FINAL Y PRINCIPIO

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La Ascensión del Señor, es el fin de la permanencia visible de Jesucristo en la tierra, entre los discípulos, y es el principio de una nueva forma de presencia del Resucitado en medio de la comunidad creyente, de la Iglesia.
La Ascensión es la glorificación del Hijo, obediente hasta la muerte y una muerte de cruz; es el ensalzamiento que le concede el Padre y que lo constituye Señor y Mediador, Sacerdote eterno, en favor de la Iglesia peregrina.

Al final de los cuarenta días simbólicos, que en la Biblia indican preparación para un gran acontecimiento, Jesús, el Señor, llega a la plenitud de su Reino.

La Ascensión de Cristo es nuestra elevación, es "nuestra victoria". En definitiva, lo que celebramos de Cristo, tenemos la esperanza de que se realizará en nosotros.

Contemplando la glorificación de Cristo, cuando el Padre lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentarse a su derecha en el cielo, esperamos, conocemos y valoramos la grandeza inmensa de este poder divino que también obra en nosotros.

Él es nuestra Cabeza, la Cabeza de su Cuerpo, que es la Iglesia. Lo que se realizó y se realiza eternamente en el cielo, en la presencia de Dios, en el que es nuestra Cabeza y nuestro Pastor, también nosotros, miembros de su Cuerpo y ovejas de su rebaño, tenemos la firme esperanza de conseguirlo.

La Ascensión es, pues, la fiesta de la gran esperanza de los seguidores de Jesús de Nazaret, que "bajó" hasta el extremo por su muerte, pero que fue exaltado por la eficacia de la fuerza de Dios y de su soberanía, de tal modo que el Padre lo ha puesto todo bajo sus pies: por la Ascensión se ha convertido en la cumbre de la creación, alfa y omega, principio y fin del mundo y de la historia.

El evangelio de Marcos, en su final, nos remarca el carácter de la Ascensión como fin de la convivencia sensible del Señor Resucitado con los Once, y a la vez como inicio de la misión y de la predicación apostólica.
Al final de su camino por este mundo, Jesús, el Señor, sube al cielo y se sienta a la derecha de Dios. Antes de su elevación, confía su misión a los apóstoles: «Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura», para suscitar la fe, para ofrecer el Bautismo, realizando a favor de los hombres los signos de la felicidad que ofrece, ahora y en la plenitud escatológica. el Reino de Dios: la victoria sobre el mal.
Mientras avanza la predicación del Evangelio, el Maligno es expulsado y vencido. De la Pascua del Señor surge, pues, la predicación de la Buena Noticia que ofrece felicidad a los creyentes.

El Señor, subiendo al cielo, no nos deja huérfanos, únicamente cambia la manera de presencia del Resucitado en nosotros.

Una nube, según la narración de los Hechos de los Apóstoles, hizo que los discípulos perdieran de vista al Señor que se elevaba hacia el cielo. Con la vista corporal, ahora ya no vemos al Señor. Pero sabemos que está presente, que actúa con nosotros; que está presente en su Iglesia y actúa con ella: siguiendo el desarrollo de la misión de los discípulos, haciendo eficaces con el Espíritu los sacramentos de la fe. Es otro tipo de presencia, que descubrimos por la fe, en la Iglesia, en la Palabra, en los sacramentos, en todos los actos que prolongan en la tierra la obra salvadora de Jesús. No podemos quedarnos embelesados, como los apóstoles, "mirando al cielo". Hay que realizar la misión que Cristo nos ha confiado: ser testigos suyos hasta los límites más lejanos de la tierra, sabiendo que, en todo, él está siempre a nuestro lado; que, gracias al Espíritu, él actúa con nosotros y en nosotros; que está bien presente en la comunidad eclesial y en cada uno de sus miembros.

Extractada de la Actualidad Litúrgica correspondiente a Mayo-Junio de 2006, editada por Obra Nacional de la Buena Prensa, A. C.