ESPERA

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Algo que realmente es triste no es cuando, al anochecer, regresas y no tienes a nadie que te espere en casa, sino cuando tú no esperas nada de  la vida. Esperar, es esto, experimentar el gozo de vivir.

Dicen que la santidad de una persona se mide según el espesor de su espera. Quizá sea verdad. Si es así, hay que concluir que María es la más santa de las criaturas, porque toda su vida aparece marcada por el gozo de quien espera.

Santa María, virgen de la esperanza, danos de tu aceite, que nuestras lámparas se apagan. Mira: se han agotado las reservas. No nos mandes a otros vendedores. Reaviva en nuestras almas el antiguo ardor que nos quemaba por dentro, cuando bastaba una pequeñez para rebosar de alegría: la llegada de un amigo lejano, el rojo atardecer después de una tormenta, la caída de las hojas anunciando el regreso del invierno, los repiques de campanas en los días de fiesta, el vuelo raso de las golondrinas en primavera, el acre olor emanado de los lagares, el canturreo de las cantinelas otoñales, el encorvarse tierno y cadencioso del regazo materno, el perfume del espliego al preparar la cuna.

Si hoy no sabemos esperar es porque estamos escasos de esperanza. Se han desecado las fuentes. Sufrimos una profunda sequía de deseos. Y, satisfechos con los miles de sucedáneos que nos asedian, ya no esperamos nada de las promesas selladas con la sangre del Dios de la alianza.

Santa María, virgen de la esperanza, danos un alma vigilante. Cercanos a los umbrales del tercer milenio, nos sentimos, lamentablemente, más hijos del crepúsculo que profetas de la claridad que llega. Centinela del mañana, despierta en nuestro corazón la pasión por los jóvenes anuncios para transmitirlos al mundo, que se siente ya viejo. Entréganos el arpa y la cítara, y contigo madrugaremos para despertar la aurora. Frente a los cambios que sacuden la historia, haz que experimentemos de nuevo los estremecimientos primeros. Haznos comprender que no basta con acoger: es necesario esperar. 

Esperar es, siempre, signo de esperanza. Haznos, por tanto, ministros de la espera. Y el Señor que viene, Virgen del adviento, nos sorprenda, también junto a tu materna complici­dad, con la lámpara en la mano

Autor: A. Bello, Obra: “María, Señora de nuestros días”, Editorial: San Pablo, Madrid 1996.