
Te
doy gracias, María, por ser una mujer.
Gracias
por haber sido mujer como mi madre
y
por haberlo sido en un tiempo
en
el que ser mujer, era como no ser nada.
Gracias
porque cuando todos te consideraban
una mujer de nada, tú
fuiste todo,
todo
lo que un ser humano puede ser, y mucho más,
la
plenitud del hombre, una vida completa.
Gracias
por haber sido una mujer libre y liberada,
la
mujer más libre y liberada de la historia,
la
única mujer liberada y libre de la historia,
porque
tú fuiste la única no atada al pecado,
la
única no uncida a la vulgaridad,
la
única que nunca fue mediocre,
la
única verdaderamente llena de gracia y de vida.
Te
doy gracias porque estuviste llena de gracia
porque
estabas precisamente llena de vida;
porque
estuviste llena de vida
porque
te habían verdaderamente llenado de gracia.
Te doy gracias porque siendo esclava,
supiste encontrar la libertad
aceptando
la única esclavitud, que libera,
la esclavitud de Dios
y
nunca te enzarzaste en todas las otras esclavitudes
que
a nosotros nos atan.
Te
doy gracias porque te atreviste a tomar
la vida can las dos manos.
Porque al llegar el ángel te atreviste
a preferir
porque
aceptaste tu misión sabiendo
que era cuesta arriba,
que acababa en
un calvario.
Gracias
porque fuiste valiente,
gracias
por no tener miedo,
gracias
por fiarte del Dios que te estaba llenando
del
Dios que venía, no a quitarte nada,
sino a hacerte más mujer.
Gracias
por tu libertad de palabra
cuando hablaste a Isabel.
Gracias por atreverte a decir que Dios
derribaría
a los poderosos,
sin
preocuparte por lo que pensaría Herodes.
Gracias por haber sabido que eras pobre
y
que Dios te había elegido
Gracias
porque supiste hablar de los ricos sin rencor,
pero
poniéndolos en su sitio: el vacío.
Gracias porque supiste ser la más maternal
de
las vírgenes,
Gracias porque entendiste la maternidad
como
un servicio a la vida
¡y
qué Vida!
Gracias porque entendiste la virginidad
como
una entrega
¡y
qué entrega!
Gracias
por ser alegre en un tiempo de tristes,
por
ser valiente en un tiempo de cobardes.
Gracias
por atreverte a ir embarazada hasta Belén,
Gracias
por dar a luz donde cualquier otra mujer
se
hubiera avergonzado.
Gracias
por haber sabido ser luego una mujer de pueblo,
por
no haber necesitado ni ángeles, ni criadas que
te
amasaran el pan y te hicieran la comida,
Gracias
por haber sabido vivir sin milagros ni prodigios,
Gracias
por haber sabido que estar llena,
no
era estarlo de títulos y honores, sino de amor.
Gracias
par haber aceptado el exilio,
por
asumir serena la muerte del esposo querido.
Gracias
por haber respetado la vocación de tu Hijo
cuando
se fue hacia su locura,
por
no haberle dado consejitos prudentes,
Gracias
por haberle dejado crecer y por sentirte orgullosa
de
que él te superase.
Gracias
por haber sabido quedarte en silencio y en la sombra
durante
su misión, pero sosteniendo de lejos el grupo de mujeres
que
seguían a tu Hijo.
Gracias
por haber subido al Calvario
cuando
pudiste quedarte alejada del llanto,
por
aguantar al lado del sufriente.
Gracias
por aceptar la soledad de los años vacíos.
Gracias
por haber sido la mujer más entera
que
ha existido nunca
y
gracias, sobre todo,
por
haber sido la única mujer de toda la historia
que volvió entera
a
los brazos de Dios.
Gracias
por seguir siendo madre y mujer en el cielo,
por
no cansarte de amamantar a tus hijos de ahora.
Gracias
por no haber reclamado nunca
con
palabras vacías tu derecho de mujer en la Iglesia,
pero
al mismo tiempo haber sido de hecho el miembro más eminente
de
la Iglesia, la primera redimida,
por
ser entre los hombres y mujeres todos de la tierra
la
que más se ha parecido a tu Hijo,
la
que más cerca ha estado y está aún de Dios.