, está siempre la voluntad del Señor.

Meditación extractada del libro “LAS DOCE ESTRELLAS DE LA MUJER DEL CIELO” de Luis Martínez Fernández, Serie de TEOLOGÍA de la BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS, Madrid 2002