LAS FIESTAS DE LA SANTÍSIMA VIRGEN
La peculiaridad de la figura de María en la vida de la Iglesia, está en su permanecer «humana, infinitamente maternal, totalmente dirigida hacia los hombres, hacia sus sufrimientos, hacia la peregrinación realizada tan a menudo a tientas por la Iglesia, y ante todo por la Iglesia mística, que engloba a toda la humanidad y a todo el cosmos».
Desde
la hora de la Encarnación, hasta llegar a la hora del Cenáculo, en
Pentecostés, María sigue siendo la que lleva el saludo de la alegría y el
gozo del Espíritu en el tiempo de la Iglesia.
«En las celebraciones de este ciclo anual de los misterios de Cristo, la Santa Iglesia venera con amor particular a María, la Santísima Madre de Dios, unida indisolublemente a la obra de su Hijo» (Sacrosanctum Concilium, 103).
La conmemoración litúrgica de la Madre de Dios, por lo mismo, recibe su significado en el horizonte de la celebración del Misterio Pascual y de la obra de salvación de nuestro Señor Jesucristo, de quien María es la primera en saborear la gracia y la belleza.
Desde la hora de la Encarnación, en la que la sombra del Espíritu se extiende sobre Ella y el poder del Altísimo la llena de gracia (Cf Lc 1, 26-38), pasando por la hora de la cruz, en la que junto con el discípulo amado contempla el agua y la sangre que brotan del Traspasado (cf Jn 19, 26. 34), hasta llegar a la hora del Cenáculo, en Pentecostés, María sigue siendo la que lleva el saludo de la alegría y el gozo del Espíritu en el tiempo de la Iglesia. Lo puede hacer gracias a aquellas dos actitudes interiores que mejor la caracterizan en el Nuevo Testamento: memoria y espera.
Ante todo, es la
Virgen de la memoria, la que «conservaba todas estas cosas meditándolas en su
corazón» (Lc 1, 19; cf 2, 51). El ciclo de sus fiestas permite contemplar
todos los acontecimientos históricos de Jesús, de la Encarnación a la Pascua,
de la Ascensión al cielo, de la que María participa como primicia en su
Asunción, hasta el don del Espíritu, del cual María es modelo ejemplar siendo
la «llena de gracia» y el «Arca de la Nueva Alianza»".
En María el misterio de Cristo es releído, meditado y celebrado por la Iglesia, pero desde un punto de vista especial: el de su acogida cordial de parte de una humanidad que finalmente se hace obediente a la Palabra y dócil a la voluntad del Señor.
Por medio de Ella, la Iglesia custodia la memoria no sólo de lo que en el Hijo ha realizado el Padre por nosotros y por nuestra salvación, sino también de aquel "Sí" que de algún modo sigue siendo necesario, incluso en la necesidad de la gracia, para que el don, finalmente acogido, se encarne en nuestra historia.
La «plenitud del tiempo» (cf Gál 4, 4) es tal porque está llena del asentimiento de María: en Ella el tiempo del hombre entra en plena sintonía y receptividad con el tiempo de Dios.
El año litúrgico, integrando la celebración de los acontecimientos cristológicos, en los que la salvación de Dios se ha manifestado, con la celebración de la acogida obediente en María. La memoria de María permite a la Iglesia recordar las «grandes obras que ha hecho el Omnipotente», meditando la necesidad del propio asentimiento y renovándolo para que el tiempo se cumpla en plenitud en el día santo y terrible del Señor.
Esta última consideración deja ya transparentar la otra actitud fundamental que cualifica a la Madre de Dios, que fue y sigue siendo la Virgen de la espera. En la Biblia, la mujer es figura simbólicamente ligada al cumplirse de una espera, desde la «hija de Sión» descrita por los profetas, hasta la «mujer» del evangelio de Juan, figura que recorre en contextos en los que resuena explícitamente el tema de una hora que está por llegar o ya ha llegado (cf Jn 2, 1-12; 4, 21-26; 19, 25-27). La mujer, en virtud de su maternidad, lleva inscritos en su propia corporeidad los tiempos de la espera.
En su maternidad espiritual y eclesial, María custodia esta espera e intercede para que el seno virginal de la Iglesia, de la que Ella es icono perfecto, pueda generar hombres nuevos, en los que el Espíritu del Hijo grita: «Abbá, Padre» y suscita como un gemido inexpresable la espera de la plena revelación de los hijos de Dios (cf Rm 8, 14-27).
