ESPIRITUALIDAD IGNACIANA HOY

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San Ignacio de Loyola fue un hombre del siglo XVI. Su vida y obra impactaron a muchos de sus contemporáneos. Influyó de un modo eficaz y contextualizado en su época, dentro y fuera de la iglesia. Sus aportes fueron significativos en muchos ámbitos de la vida, en especial en el de la espiritualidad, y su riqueza ha quedado como legado a la humanidad sobre todo a través de sus Ejercicios Espirituales (EE).

El historiador Andre Ravier escribió:

"se hubiera podido creer [...] que Ignacio de Loyola `tendría su momento y después sería olvidado. ¿No se ha dicho bastante que pertenecía, por muchos aspectos de su espiritualidad y de su obra a la Edad Media?, ¿o también, que su pensamiento estaba «vinculado» a la teología del Concilio de Trento?.

¿Por qué entonces, a finales del siglo XX, el diario The New York Times propuso a Ignacio de Loyola como uno de los ocho modelos o arquetipos que "representaron en los últimos mil años modelos a seguir para el resto de los seres humanos"? ¿Quizá porque, más allá de sus aportes a la espiritualidad cristiana (o quizá por ellos), "la personalidad y obra de Ignacio siguen intrigando al hombre moderno en la búsqueda de la verdad acerca de la existencia humana, de la sinceridad consigo mismo, con los otros y con Dios, de la autentica libertad, de la oración, de la acción evangélica [...] En este contraste consiste y ha consistido desde el principio- todo el misterio ignaciano"?.

La espiritualidad ignaciana es una forma particular de vivir el cristianismo: el seguimiento de Jesús a la manera de Ignacio de Loyola. ¿Puede la espiritualidad ignaciana, surgida durante el renacimiento con raíces teológicas medievales, aportar todavía algo a una iglesia que apenas se va aclimatando a la modernidad y se ve ya interpelada por un mundo postmoderno?. Sí, y mucho.

El aporte de san Ignacio no puede reducirse a repetir mecánicamente el "Toma, Señor, y recibe" o la oración que tanto le gustaba: el "Alma de Cristo", o a poner cédulas contra el demonio en la puerta de la casa. Tampoco se limita a la teología medieval o a la novedosa pedagogía renacentista de los EE. Tampoco consiste solo en la práctica de la oración y el examen de conciencia, ni siquiera en la de los mismos EE.

La espiritualidad ignaciana incluye todo lo anterior, pero es más amplia y constituye un estilo de vida que ha aportado y puede seguir aportando a la iglesia para que sea más genuinamente cristiana y al mundo para que sea más profundamente humano. Sin entrar en detalles, nos concretaremos a hacer algunas reflexiones acerca de la visión del mundo propia de la espiritualidad ignaciana y algunas implicaciones que tiene esta visión para nuestra concepción de la acción de Dios.

Ignacio vivió, a grandes rasgos, tres etapas en su modo de entender la relación entre Dios y el mundo. Primero vivió en un mundo sin Dios. Después de su conversión, vivía centrado en un Dios sin mundo. Y por último, en su madurez, su experiencia era la de un Dios en el mundo.

Para Ignacio, Dios no es alguien que se encuentra solo en ciertos espacios o momentos sagrados, como por ejemplo, dentro del templo y a la hora de la misa, sino que "habita en las criaturas" (EE 235) y trabaja "en todas las cosas creadas sobre la haz de la tierra" (EE 236). Es decir, Dios también está actuando en todas las realidades cotidianas, por profanas que pudie­ran parecer: en la política, en la educación, en la fiesta, en la sexualidad, en las dificultades de la vida, en la enfermedad.

Que Dios esté en estas realidades no es evidente para el hombre moderno. "Ver a Dios en todas las cosas" o ver todas las cosas desde los ojos de Dios implica una visión parcial de la realidad, una visión coloreada por el cristal desde el que mira el místico.

En 1965, año en que terminó el Concilio Vaticano II, el teólogo Karl Rahner escribió que "el cristiano del futuro deberá ser un místico, es decir, una persona que ha «experimentado» algo, o no será cristiano".

