LA
EUCARISTÍA , PASCUA DE CRISTO,
MÁXIMO
ACONTECIMIENTO DE SALVACIÓN
Todos
los acontecimientos importantes de nuestra vida y de nuestra historia los
celebramos festivamente, sobre todo los más significativos. Esto es una
necesidad intrínseca a la naturaleza humana, que forma también parte de la
vida cristiana.
Esto
debería hacerse patente en la celebración eucarística, que es el
acontecimiento máximo de la Iglesia. Así podríamos percibir toda su belleza,
de la cual brota, el decoro y la dignidad que requiere su celebración.
Los
acontecimientos de salvación son las intervenciones de Dios en la vida del
hombre para que Dios vaya realizando su plan de amor: llevar al hombre hacia Él
y hacerlo partícipe de su vida trinitaria. Con ellos Dios va construyendo la
Historia de la salvación..
En los acontecimientos de salvación hay dos acciones de parte de Dios y dos de parte del hombre, que se van entrelazando. Dios habla, le anuncia al hombre lo que quiere hacer, se lo revela. El hombre escucha, y en la fe (que es don de Dios), cree y acepta. Dios hace realidad lo anunciado. El hombre da gracias y bendice a Dios.
Ahora
bien, el máximo acontecimiento salvífico de toda la Historia de la salvación
es Jesús, desde su encarnación hasta su glorificación, que constituye su
Misterio Pascual completo.
"Pascua"
significa "paso". Para dar un paso hacen falta tres cosas: un punto de
partida, un punto de llegada y el movimiento que conecta esos dos puntos.
La
Pascua de Jesús es su paso de este mundo a su Padre. Está centrada en su
muerte y resurrección (pasó de la muerte a la vida). Pero más bien habría
que decir: «entró a la muerte para salir a la resurrección», pasó de su
condición humana mortal a su nueva condición humana inmortal y gloriosa, para
poder subir así a su Padre. Porque en realidad, la Pascua completa, el paso
completo de Cristo, va del Padre al Padre: «Salí del Padre y vine al mundo,
ahora dejo el mundo, y vuelvo al Padre», les dice Jesús a sus Apóstoles en la
Ultima Cena (Jn 16, 28).
El
punto de partida de la Pascua de Cristo es su Padre: «Al llegar la plenitud de
los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gál 4, 4). El Hijo,
enviado por el Padre, sale del Padre y viene a hacerse hombre. Sale sin ser
hombre, para hacerse hombre. Haciéndose
hombre en el seno virginal de María por obra del Espíritu Santo, nace y vive
toda su vida humana caminando siempre hacia el Padre, hasta morir en la Cruz.
Entra
a la muerte, para que al dejar al tercer día su condición humana mortal,
adquiera en la resurrección, por obra del Espíritu Santo, la nueva condición
humana gloriosa, divinizada al máximo posible, para que así suba al Padre y el
Padre lo siente a su derecha, punto de llegada de la Pascua. Del Padre, sin ser
hombre, para hacerse hombre, en condición mortal, al Padre, hecho hombre, en
condición gloriosa.
Ésta
es la Pascua completa de Jesús, todo su Misterio Pascual, que, por supuesto,
estará siempre centrado en su maravilloso núcleo: muerte y resurrección.
La
Eucaristía toma sentido desde el misterio del Triduo Pascual que celebramos
cada año; el cual abarca la Cena del Jueves y los acontecimientos de los que
hacemos memoria del Viernes al Domingo, su muerte y resurrección.
El
Misterio Pascual no es un depósito de verdades pasadas: es un acontecimiento
siempre celebrado y vivido. En la Eucaristía está como concentrado y presente
para siempre el Misterio Pascual completo.
Extractado
del artículo “EL DECORO DE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA” de Mons. Víctor
Sánchez Espinosa, aparecido en el número 183 de la Revista ACTUALIDAD
LITÚRGICA, de marzo-abril 2005, editada por Buena Prensa.