EXPERIENCIA DEL VALOR, DEL ESFUERZO
Y DE LA FUGACIDAD DE LO GRATUITO

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Resulta difícil hablar de gracia y gratuidad en un mundo acostumbrado a valorar sólo lo que cuesta, a esforzarse por conseguir lo que vale.

El hombre moderno vive dominado por la ciencia y la técnica, y ordena toda su vida en torno al esfuerzo y al trabajo; incluso el ocio y el tiempo libre se entienden como destinados a un mayor rendimiento, a una producción más efectiva. Hablar de un Dios que se ofrece gratuitamente, ¿no equivale a rebajarlo al nivel de lo que no sirve, o al de un adorno cuando mucho?

De nuevo aquí conviene aclararse. Es cierto que vivimos en un mundo científico-técnico-utilitario-comercial, pero en nuestro mundo están apareciendo, cada vez con más fuerza, una serie de movimientos alternativos que pretenden, como indica la misma palabra, vivir de una manera distinta.

Dentro de nuestra sociedad tecnificada, en la que se supone que el hombre es dueño del mundo y de sí mismo, el hombre se ha convertido en realidad en un objeto entre los objetos de este mundo que él ha creado, en la rueda de una máquina a la que debe adaptarse si no quiere que la máquina lo devore.

Por tanto, no es extraño que en nuestra cultura aparezcan movimientos de protesta que afirman la individualidad, que nunca acaban de sentirse a gusto dentro de un sistema de mecanismos generadores de consenso.

En efecto, tales corrientes tienen valor de símbolo: a pesar de todos los reconocimientos del hombre moderno a la ciencia y a la técnica, éste adquiere cada vez mayor conciencia de que tales valores no solucionan la problemática existencial y social última.

El hombre parece estar a la búsqueda de formas de vida en las que haya lugar para lo indebido, lo festivo, lo espontáneo, la escucha no cronometrada, lo no funcional. Precisamente, esta falta de funcionalidad viene a ser lo auténtico de la religión. Por esto, la alternativa de lo funcional y de lo instrumental, vendría a ser el acontecer, la gratuidad y el sentido

En realidad, ¿qué es lo que interesa al hombre? ¿Qué busca detrás de su esfuerzo? En todos sus proyectos, en todas sus compras, en todas sus realizaciones, busca una sola cosa: satisfacción

¿No han pensado que toda petición es el fondo una petición de amor? ¿Y no es cierto que el amor y la felicidad, supremos intereses del hombre, sólo pueden aparecer de forma gratuita y nunca forzada?

Donde hay fuerza y dominio, donde hay compra, ¿puede hablarse aún de amor? No se puede negar que el amor supone un esfuerzo, una búsqueda y una ascesis para conservarlo, pero eso no impide su gratuidad esencial.

Tampoco significa que el amor no pueda dirigirse a quien nos presta un servicio, pero sí quiere decir que no se ama a alguien por su utilidad. En el amor, la utilidad no es lo determinante.

¿Nos hemos detenido a pensar que lo más esencial es nuestra propia existencia, y que sin ella nada sería posible, y que ella es en si misma una gracia?

La vida está ahí por pura gratuidad, no depende de nuestro esfuerzo ni de nuestros. La persona no se auto-crea. Es fruto de un amor. Y una vez aparecido a la existencia, el hombre sólo puede vivir humanamente (renacer, recrearse) en la medida en que entra en una atmósfera de amor, de comprensión, no de planificación o de dominio.

¿Qué tienes que no hayas recibido? Lo esencial se recibe gratuitamente. No hay razón alguna para que yo, con mis concretas características, exista o deba existir. Y, sin embargo, existo.

Y que decir de la formación, el desarrollo evolutivo y progresivo del niño, ¿no es acaso un juego de libertades, es decir, de gratuidad?

Esto no excluye la lucha y el esfuerzo. Pero si bien lo gratuito puede considerarse, de algún modo, preparado por el esfuerzo (preparado no accidentalmente, sino como condición necesaria), por otra, podría no haberse dado y así quedarnos sin «lo más necesario».

Lo que podría no haberse dado hay que considerarlo gratuito. Así, el poeta se siente creador, se sabe inspirado sin razón alguna, lo que no le dispensa de la preparación y de los sacrificios.

La verdadera riqueza sólo nace de la gratuidad, de lo que no tiene precio, de lo que no puede comprarse, como la vida y el amor. Así, la verdadera riqueza, cuando se transmite, no disminuye, sino que aumenta:

«Todos los bienes terrestres son por sí mismos egoístas y celosos; su posesión produce envidia o engendra celos y debe, de una u otra forma, empobrecer a los otros; cuanto más poseo, menos puede poseer otro...

Cosa totalmente distinta sucede con los bienes del espíritu. Estos son por definición comunicables, su posesión no tiene nada de egoísta, son que por su naturaleza son transmisibles».

«Los bienes espirituales pueden ser poseídos por muchos a la vez, no así los bienes corporales. Por eso, la heredad corporal no puede ser percibida por el sucesor sino a la muerte de su propietario. Pero la heredad espiritual la poseen todos íntegramente sin perjuicio ninguno de nuestro Padre, siempre vivo» .

Sólo de lo gratuito nace la vida verdadera, la riqueza superabundante. Por eso, la gracia de Dios no puede concebirse como la solución de nuestros pequeños (o grandes) problemas de cada día.

Dios no es un tapa-agujeros. Su amor nos impulsa a buscar soluciones, sostiene nuestro esfuerzo, pero no ocupa nuestro puesto, ni nos quita el lugar. Es lo más necesario, a pesar de que visto con mirada utilitarista, es lo más inútil.