FE Y POLÍTICA

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A lo largo de la historia del cristianismo, las distintas respuestas a la cuestión de la relación de estos dos temas abarcan un amplio abanico de posibilidades. La importancia del problema llevó a Mateo a recoger el episodio del tributo al César, que se coloca dentro de las controversias de Jesús con los representantes de los diferentes grupos religiosos y políticos del judaísmo de la época (cf. Mt 21,23-22,40).

Jesús no rehúye la trampa tramada por los fariseos y los herodianos (¡insólita asociación!) ofreciendo su célebre e improbable respuesta que satisface a unos, sin inquietar a los otros («Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»).

Sabe perfectamente que los integristas judíos niegan a los romanos el derecho de cobrar impuestos y que los herodianos, colaboracionistas del régimen imperial, no pueden oponerse al pago de ese tributo.

Jesús sitúa el planteamiento a un nivel más profundo: Dios y el hombre, el problema de la relación humana con Dios. Pide que le muestren la moneda del tributo -un denario, acuñado con la efigie del emperador y le digan de quién es la imagen y la inscripción grabada. Clarísimamente invierte la situación y hace zozobrar las expectativas de sus interlocutores. Desbaratada la mala intención del increíble consorcio, desplaza la respuesta del plano ideológico al práctico, poniendo en el primerísimo puesto la decisión religiosa de la relación con Dios: sin tal opción, la solución de la interrelación de fe y poder resulta ambigua.

Esta célebre respuesta de Jesús recuerda la necesidad de distinguir los dos planos y denuncia cualquier tipo de mezcolanza teocrática, ya sea por divinización (culto a la autoridad) o por injerencia del dominio religioso en el ámbito político.

La reacción de quienes buscaron algún motivo de acusación en sus palabras refleja confusión y perplejidad; fallaron en su intento de encontrar un pretexto para encarcelar a Jesús. Sin embargo, si hubieran querido escuchar, habrían encontrado un mensaje: anteponer a cualquier táctica política la búsqueda de la voluntad de Dios y someterse sinceramente a ella.

No podemos olvidar, a pesar de todas las apariencias, que las autoridades de este mundo reciben el poder de Dios, que es el Señor de la historia.

Esto no quiere decir que se trate de un poder absoluto, de derecho divino y, por lo tanto, inopinable, sino todo lo contrario: quiere decir que todo poder está llamado, siempre y en todo momento, a responder ante Dios de la veracidad y justicia de su propio ejercicio. Éste es el reclamo de la célebre sentencia evangélica sobre el tributo debido al César y la entrega completa a Dios.

Inspirarse en la Palabra de Jesús para tratar la problemática del poder y la responsabilidad del cristiano en el mundo significa distinguir dos planos distintos, el de Dios y el de los hombres, y saberlos interrelacionar. Significa separar la cuestión del poder terreno - legítimo e ilegítimo - de las exigencias de la voluntad de Dios.

El evangelio nos recuerda que no sólo se debe responder de las decisiones públicas ante los hombres, sino que todos son responsables de sus decisiones, públicas y privadas, ante Dios.

Como el poder del César alcanza exactamente hasta donde llegan las monedas con su efigie, así el poder de Dios llega hasta donde alcanza su imagen. Y puesto que el hombre es la criatura modelada por Dios a imagen y semejanza (Gn 1,26), se sigue que, en cuanto «imagen» de Dios, pertenecemos plenamente a Dios, y que todas las dimensiones de nuestra vida se refieren a él, incluida la política.

Esto no nos mengua, sino más bien nos ayuda a liberarnos de espejismos ante el poder y de colisiones frente a regímenes económicos, políticos y militares que impiden a la humanidad realizar con libertad y justicia su vocación de ser imagen de Dios.

Distinguir los dos planos, indicados claramente por Jesús también nos pone en guardia frente a las recurrentes tentaciones integristas que anidan solapadamente bajo las formas de un «fundamentalismo cristiano».

ORACION

Señor, tú eres el Rey de la historia y todo lo que haces es para bien de los que te aman: incluso en las pruebas más difíciles. Te pedimos que con la ayuda del Espíritu veamos con la luz de la fe los complejos acontecimientos de la historia y contemplemos la mano amorosa que dirige el maravilloso proyecto de salvación de tu pueblo y de toda la humanidad. Te damos gracias porque nos llamas a colaborar en tus designios y nos pides que asumamos responsabilidades civiles y políticas. La Palabra de tu Hijo es esclarecedora: nos enseña a tomar conciencia de que el poder humano no puede ser ni «demonizado» ni divinizado, sino que en él se debe manifestar la orientación de nuestra libertad.

Te damos gracias por crearnos a tu imagen y descubrirnos la grandeza de la vocación cristiana. Gracias porque podemos responderte con pequeñas y grandes cosas en la vida cotidiana, en el trabajo, en la política, en el voluntariado, en los asuntos sociales y mundanos, sin evadirnos del compromiso, la fatiga, ni las pruebas del tiempo: la fidelidad y la perseverancia. Gracias porque con tu ayuda podremos vivir todo esto, dándole al César lo que es del César y a ti, nuestro Dios, cuanto es tuyo: nuestras vidas.

ACTUALIZACIÓN DEL TEMA

La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley [...].

El concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno.

Sin embargo, no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, corno si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa,

Y pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época.

Ya en el Antiguo Testamento los profetas reprendían con vehemencia semejante escándalo. Y en el Nuevo Testamento sobre todo, Jesucristo personalmente conminaba graves penas contra él.

No se creen, por consiguiente, oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa, por otra. El cristiano que falta a sus obligaciones temporales falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación

Fuente: Concilio Vaticano II, Constitución pastoral «Gaudium et spes» sobre la Iglesia en el mundo actual, nn. 42-43, Biblioteca Autores Cristianos, Madrid 1976.