ESPADA DE DOLOR
El
contexto de la conmemoración de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores, subraya la filiación divina y la identidad
sacerdotal de Cristo. El hijo de Dios no fue eximido de la muerte ni de los
padecimientos, sino que a través de ellos se hizo perfecto y se convirtió en
causa de salvación.
La muerte y los padecimientos son herencia de toda persona humana. Por consiguiente, ni siquiera María, aunque fuera madre de Dios, fue eximida del dolor.
La palabra clave que une al Hijo con la Madre -y después a los discípulos de él- es «obediencia» (v 8). Cristo obedece en todo al Padre: su alimento es cumplir la voluntad del Padre; la voluntad del Padre envuelve toda la existencia humana, cubierta asimismo por Jesús de alegrías y dolores, encaminada por él a la muerte y a la resurrección. También María se dispone a obedecer a la voluntad de Dios, poniéndose a su disposición cual sierva del Señor, cuya Palabra pretende cumplir. La Palabra la conduce a lo largo de las, etapas de un camino de dolor: una «via matris» dolorosa.
Dentro de la narración de Lucas de la presentación en el templo, cuando sus padres daban cumplimiento a la ley, en lo relativo a los recién nacidos, surge una palabra clave «ESPADA»
Las referencias mariológicas a través de los siglos, sondean los matices que se refractan de la imagen de la «ESPADA DE DOLOR», las cuales emanan de las llamadas «profecías de Simeón», hombre justo y temeroso de Dios, que esperaba el consuelo de Israel. Indudablemente, la imagen de la espada que traspasa el alma se plasma en un corazón traspasado.
Algunos acontecimientos evangélicos confirman una especie de preanuncio de sufrimientos y dolores que habrían hecho sufrir al corazón de la madre. Sin embargo, el sustantivo «espada» que traspasa remite a Heb 4,12:
«Pues, viva es la palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta la división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del corazón»
Allí la espada representa la Palabra de Dios. También la palabra fatigosa, pero obedecida por Jesucristo, hijo de Dios y de María, es igualmente acatada por su Madre, convirtiéndola por esa fatigosa obediencia en la Virgen Dolorosa.
Inspirado en las
meditaciones propuestas en la Lectio Divina