Para el cristiano las realidades de la vida (y no sólo las supuestamente sobrenaturales) son el milagro de la presencia activa de Dios en ellas en virtud de una profunda ex­periencia de Dios. La escuela de los EE ayuda a colorear el cristal del cristiano de hoy para ver a Dios en todas las cosas. Ignacio supera así, no en forma teórica sino como vivencia, el dualismo mundo-Dios.

Se ha dicho que Ignacio de Loyola es, como Marx, Freud y Nietzsche, un maestro de la sospecha, pues busca en el hombre las motivaciones últimas del bien y del mal.

En esta misma línea, ¿cómo se explica Ignacio que el hombre pueda desear el mal? Dicho de manera simplista, ¿por qué el mal se disfraza de bien?, de bienes que pueden incluso hacerse auténticas estructuras de mal. Y si puede estructurarse el mal, también debe poder estructurarse el bien, e Ignacio propone medios pedagógicos para construirlo paso a paso, iniciando desde el interior de las personas. En ese sentido, la espiritualidad ignaciana va mucho más al fondo interno que a la forma externa tanto en su valoración del mal como en las posibilidades de construcción del bien. No bastan los superficiales propósitos de año nuevo que son como llamarada de petate; es necesario un cambio radical de actitudes frente a la existencia y una transformación interior duradera y consciente de los engaños de las apariencias superficiales.

Podría pensarse que una visión mística del mundo es una visión desencarnada y que llevaría al cristiano a cerrar los ojos ante los problemas materiales del mundo para ocuparse solo de lo espiritual. Sin embargo, no es así, Ignacio no propone los EE en frío sino que invita al ejercitante a aplicar sus sentidos y con­textualizar de manera histórica el mal y la acción de Dios en el mundo.

Por ejemplo, en la contemplación de la ENCARNACIÓN (EE 101-109), Ignacio pide "traer la historia de la cosa que tengo que contemplar";"oír lo que hablan las personas sobre la haz de la tierra, [...] cómo hablan unos con otros, cómo juran y blasfeman", "ver las personas, las unas y las otras, [... ] en tanta diversidad, así en trajes como en gestos, unos blancos y otros negros, unos en paz y otros en guerra, unos llorando y otros riendo, unos sanos y otros en­fermos, unos naciendo y otros muriendo".

Y en ese contexto Dios, por compasión, decide encarnarse en el hombre: Jesús de Nazaret. El cristiano ha de ser, pues, un hombre profundamente encarnado en el mundo o inculturado en sus diversas realidades. Para Ignacio esto implica echar mano de todos los recursos posibles: religión, política, ciencia, técnica, arte, que ayuden a hacer eficaz la acción compasiva de Dios en el mundo, hecha carne en nuestras acciones humanos.

Ver al mundo en forma critica puede desembocar en una postura pesimista, escéptica o inmovilista. Ignacio, por el contrario, tiene una visión del mundo que se podría calificar de optimista, positiva y propositiva. Ignacio confía en que el mal puede ser vencido, pues para él, el hombre y el mundo no son malos en sí sino que se desordenan, se «desenfocan» del centro de la existencia, del principio y fundamento de la vida humana: Dios.

Para Ignacio las cosas no son valiosas por sí mismas, solo son medios para servir a Dios en las personas. Su optimismo radica en su confianza en que los medios humanos son eficaces para que se dé en el mundo la acción de Dios y la realización del hombre. Dicho de otro modo, el hombre no esta fatalmente abandonado a la suerte, al destino o al capricho de unos dioses que juegan con los seres humanos.

Ignacio busca, por tanto, tener o no tener los medios que más conducen de manera eficaz y testimonial al servicio del Reino de Dios. Es la radicalidad del “más” (en latín magis): mayor fe, esperanza y amor (1Cor 13,13). Es una visión de fe optimista cuya esperanza es que el amor transforme el mundo. Y un amor que, desde luego, "se debe poner más en las obras que en las palabras" (EE 230).

SEGUNDA PARTE

Fragmento del articulo de Luciano Plascencia Valle, S. J. aparecido en la revista “Mirada” órgano de difusión del Centro Ignaciano de Espiritualidad, correspondiente a Junio-Agosto 2003.