LA EXTRAORDINARIA VOCACIÓN POR
LA COMUNICACIÓN DE JUAN PABLO II

El pontificado de Juan Pablo II, fue innovador no sólo por sus viajes, sino por los gestos de su protagonista, con los que rompió radicalmente con los pontificados anteriores.

Karol Wojtyla se comunicó e impartió sus enseñanzas por medio del lenguaje del cuerpo, por medio de sus gestos. En este sentido, su magisterio surge como algo absolutamente nuevo y único.

La Raí Teche y el Departamento de Sociología y Comunicación de la Universidad La Sapienza de Roma, publicaron un libro y un DVD con un título muy sugestivo: «El Papa de los gestos. Signos y palabras de una Encíclica jamás escrita».

El presidente de la Facultad, Mario Morcellini, en su introducción a la obra, escribe que "con el gesto, Juan Pablo II erigió un magisterio de igual ascendencia que el de las palabras, aunque en apariencia sea menos perdurable; pero en la mente de los destinatarios, los gestos permanecerán mucho tiempo, más allá de la vida personal y biográfica de este Papa".

En algunos medios católicos existe cierto repudio a darle importancia al hecho de que Karol Wojtyla fue actor (entre los 16 y los 23 años) y autor de teatro. Pero aún después de este periodo muy bien identificado de su juventud, él siguió siendo actor. Esta reticencia se debe tal vez al prejuicio de que un actor sólo dramatiza o exagera su proyección teatral y su comportamiento, aun en el caso -muy remoto- de que se vuelva sacerdote, obispo e incluso, Papa.

Por lo demás, como actor y poeta, Wojtyla dijo una vez: "Yo creo en el valor de los signos, de los signos que juegan el mismo papel que la poesía: tratar de comunicar el lenguaje de lo inefable".

No podríamos olvidar su "vocación" de actor, cronológicamente anterior a la de sacerdote, cuando observamos la importancia tan particular que sus gestos tuvieron en su pontificado. ¡Es absolutamente imposible imaginarse a cualquier predecesor de Wojtyla tomando en sus brazos y besando a niños, a hombres y mujeres jóvenes, o arrodillándose para besar la pista de un aeropuerto, como lo vimos con él durante tantos años!

Los gestos del Juan Pablo II eran espontáneos. No había nada artificial ni estudiado en ellos. Su mímica es extraordinaria. Sin embargo, todo es resultado -podríamos hablar de desbordamiento- de esta carga humana que lo llevó a comunicarse, esa voluntad profunda de hacer causa común, de acercarse a los hombres y mujeres de su tiempo, sobre todo a los jóvenes, tomándolos de la mano, mirándolos a los ojos. Juan Pablo II no temía a la proximidad física y el contacto con los cuerpos; lo buscaba y valoraba como "método de encuentro pastoral".

Desde los inicios de su pontificado, la fuerte carga expresiva, la manifestación tan original de los gestos y su carácter irresistible, ayudaron a Juan Pablo II a zafarse del yugo de los cánones de la ceremonia y de la práctica pontificia. Entre la elección, ocurrida en la tarde del 16 de octubre de 1978 y la inauguración solemne del pontificado, que se llevó a cabo la mañana del 22 de octubre, Juan Pablo II realizó cinco gestos significativos de su voluntad de no dejarse regir por los cánones, los ceremonieros y la práctica.

En primer lugar, infringió la regla que dicta que el Papa recién electo sólo podrá dar la bendición la primera vez que salga al Balcón de San Pedro. De acuerdo con estas restricciones, el entonces maestro de ceremonias, Virgilio Noé, "impuso" silencio al Papa Luciani (Juan Pablo I), quien deseaba "decir algo". Wojtyla habló y punto: explicó que los cardenales habían elegido a un nuevo Papa "de un lejano país" y que, si se equivocaba en italiano, los italianos lo corregirían.

Segunda decisión insólita: al día siguiente de su elección, el nuevo Papa fue a la Policlínica Gemelli, a visitar a su amigo, Mons. Andrzej Deskur, víctima de una trombosis de carótida, ante los estupefactos ojos del staff (El equivalente a la Secretaría de Estado) y los agentes asignados a su protección.

Tercer gesto: la audiencia del 21 de octubre a los 2000 periodistas de los medios de comunicación del mundo entero, en la Sala de las Bendiciones. Mientras Juan Pablo I se había limitado a cruzar con paso apresurado el largo corredor central, limitándose a saludar con la mano y a sonreír, el Papa Wojtyla estrechó personalmente todas las manos y respondió directamente a varios cientos de preguntas en diversos idiomas. La audiencia duró más de dos horas.

Señalamos como cuarto gesto la negativaa dejarse llevar sobre ese pequeño trono, a hombros de 12 portadores, como lo habían hecho todos los Papas que lo precedieron; el Papa Lucíani - quien por humildad no lo quería usar - se había tenido que resignar, doblegado por las explicaciones de sus colaboradores y ceremonieros.

Quinto gesto: su salida fuera del recinto litúrgico el día del inicio de su pontificado fue un gesto de gran valor emblemático. Esto ocurrió al final de la misa del 22 de octubre, cuando el Papa bajó del atrio a saludar a los enfermos en la primera fila, a unas decenas de metros del altar.

Nunca antes un Papa había recorrido el atrio con la vestimenta litúrgica. Y no sólo eso: en un momento, para responder al entusiasmo de la multitud, levantó en alto, con ambas manos, la cruz pastoral, ondeándola como bandera. Hasta ese momento, los dos ceremonieros que lo custodiaban parecían guiarlo con riendas invisibles, dictándole cada movimiento litúrgico. Ahora, por primera vez, los dos ceremonieros lo seguían al trote, arrastrados a sitios nunca antes imaginados, a pesar su enfática reticencia.

Recordemos a Juan Pablo II, en esta narración sobre la extraordinaria vocación por la comunicación que le caracterizó, y aprovechemos la ocasión para recordarlo en nuestras oraciones.

Inspirada en el libro “El Pontificado” de Orazio Petrosillo, publicado por Editorial La Cruz, México, 2005.