EL FINAL DE TODO

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El domingo previo a la solemne clausura del año litúrgico con la celebración de Nuestro Señor Jesucristo, Rey Universal,  llegamos al final del trayecto de este viaje que hemos hecho con Jesús, hasta Jerusalén, acompañados, a lo largo de todo este año litúrgico, de la mano del evangelista Lucas.

Estamos con Jesús, en el centro de Jerusalén, en el mismo corazón de la fe judía, contemplando esta maravilla que era el templo de Salomón. Y, finalmente, hoy Jesús también nos habla del fin del mundo y del final de todo con una descriptiva que casi parece una fotografía de nuestra realidad más cotidiana: guerras y revueltas, terremotos, hambrunas y pestes... Cosa que casi cada día vemos en periódicos, radio y televisión.

La tradición judía creía que antes de la reconstrucción de Israel, como reino, y antes de la destrucción definitiva de los enemigos de Israel habría un gran desastre. Por lo tanto, las palabras de Jesús se pueden entender hoy como el anuncio de la destrucción que, siguiendo la tradición, se produciría antes de la restauración definitiva.

Ahora bien, Jesús utiliza esta antigua creencia para dejar bien claro que no habrá ninguna restauración. Es por esto que quiere dejar bien claro que la destrucción del templo será definitiva. El templo, entendido como el único lugar en el que los creyentes pueden relacionarse con Dios se acabará, porque -desde este momento- la relación con Dios no será en ningún lugar en concreto, ni dentro de unos muros, ni bajo ninguna ley, ni en ninguna práctica religiosa, ni deberá pertenecer a ninguna etnia o nación... ¡Este mundo se acaba! Ahora, el nuevo templo, el nuevo mundo, el hombre nuevo, será sólo el mismo Jesús. Y, para construir este mundo nuevo, esta nueva manera de relacionarnos con Dios, conviene que del otro mundo y de la otra relación no quede "piedra sobre piedra". No hay restauración de nada que sea antiguo, sino que hay una nueva creación.

Carlos Soltero, S. J. Extractado de Actualidad Litúrgica. Noviembre- Diciembre 2010. Buena Prensa.