Esperar a Dios
El problema actual de la comunidad cristiana es un problema de fe, de esperanza y de caridad. Es un problema de virtudes teologales. Con mucha frecuencia nuestras limitaciones no obedecen a falta de voluntad o de buena intención; obedecen más bien a nuestra frágil voluntad o la falta de motivaciones y recursos teologales suficientes para hacer operativa nuestra fe. Con frecuencia no es que no queremos; es que no podemos.
Estos son tiempos de creer en Dios, de esperar en Dios, de amar a Dios simplemente porque es Dios, y no sólo porque nos consuela, como decía santa Teresa: «Son tiempos de esperar a Dios, ojala nos saliera al encuentro!».
La esperanza se ha convertido en un bien escaso para la humanidad. Es un bien
escaso en nuestro tiempo, porque vivimos en una cultura del riesgo generalizado
o continuado, de la amenaza permanente. El peligro es continuo en la cultura
actual bien sea por la velocidad, por los continuos cambios de sentido o por los
obstáculos que se nos presentan a cada instante. Una sensación de inseguridad se
ha apoderado de la humanidad actual, que no le permite vivir con confianza y
esperanza. Por eso escasea la confianza en el futuro, y se ha vuelto frágil la
esperanza.
Un inmediatismo peligroso se ha apoderado de la humanidad moderna y posmoderna. Por eso, todos los peligros que nos acechan se hacen más graves. Los presentimos, pero no los vemos hasta que no los tenemos encima o hasta que no nos hemos topado con ellos. Nuestro inmediatismo es tal que cuando queremos reaccionar ante los peligros que nos advienen, ya es demasiado tarde. Todas estas circunstancias van debilitando nuestra esperanza.
Y sin embargo, la esperanza es un bien absolutamente necesario para el ser humano; es casi tan esencial como el instinto de supervivencia. Sin ella es imposible vivir con gusto y sabor. Con razón afirma la sabiduría popular que «la esperanza es lo último que muere».
Por eso, en estos tiempos tan recios para la esperanza, quien tenga un poco de
esperanza tiene la obligación moral de compartirla con sus hermanos y hermanas
desesperados, desesperanzados o muy poco esperanzados.
En este sentido, hoy la comunidad cristiana tiene ante sí dos tareas irrenunciables. En primer lugar, debe recuperar ella misma la esperanza teologal, que es uno de los rasgos específicos e irrenunciables de la vida cristiana. Pues también la Iglesia anda escasa en esperanza. En segundo lugar, la propia Iglesia debe dar testimonio de la mejor esperanza humana y cristiana, y avivar la esperanza en medio de la humanidad. Esta es tarea de todos los días y de todo el ciclo litúrgico, pero el Adviento es tiempo propicio para despertar del sueño, para tomar conciencia de estas tareas relativas a la esperanza. Adviento, como lo indica la misma palabra, es tiempo propicio para volver a esperar a Dios, para volver a avivar la esperanza humana y cristiana.
Pero quien espera debe estar alerta y vigilante, porque la esperanza, incluida la esperanza cristiana, también es una virtud manipulable. Puede conducirnos a la ilusión, a la alienación, a la pasividad, a la irresponsabilidad, a la superstición, al abuso de Dios y de sus promesas, a un sinfín de perversiones de la propia esperanza cristiana. ¿Qué significa, en cristiano, esperar a Dios? ¿Cómo esperar a Dios con autenticidad en estos tiempos recios para la esperanza?
La esperanza esta relacionada, sobre todo, con el tiempo. Pero también tiene alguna relación con el espacio. Salimos a esperar el autobús o el metro en la estación. Esperamos sentados mientras lo esperado viene hacia nosotros o esperamos en movimiento mientras nos desplazamos o nos aproximamos al objeto de nuestras esperanzas.
Galilea era en tiempo de Jesús, y sigue siendo hoy, un espacio geográfico. Durante el ministerio público de Jesús, los seguidores de este se encuentran con El, son llamados, lo siguen, comparten mesa y mantel con El... Pero el Jesús terreno nos ha sido arrebatado, ya no anda por las veredas físicas de Palestina.
