EL ESPIRITU IGNACIANO EN NOSOTROS
La
espiritualidad de nuestras congregaciones gravita en Cristo y en la participación
en el Misterio Pascual, en el cual tan importante cooperación tiene la Virgen
María. Esta espiritualidad brota de la Sagrada Escritura, de la liturgia, del
desarrollo doctrinal de la Iglesia, y de la revelación de la voluntad de Dios a
través de las necesidades de nuestros tiempos.
En nuestras congregaciones, consideramos a los Ejercicios Espirituales de San Ignacio como fuente especifica e instrumento característico de la espiritualidad que nos abre y nos dispone a los deseos de Dios, en cada situación concreta de nuestra vida diaria.
Los
compañeros
de Ignacio le pedían con insistencia, principalmente a través de Jerónimo
Nadal, que les dejase, antes que el Señor lo llevase a sí, un relato sobre el
modo como Dios le
había dirigido desde el comienzo de su conversión. Esta narración pensaban
ellos sería su «testamento y enseñanza paterna».
El
relato fue objeto de una insistente demanda. Por fin, Ignacio accedió a
hacerlo, después de muchas oraciones, incluso acerca de la persona a quien iba
a hacer las confidencias que debían ser transmitidas fielmente a los otros
compañeros.
Gracias
a ello, ahora podemos reencontrarnos con él y recorrer el camino por donde Dios
le condujo, mediante la acogida del testamento que Ignacio nos legó.
El
relato es
para nosotros un paradigma de nuestra misión en la vida, de nuestro modo de
proceder. Podríamos describir así lo que esta figura del peregrino nos
sugiere:
Solo, encaminándose hacia Aquel que le había salido al encuentro
«buscando
una y otra vez que todas sus intenciones, acciones y operaciones fueran
puramente ordenadas en servicio y alabanza de su Divina Majestad».
Siendo encaminado hasta vivir en Aquel cuyo conocimiento interno hace que
nosotros «
reconociendo tanto bien recibido»,
«podamos en todo amarle y servirle».
Llevados
de una afinidad más actualizada, intentaremos subrayar algunos de los rasgos
que la peregrinación de Ignacio nos sugiere y el relieve que tienen en nuestro
tiempo.
Para
ello, nos valdremos de la siguiente reflexión: nuestra misión, actualmente
vivida, responde cada vez más al itinerario de Ignacio, si operan en nuestras
circunstancias efectos análogos a los que este operó en la suya. Nuestra
fidelidad no solo vive y se acrecienta meditando «enunciados» que nos hablan
de la peregrinación de Ignacio, sino buscando de qué modo prolongamos con
obras, ahora, la fuerza de la tradición que el relato del peregrino genera en
nosotros.
Dicho
de otra manera: si -dejando atrás todo impedimento- dejamos que esta figura
simbólica siga teniendo poder convocante para nosotros, tanto para
convertirnos, como para reunirnos, como para enviarnos.
Los
rasgos de que vamos a hablar adquieren más relieve cuando intuitivamente son «captados
en su relación entre ellos». De todos modos, tal relación, contada con «fuerza»,
es obra del Espíritu. A través del hecho de que, por ejemplo, uno de ellos
adquiera más relieve ahora para nosotros, vamos siendo introducidos en el «vínculo»
entre todos ellos. Es entonces cuando alcanzamos («conocimiento» interno de
cada uno de ellos. Es entonces cuando el relato (del peregrino) se convierte en
paradigma de nuestra vocación.
Una
«experiencia fundante es aquella
que, para quien la vive, marca un comienzo», un principio. Y que, en este
sentido, dicho en términos evangélicos: volvemos a nacer. De ese modo tal
experiencia nos coloca y nos dispone de forma nueva ante Dios y la muerte.
Esta
nueva forma de vivir en el mundo consiste en:
Ir asumiendo, afrontando y superando la cadena de «muertes metafóricas»
que tanto en él, como en nosotros encontramos,
Ir recibiendo, agradeciendo y entregando todo lo que vivimos como «venido
de arriba».
A
esta experiencia la llamamos «fundante» porque inicia, acompaña y consuma
cualquier otra experiencia concreta que la vida nos depare. Aun cuando tenga
inicios concretos, se va convirtiendo en el modelo desde el cual vivimos e
interpretamos las demás experiencias.
Es
por lo tanto una experiencia dinámica, porque moviliza a todas las demás. No
la podemos fabricar. Más bien, al sernos dada, nos capacita para ir
persiguiendo el rastro de Aquel que nos la ha dado, a través de todo
nuestro itinerario personal y apostólico.
Si
a primera vista este itinerario nos aparece a veces como producto de nuestro
esfuerzo, resultado de un voluntarismo (o personal, o comunitario, o
institucional); reconocida más a fondo, no es más que el fruto del Espíritu
que va labrando en nosotros una actitud hecha toda ella de obediencia.
La
experiencia fundante de Ignacio la
podríamos delinear así:
Estamos llamados a ser «señores de nosotros mismos», de forma
semejante a como el Señor lo es de nosotros, tal «señorío» radica en una
permanente peregrinación, es decir, en una progresiva desposesión de nosotros
mismos. Pues el auténtico señorío no consiste más que en responder a la
llamada del «único» Señor.
Para ello es preciso
ser atraído; para poder decir con verdad, más
con hechos que con palabras, que es mi determinación deliberada. Pues el señorío
personal encuentra su mejor expresión en la remisión integral de uno mismo en
manos
del Señor.
Para ir accediendo a ello hay que
vencerse
a sí mismo. Sin embargo esta victoria es todo lo contrario al instinto
de destrucción. No implica desprecio alguno por nada. Es una victoria donde se
da la libertad para
amar y servir.
La
experiencia de la que nos habla el relato del peregrino es «fundante» para
nosotros, si
una y otra vez nos
encontramos en ella. Si, en lugar de ponérnosla delante, nos dejamos
introducir en ella. Si
dejamos que nuestra historia quede determinada por ella. Si puestos ante
ella, nos dejamos interpelar por el Espíritu que, desde ella, va siendo
derramado dentro de nosotros.
Si
es efectivamente para nosotros una experiencia inclusiva. Es decir, nos encontramos entre un
origen invocado (el
relato del peregrino) y un destino asumido (aquel al que el relato nos
llama puesto que en el se dan proyectos; esbozos, al menos, inicialmente
realizados pero todavía por seguir realizando). En resumen, si es una
experiencia que nos coloca entre la historia que recordamos y el destino
que intentamos asumir.
Ahora
bien, encontrarnos a «medio camino» entre un extremo y otro equivale a «dar
cuerpo» ahora, en nuestra circunstancia, a la historia recibida.
Así
como la «unción
del Espíritu»
nos inspira movilidad, apertura espiritual, disposición para el cambio,
actitud incondicional para encontrar y realizar la voluntad de Dios, etc., así
también la experiencia del peregrino, nos llama al desprendimiento, a una vida
que revela que nuestro centro esta «más allá de las cosas mismas aunque en
las mismas cosas».
De
no ser así, estaríamos evocando una historia en la que en lugar de «fundarnos»,
estaríamos «reconfortándonos», ensimismados en un recuerdo, que nos alejaría
de las tareas presentes.
Extractada
del artículo del R. P.
Ferrán
Manresa, S.
J. incluido en el libro “Retiro con «El
Peregrino»”,
publicado
en el volumen 4 de la Colección Ignaciana . Obra Nacional de la Buena
Prensa. México 2000.