Celebrando a la
Virgen María, la comunidad cristiana, al hacer memoria de la Pascua de su Hijo,
renueva en el amor la espera propia y fortalece la esperanza, en la conciencia
de que «toda espera tiene algo de virginal», porque sólo en un corazón
unificado por la escucha de la Palabra y totalmente dedicado al servicio del
hombre es donde se realiza la venida de Dios.
En el gran signo de la mujer del Apocalipsis, en el capítulo 12 (lectura simbólica de la Asunción), observamos los rasgos esenciales del modo propio en que la Madre de Dios se hace presente en la liturgia. En la mujer que da luz un niño se contempla espontáneamente el misterio de la encarnación del Verbo de Dios en María, mientras que, por otra parte, una mirada más profunda del texto, conduce a reconocer allí la figura colectiva del pueblo de Dios, de todos los que «cumplen los mandamientos de Dios y están en posesión del testimonio de Jesús» (Ap 12, 7).
La Iglesia continúa dando a luz en la historia al Hijo de Dios, nacido en la carne e inmediatamente arrebatado al cielo, imagen ésta con la que se afirma la unidad de su misterio de encarnación, muerte y resurrección, y lo hace en particular haciendo a los hombres y mujeres de todo tiempo miembros de su Cuerpo místico, engendrándolos «en Cristo, mediante el evangelio» (1 Cor 4, 15) y «formando a Cristo en ellos, como dándolos a luz en el dolor» (cf Gá14 y 19).
Como
sucede en el Apocalipsis, también en la liturgia la figura de la maternidad de
María se hace icono de la Iglesia que, por el bautismo y los otros sacramentos,
sigue engendrando hijos de Dios, sumergiendo a los hombres y mujeres en la
Pascua del Señor, para plasmar en ellos la plena configuración con el Hijo
unigénito, imagen originaria y semejanza de Dios en quien el primer Adán fue
creado.
Es un parto que se da en la tribulación de la historia humana, que parece recorrer siempre el camino del Éxodo del pueblo de Moisés, y esto es tan cierto, que la mujer es custodiada en el desierto, donde llega al refugio preparado para ella gracias a las dos grandes alas que le fueron dadas, así como Dios había sostenido a Israel sobre alas de águila (cf Ex 19, 4), y aquí en el desierto es alimentada por el maná del Éxodo, símbolo de la Palabra de Dios, de la que el hombre tiene más necesidad que del pan.
Los cristianos, aun en el difícil testimonio de su fe, que puede sufrir persecuciones y que sigue estando sometida a la tentación seductora del dragón, al contemplar el signo de la mujer que da a luz al que está «destinado a gobernar a todas las naciones con cetro de hierro» (Ap 12, 5), pueden caminar en las dificultades de la historia teniendo en el corazón la certeza de que el dragón ya fue vencido, y les es dado pregustar la salvación.
En el dar gracias de toda Eucaristía resuena el cántico nuevo de los salvados: «Ha sonado la hora de la victoria de nuestro Dios, de su dominio y de su reinado, y del poder de su Mesías» (Ap 12, 10).
Como la mujer del Apocalipsis, también la Madre de Dios está presente en el camino histórico de los creyentes, mostrando, en su completa participación en el Misterio Pascual y glorioso del Hijo, la plenitud de la vida que a todos será dada, y al mismo tiempo recordando cuáles son las actitudes con las que hay que perseverar en la duración indeterminada del camino. Lo que María misma vivió, la primera, en el curso de su vida, al escuchar la palabra del ángel y al perseverar en la fe aun en el desierto del Sábado Santo.
Ella , era capaz de custodiar la intimidad con su Hijo gracias a aquel conservar, meditándolos en su corazón, toda palabra y actuación de Dios. La gracia del Padre ha podido así continuar haciéndose carne en Ella, huésped íntimo de su vida; y gracias a su intercesión, continúa llenando de sí mismo el camino del éxodo de la comunidad cristiana, que reconoce en la Madre de Dios una imagen profética de la Tierra esperada hacia la que se dirige. En efecto, Ella es «el germen divino de la tierra, el jardín en el que fue puesto el árbol de la vida» (Juan Damasceno).
Autor: Luca Fallica, aparecido en el número 179 de la revista “Actualidad Litúrgica” de Julio - Agosto de 2004, editado por Obra Nacional de la Buena Prensa, A. C...