Dios nos puede sorprender hoy en cualquier lugar, desde cualquier dirección. ¿Dónde esperarlo hoy? ¿Cómo esperarlo hoy? Quien quiera esperar hoy a Dios tendrá que ponerse en camino y emprender las prácticas del seguimiento de Jesús. No se espera a Dios ni se va al encuentro con Él desde un lugar geográfico, sino desde un estilo de vida, desde un espacio social y eclesial. Si os dicen «está aquí» o «está allí», no les creáis (Mt 24,23). Que la venida del Reino no es un asunto geográfico.
Pero ya dijimos que la esperanza está relacionada particularmente con ese fragmento del tiempo que es el futuro. Por eso, cuando esperamos miramos hacia delante, aguardamos que el futuro nos desvele su misterio y que el paso del tiempo nos vaya acercando al cumplimiento de nuestros deseos y esperanzas.
Tan relacionada está la esperanza cristiana con el tiempo, que la comunidad
cristiana tiene una inclinación casi inconsciente a esperar a Dios en el
Adviento, a esperar que nos llegue en el día de la Natividad. El ser humano es
un ser corpóreo-espiritual y por eso necesita orientarse mediante las
coordenadas del tiempo y del espacio. Por eso nada tiene de extraño que las
experiencias religiosas den lugar a calendarios litúrgicos, a ciclos temporales.
Nada tiene de extraño que haya un tiempo especialmente asignado en este ciclo
para ejercitarse en la esperanza, que precisamente es el Adviento.
Es verdad que los cristianos llamamos a esa la «primera venida de Jesús en carne mortal». Por eso la comunidad cristiana recuerda anualmente con fervor e intensidad aquella primera venida del Señor.
Por eso la comunidad cristiana
sigue esperando con ansiedad, durante todo el Adviento, las fechas navideñas.
Pero la comunidad cristiana habla también de una segunda y definitiva venida que
tendrá «lugar al final de los tiempos» o «más allá del tiempo». Esa es la
auténtica espera de los tiempos de la Iglesia. Por eso, los cristianos no dejan
de esperar después de cada Adviento y cada Navidad.
Para esperar a Dios es muy importante estar atentos a los momentos de gracia que acontecen en la vida de las personas y de los pueblos, pues por ahí pasa la historia de la salvación, o por ahí pasa Dios salvando.
Todo tiempo, es bueno para esperar a Dios, el Adviento y la Cuaresma, la Navidad y la Pascua, y el Tiempo Ordinario. Esto no quita ninguna importancia al valor pedagógico que tiene la estructura temporal del ciclo litúrgico. Tiene su importancia pedagógica que la comunidad cristiana dedique unas semanas de Adviento y Navidad como un tiempo propicio para ejercitarse en la esperanza, para meditar qué significa y qué implica esperar a Dios.
Los mismos discípulos de la primera hora, los de la primera generación, los de la primera mano, que habían disfrutado de la comunión de mesa con Jesús, a partir de la Pascua hicieron memoria de su convivencia con el Jesús terreno, para identificar al Resucitado y para intentar comprender todo lo que les había dicho y enseñado. Pero no miraron para atrás: no esperaron a Dios mirando hacia el pasado, sino mirando hacia el futuro.
El Dios cristiano es un Dios del futuro, de la promesa, que nos adviene de
frente, que nos sale al encuentro por delante... Eso significa etimológicamente
la palabra ad-viento. Por eso, es un error grande en la comunidad cristiana
quedarse mirando para atrás, como la mujer de
Lot,
añorar los tiempos pasados, pensar que aquel Dios de antaño sí que era el
verdadero Dios, creer que la salvación nos viene del pasado.
El conservadurismo, el tradicionalismo,... son, en el fondo, tentaciones contra la esperanza que nos impiden encontrarnos de nuevo con el Dios, que se nos ha eclipsado en el mundo secular, no sabemos si por culpa de la secularización o por culpa de nuestra poca fe y de nuestra débil esperanza. Estas tentaciones contra la esperanza están muy presentes en la Iglesia actual y es posible que nos hayan hecho olvidar lo que significa verdaderamente esperar a Dios.
Esperar a Dios es mirar hacia delante con la confianza puesta en Dios y ponerse en camino, peregrinar, con esa misma confianza, aunque falten las garantías humanas, pues cuando éstas últimas abundan, no hacen falta ni la fe ni la esperanza.
Basado en el libro “Espiritualidad en la sociedad laica”
de Felicísimo Martínez Díez,
editado por San Pablo, Madrid 2009.