LA CULTURA DE LA MENTIRA
Una
religiosa mexicana estaba muy molesta porque una muchacha española, a quien había
invitado a un retiro, simplemente le respondió: «no iré, pues no me apetece».
La religiosa me comentó que en lugar de esa respuesta, le habría gustado que
la muchacha le hubiera dicho que tenía algo que hacer, o que sí le gustaría
ir al retiro, pero que no podía. En algunas culturas nos cuesta que nos digan
las cosas como son; nos parece agresivo; preferimos escuchar una mentira «piadosa».
También
nos es difícil decir lo que realmente pensamos, sentimos o queremos; y para
librarnos de la necesidad de decirlo inventamos falsa excusas. Lo peor es que
hay personas que se sienten orgullosas de su «buena educación», pues evitaron
que los demás se sintieran mal; cuando lo
que
deberían sentir es vergüenza por haber mentido, al no haber tenido el valor de
llamar a las cosas por su nombre.
Además,
no personalicemos las cosas: si un amigo no acepta mi invitación a comer hoy,
no significa que rechaza mi amistad sino simplemente que hoy.
no
comerá conmigo; pero tal vez otro día sí lo haga Si no aceptó, fue quizá
por que estaba enfermo del estómago, porque tenía otra invitación, porque iba
a salir de viaje, porque no tenía ganas de comer fuera o porque estaba a dieta.
Lo
normal sería decir siempre la verdad. Las falsas excusas lo complican todo. Al
que las dijo, le queda la sensación de ser hipócrita, y teme ser descubierto.
Quien prefiere recibir excusas, siente la molestia de no ser capaz de soportar
la verdad.
Obviamente
no se trata de decir nuestra palabra de manera ofensiva, sino con amabilidad y
tino, pero siempre con verdad.
Me atrevería a proponer entre los congregantes, el que pusiéramos entre nuestros propósitos del año, el no caer en estas faltas, el conducirnos siempre apegados a la verdad y con sinceridad. Se lo debemos a Nuestra Patrona, la Santísima Virgen María. No lo olvidemos ¡Somos sus manos en la tierra!
Reflexión
basada en un Idea
original aparecida en la Revista La Cruz de los Misioneros del Espíritu
Santo en diciembre del 2002.
A Jesús por María