«Vengan
a mí todos los que están
cansados y agobiados,
yo los aliviaré... y hallarán
descanso para sus almas» (Mt 11,28-29).
¿De
qué
cansancio nos habla Jesucristo?.
Hay
un cansancio que experimentamos
después de un
trabajo físico o alguna actividad.
Para recuperar nuestras
fuerzas, basta con interrumpir
la actividad, alimentarnos
sanamente y dormir suficiente, y en unas horas
estamos como nuevos.
Otro
tipo de cansancio es el de
las preocupaciones. Nos desgasta
más el trabajo que aún
tenemos por hacer que el
que ya hemos realizado. Para evitar este
cansancio, tan estéril, basta con un poco
de humildad, otro poco de sabiduría y
una buena dosis de decisión. Humildad
para aceptar que no podemos hacerlo todo, sabiduría
para saber qué tenemos que hacer, y
decisión para hacerlo pronto.
Pero
el verdadero cansancio, el que nos agobia, es el de la desesperanza.
Humanamente hablando, hay motivos de sobra para
perder la esperanza: hay guerra y hambre en el mundo; corrupción
e inseguridad en nuestro país; división en muchas familias;
cobardía e incoherencia.
En
cuanto dejamos que el desánimo y el desaliento entren en nuestro
corazón se nos acaban las fuerzas. «¿Para
qué luchar?
No tiene sentido trabajar. No vale la pena esforzarnos».
Y agachamos
la cabeza, dejamos caer nuestros brazos
y arrastramos los pies.
De
este cansancio producido por la desesperanza es del que nos
habla Jesucristo. Es aquí donde su muerte y resurrección vienen
a ser la buena noticia para nosotros. Él nos llena de esperanza,
y la esperanza renueva nuestras fuerzas. A pesar de
todas las dificultades, si vamos a Jesús, si estamos con Él, podremos
transformar el mundo, cambiar nuestra sociedad, mejorar nuestras relaciones y
enmendar nuestra vida.
Autor:
Fernando Torre Medina Mora, M. Sp. S. Revista “La
Cruz”