ESPIRITUALIDAD
IGNACIANA HOY: DIOS TODAVÍA TRABAJA (Parte II)
Recordábamos
que San Ignacio de Loyola fue un hombre del siglo XVI. Que su vida y obra
impactaron fuertemente a muchos de sus contemporáneos. Que sus aportes fueron
significativos en muchos ámbitos de la vida, en especial en el de la
espiritualidad, quedando como su
principal legado los Ejercicios Espirituales (EE).
Decíamos
también que a finales del siglo XX, el diario The
New York Times propuso a
Ignacio de Loyola como uno de los ocho modelos o arquetipos que
"representaron en los últimos mil años modelos a seguir para el resto de
los seres humanos".
Continuaremos con algunas reflexiones acerca de la visión del mundo propia de
la espiritualidad ignaciana y las implicaciones de esta visión para nuestra
concepción de la acción de Dios en la iglesia y en el mundo actual.
Ignacio
pide al acompañante de los Ejercicios que "deje de inmediato obrar al
Creador con la creatura, y a la creatura con su Creador y Señor" (EE
15).
Es
decir, Dios se comunica directamente en el corazón de cada persona y no solo a
través de mediaciones autorizadas. Por ejemplo, lo hace por medio de las
Escrituras y del magisterio de la iglesia de manera privilegiada, pero también,
y de forma muy importante, en el corazón de cada persona (como lo hizo en el de
Ignacio en Manresa, siendo todavía laico, sin intención de ser sacerdote o
fundar una orden).
Ignacio
puede transformar el mundo y sus estructuras porque primero se dejó
transformar: consciente de su condición de pecador, se sabe amado
incondicionalmente (y por tanto perdonado) por Dios, y se experimenta como
llamado a poner todas sus capacidades a su servicio.
La
espiritualidad ignaciana es personalizada; sin embargo, no es individualista
sino comunitaria. En su segunda
etapa, la de un Dios sin mundo, Ignacio se aisló de la sociedad; pero después
buscó compañeros que quisieran compartir sus sueños. Al final, prosperó un
grupo de amigos, primero carismático y después institucional. Ellos
decidieron, para perdurar y que no se desbaratara lo que Dios había unido,
comprometerse a formar un «cuerpo», prestar obediencia a uno de ellos y poner
las mediaciones necesarias para garantizar su unidad a lo ancho del mundo y a lo
largo de la historia.
El
mismo Ignacio dedicó los últimos años de su vida a escribir las Constituciones
de la Compañía de
Jesús, para darle cuerpo al
espíritu de los EE.
Es decir, hizo del carisma una
institución. Dios trabaja en la
iglesia.
Sí,
a pesar de sus infidelidades e incoherencias (y también quizá en buena medida,
gracias a ellas), Dios trabaja en la iglesia. En esta iglesia -como escribe el
teólogo José Ignacio González Faus “que a tantos de vosotros [...] nos da
la impresión de que le interesa más el que creáis en ella que el que creáis
en Dios".
Ignacio
conoció muy de cerca las debilidades e incoherencias de la institución
eclesial de su tiempo, tal vez equiparables o mayores a las de ahora. Y aun así,
apostó por ella. El grupo de amigos carismático ya institucionalizado, se
constituyó como orden religiosa al servicio de la iglesia; su opción fue
refrescarla desde adentro, en vez de romper con ella.
Estamos
en un contexto similar al de Ignacio. Entonces, se dio el paso de la Edad Media
a la Edad Moderna a través del Renacimiento; hoy, quizá estamos en el paso de
la Posmodernidad hacia otra época. Decíamos al inicio que la vida y obra de
Ignacio siguen intrigando al hombre actual en busca de verdad acerca de la
existencia humana, de sinceridad, de auténtica libertad. Al respecto, son
elocuentes las siguientes palabras del Cardenal Murphy-O'Connor a los obispos
europeos:
«al
pensar en lo posmoderno, soy consciente de la importancia de reconocer que somos
percibidos por nuestros jóvenes de un modo nuevo. Afortunadamente, ellos nos
miran y nos consideran más
como personas que como jerarcas.
Es a la vez humillante y liberador el recordar que a los ojos de nuestros jóvenes,
nuestra autoridad docente y nuestro poder evangelizador derivan más de la
autenticidad de nuestro testimonio personal que de la autoridad de nuestro
cargo. Se sigue de ello que debemos mirarnos a nosotros mismos para ver si
practicamos lo que predicamos, y que debemos acercarnos a los jóvenes con el máximo
respeto por sus dones de intuición y generosidad. Pero también por su don de
cuestionar y desenmascarar lo que no es auténtico.» .
Los
orígenes de la espiritualidad de Ignacio se remontan a su época como peregrino
laico. Él fue a la cárcel en varias
ocasiones, pues estaba en duda la ortodoxia de sus EE.
Mucho tiempo después se ordenó
como sacerdote y fundó la Compañía de Jesús. Podríamos decir que la
espiritualidad ignaciana es muy eclesial y muy laical. Pero también que, aunque
no es estrictamente una espiritualidad secular sino creyente, puede aportar
mucho en ámbitos seculares.
La
espiritualidad ignaciana surge desde una visión de fe; sin embargo, su pedagogía
puede ser aplicada de manera análoga aun con otras visiones de fe o con
cosmovisiones seculares, pues los EE
trabajan con dinamismos antropológicos
comunes a todos los seres humanos. Hay personas ateas, agnósticas o de
religiones no católicas que los hacen. Asimismo, se aplica la espiritualidad
ignaciana en la sicología; la pedagogía, la educación, la organización de
instituciones, etc..
En
conclusión: La espiritualidad ignaciana todavía tiene mucho que aportar a la
iglesia en el mundo actual.
Por
un lado, ofrece una comprensión mística (no dualista) del mundo, critica
(no ingenua), realista (encarnada) y optimista (esperanzada).
Por
otro, se atreve a seguir creyendo que Dios trabaja en las personas (y no
solo en el utópico cambio estructural de la modernidad), en las
instituciones (más allá del sello individualista de la postmodernidad), en
la iglesia católica (contra las tendencias excesivamente liberales) y fuera
de ella (contra las tendencias a la
intransigencia).
Segunda
parte del articulo de Luciano Plascencia Valle, S. J. aparecido en la
revista “Mirada” órgano de difusión del Centro Ignaciano de
Espiritualidad, correspondiente a
Junio-Agosto 2003.
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